Un premio, el arte y la esperanza de abrir puertas

Hassan Pérez Casabona
21/7/2020

Para Hassan Darío, quien como muchos niños se quedó en casa coreando el “…aguanta un mes, aguanta dos, aguanta tres, ¡Qué fue!”, de Habana D'Primera.

I

Los últimos meses han puesto a prueba cada fibra de la condición humana. El impacto devastador asociado a la más terrible pandemia que hemos sufrido en décadas, de igual manera, ha sido un grito lapidario sobre la inviabilidad del sistema económico y social que, desafortunadamente, se instauró a escala planetaria durante años.

En medio de la hecatombe (ningún calificativo que se emplee lograría reflejar, en toda su magnitud, lo dantesco del panorama para innumerables naciones), hombres y mujeres procedentes de un archipiélago caribeño —ataviados con batas blancas y de diversas edades, colores de la piel y orígenes sociales— les han insuflado esperanza a millones de personas, de los más distantes puntos cardinales.

La leyenda de ese conglomerado (avalada por resultados tangibles que van más allá de fabulación alguna) no comenzó a tejerse, en honor a la verdad, después de la conmoción que sobrevino tras el reporte del primer caso neumónico “atípico” en Wuhan. La génesis se remonta casi al triunfo revolucionario cuando, sin tener siquiera el personal de la salud suficiente para darle cobertura a todo el país, enviamos brigadas a distantes naciones. Nacía así la convicción invariable de que solidaridad no es dar lo que sobra, sino compartir lo que se tiene.

Muchos años después, ya con un palmarés impresionante, y en medio de una de las administraciones estadounidenses más belicosas —la que encabezó George W. Bush rodeado de numerosos halcones— vio la luz el Contingente Henry Reeve, especializado en el combate contra grandes epidemias y situaciones de desastres.

El detonante fáctico fue socorrer a las víctimas del huracán Katrina, que devastó Nueva Orleans en el 2005. La arrogancia imperial optó por rechazar la noble proposición de la Mayor de las Antillas, al tiempo que movilizaba la Guardia Nacional y decretaba el toque de queda. Aquellas imágenes no han perdido su hálito desgarrador. ¿Qué habría ocurrido si estos mismos hombres y mujeres que vemos hoy en Crema, Andorra, Turín, San Vicente y las Granadinas y otros muchos lugares, hubieran ayudado a los habitantes de esa emblemática tierra sureña estadounidense?

“(…)—ataviados con batas blancas y de diversas edades, colores de la piel y orígenes sociales—
les han insuflado esperanza a millones de personas, de los más distantes puntos cardinales”.
Foto: Cadena Agramonte

 

La historia, lo sabemos bien, no se escribe en modo subjuntivo. Lo anterior no impide que meditemos en torno a la posibilidad de cooperación, entendimiento y promoción de diálogos —entre actores con ideología y modos de vida diversos— que pudo haber estado entonces al alcance. Por fortuna, la invariable voluntad antillana de salvar vidas por encima de todo, fue colocada antes y después de aquellos sucesos a la altura del Himalaya.

Desde la mencionada epopeya, tras el terremoto en Paquistán —desplegados en locaciones a más de dos mil metros de altura y con menos veinte grados Celsius de temperatura— no es posible contabilizar a ciencia cierta cada intervención quirúrgica, electiva o de urgencia, o cada visión devuelta a través de una Operación que se convirtió en Milagro.

Sin petulancia de ninguna clase (esa otra obra maravillosa, La Colmenita de Tin Cremata, con sus treinta años de fecundo bregar en los más inverosímiles panales, no deja de recordarnos la idea martiana de que tener talento es tener buen corazón), el clamor de personas de los más variados sectores, acerca de que se le otorgue el Premio Nobel de la Paz a las brigadas que conforman el Contingente Henry Reeve, es un acto de justicia hacia esa agrupación y la enorme condición simbólica que la misma representa.

II

El arte es un lenguaje universal de fuerza telúrica. Su capacidad para establecer senderos, donde incluso se ha enseñoreado el lodo, no tiene parangón. No se trata de comparaciones estériles, pero si se nos obligara a establecer jerarquías entre las numerosas esferas de la creación humana, somos muchos los que afirmaríamos, aquí y acullá, que las potencialidades integrales relacionadas con las más variopintas manifestaciones artísticas —para hacer crecer a la humanidad, en su sentido más pleno—, no pueden ser detenidas ni por la acumulación sideral de megatones de todas las ojivas nucleares.

Por supuesto que la cultura es una dimensión que desborda lo meramente artístico y literario, pero tiene en dichos campos pilares encumbrados. Ese es el espíritu desde el que Fidel nos regaló —a partir de su acendrada vocación martiana— la bellísima afirmación de que lo primero que había que salvar era la cultura.

Hemos sido testigos hace unas horas en ese sentido, los ciudadanos del mundo, de dos jornadas extraordinarias. Si la pandemia no hubiera postergado hasta el verano del 2021 la celebración atlética bajo los cinco aros de Tokio —el deporte, otro de los diamantes, desde tiempos inmemoriales, para que ramas de olivo y coronas de laureles hagan de la paz la verdadera medalla de la convivencia entre personas y pueblos—, de seguro estaríamos escuchando a los comentaristas señalar que los conciertos organizados bajo la iniciativa del Hot House de Chicago, con el coauspicio del Instituto Cubano de la Música de Cuba y de decenas de artistas, instituciones y productores, de Estados Unidos, Cuba, Canadá, Puerto Rico, México y otras muchas naciones se elevaron a lo más alto del firmamento olímpico. Así de estremecedoras resultaron las presentaciones que pudimos disfrutar a través de más de un centenar de páginas de Internet y, felizmente, del Canal Clave.

Es irresistible la tentación de reverenciar los dos carteles que se exhibieron. Casi ocho horas, entre ambas sesiones, de la música más raigal, entendida desde un espectro que no acepta aprisionamiento de ningún tipo. Pocas veces en cualquier sitio bajo el sol alguien puede disfrutar de tantos géneros y escuelas musicales, máxime desde la comodidad de su hogar.

“La cultura y el personal de la salud que nos enorgullecen tienen la magia de multiplicar las personas
y los escenarios, que favorecen las aperturas de cualquier portón”. Foto: Tomada de Internet

 

Ese fue, a mi entender, uno de los cuadrangulares de más de cuatrocientos pies por lo profundo del center field (ya sabemos del calado del béisbol dentro de las realidades e imaginarios de los pueblos estadounidenses y cubanos, desde la medianía decimonónica) que se anotaron los organizadores en cuanto a la concepción del espectáculo: la pluralidad de ritmos, sonoridades y estilos; si bien la confluencia de esas mixturas viene a ratificar que la verdadera música solo puede asumirse en mayúsculas.

Esa es otra gran joya de las veladas: no hacer concesión a lo fatuo. No hubo afeites, ni poses; por el contrario, cada cual sacó de su alma lo que mejor sabía hacer y lo ofreció, sin empaques, directo al corazón de los millones que estábamos del otro lado. ¡Qué capacidad tan sublime la de aquellos que defienden un arte raigal, transgresor de encasillamientos y comprometido hasta la médula con la condición humana!

Los gestores del proyecto, a sabiendas de que se trataba de un hecho histórico, fueron más allá y combinaron los acordes musicales con mensajes a cargo de prestigiosos intelectuales, políticos, activistas sociales y músicos (Adalberto Álvarez y César “Pupy” Pedroso, por solo citar a dos inmortales del pentagrama latinoamericano y caribeño) que no fueron, esta vez, seguidos por los reflectores desde las tribunas. Los que profieren alaridos, acusando la politización de la actividad, se dan de bruces por sus congénitas manquedades para aquilatar el alcance de los sentimientos de las más disímiles agrupaciones humanas.

Eso sí, la trascendencia de lo que ocurrió en los escenarios de Chicago, La Habana y otras ciudades, no la podrán eclipsar ni embusteros, ni letrados de poca monta, parafraseando a ese otro artista bueno, en toda la amplitud de la palabra, que es Amaury Pérez, ni los más avezados ilusionistas.

Desde la Ciudad de los Vientos —que se debate, en materia beisbolera por el amor a las novenas de los Cachorros y los Medias Blancas, elenco este último donde brilló en los circuitos mayores, Don Orestes Miñoso (el mismo a quien le cantó Jorrín, “Cuando Miñoso batea, verdad, la bola baila cha-cha-chá”, en tiempos donde con sus conexiones y engarces el carismático jugador matancero hacía las delicias de los aficionados cubanos, más allá de los seguidores de los Tigres del Marianao). Vale la pena recordar que los White Sox son un elenco por el que han desfilado, históricamente, más de una veintena de peloteros cubanos, varios de ellos en lo más alto del proscenio— hasta “la puerta luminosa de una isla fascinante”, como llamó el dominicano Juan Bosch a La Habana, y desde aquí hacia allá (en realidad fue un avenida en múltiples direcciones) se levantó un monumento de amistad y cooperación, que tendrá que ser revisitado —es inevitable— en tanto entraña un parteaguas en no pocos ámbitos.

Es imposible referirse en breves líneas a la constelación que nos deleitó en esta oportunidad. Apenas aludiré a la energía contagiosa de Barbara Deane —una figura legendaria de cuanta causa emancipadora haya acaecido en las últimas décadas— junto a su hijo Pablo Menéndez —conscientes de que juntos podemos superar cualquier obstáculo—; o de Omara Portuondo, que con su genialidad acostumbrada dejó claro que sigue teniendo “lo que tiene que tener”, acompañada de la Faílde que, bajo la batuta de su joven director, exhibe ya una hoja de servicios de alto vuelo en la defensa del danzón y de nuestra cubanía.

Nancy Morejón, Dionne Warwick o la peruana Susana Baca, mujeres que poseen una trayectoria vital cautivadora; la saxofonista canadiense Jane Bunnett; los pianistas cubanos Omar Sosa y Dayramir González, quienes asentados en puntos diversos tienen una carrera de renombre; Ben Lapidus, vinculado por años al changüí autóctono guantanamero que brota de la Loma del Chivo; los también míticos Ton Morello, Michael McDonald y Carlos Alfonso, con Síntesis, por solo citar unos pocos nombres, confirmaron que el arte de excelencia, más que restañar laceraciones, hace que afloren en las personas nuevas y superiores cualidades.

“¡Qué capacidad tan sublime la de aquellos que defienden un arte raigal, transgresor de encasillamientos
y comprometido hasta la médula con la condición humana!”. Foto: Tomada de Internet

 

Los Van Van, tren de levitación magnética con un legado que renace; la Aragón, con su cuño potente de ochenta años capacitado para levantar de los asientos a cualquier criatura, incluso de otra galaxia; y Alexander Abreu, con una banda de súper primera clase, que suena de manera fenomenal, fueron para mí la apoteosis de este evento.

III

Lo más excitante, sin embargo, es que tenemos la posibilidad de que la fiesta que acabamos de presenciar (de la que salimos mejores personas) sea apenas la punta del iceberg. Es algo que sabemos bien, desde ambos lados, los que conocemos la envergadura de los vasos comunicantes que han existido y continúan cimentándose —a contrapelo de cualquier dictamen de los que permanecen cautivos del pasado al que no regresará jamás Cuba— si se toma como vórtice la perspectiva cultural, científica, educacional, deportiva y de otros muchos terrenos, entre cubanos y estadounidenses.

No hacen falta ahora recuentos ni actualizaciones. Ni desde la magia jazzística, pictórica o teatral (nadie podrá olvidar el éxtasis que desató la embajada cultural cubana, con más de cuatrocientos miembros procedentes de los más variados destinos; que se adueñó, a lo largo de un mes en el año 2018, del afamado Kennedy Center en pleno corazón de Washington D.C) o mediante la travesía en que se enrolaron científicos de las dos naciones en la lucha contra el cáncer.

Es cierto que la contingencia terrible que se percibe desde el Despacho Oval hace presagiar tiempos difíciles. Pero ya dijimos que la fuerza del arte es inconmensurable ante pretextos, maquinaciones, panfletos intimidatorios, portaviones, sanciones y bloqueos. Para el corazón del amigo las murallas estarán siempre abiertas. La cultura y el personal de la salud que nos enorgullecen tienen la magia de multiplicar las personas y los escenarios, que favorecen las aperturas de cualquier portón.

Que el cierre musical de hoy sea solo un hasta luego, en espera de esa nueva función, virtual o face to face, que nos permita seguir abrazándonos. Por muy dura que sea la marcha, hemos vuelto a saber que hay amigos con los que conversar y fundar para que progresemos todos. Los artistas que nos hicieron vibrar de emoción hoy, cuya entrega permanecerá en nuestra retina por mucho tiempo, y otros de igual talla de los cuales no disfrutamos ahora, no se dejarán cantar, por ningún umpire, el tercer strike.