Una antinomia dinámica: compañeros y gusanos

Luis Toledo Sande
15/6/2020

Las transformaciones desatadas en Cuba por la Revolución tuvieron naturales efectos en el lenguaje. Una clara señal fue que el tratamiento de señor —fijado en una larga historia de opresión y vasallajes, aunque la sobrepase en la tradición verbal— se sintió propio del pasado, y dio camino triunfal a compañero.

Afín a la solidaridad justiciera, y también de larga trayectoria, ese tratamiento se tornó familiar, quizás en exceso, porque se aplicó incluso a personas que no lo merecían. Hablar de personas implica tener presentes ambos géneros gramaticales, aunque se acate la norma del masculino como “neutro” —función que lo ha hecho dominante—, en busca de brevedad, no por rechazar el lenguaje inclusivo, que, sin llegar al absurdo, no poco tiene que enseñar, aunque muchos y muchas lo nieguen.

En oposición a compañero y con sentido metafórico, otro vocablo cundió tras el triunfo revolucionario: gusano. Se asoció en general al carácter dañino de las larvas, que reptan, y a su metamorfosis en insectos. De quien sobresaliera por su “gusanería” cabía decir que ya era mariposa, no con el sesgo homofóbico presente en otros usos de esa imagen, sino con un rechazo comparable con el expresado por José Martí, en “Nuestra América”, hacia “esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre”.

 Foto: Alfredo Martirena Hernández / Cubahora)
 

Quizás no se dijo o no se hizo de manera consciente y explícita, pero, pensando en el acto de reptar, gusano se vería como inferior a serpiente, que podía aplicársele al monstruo al cual le servían los llamados gusanos: el poderoso país imperialista —y centro de ese sistema— que los utilizaba movido por la rabia que le producía el ímpetu con que Cuba se libró de él y daba ese “mal ejemplo” a otros pueblos.

El tratamiento de compañero sigue vivo, ahora quizás con la fortaleza de intuirse o saberse cada vez más claramente quién lo merece. Cuando con los años —y en un contexto cuya elucidación requeriría otro espacio— su uso empezó a decrecer y resurgía señor, Roberto Fernández Retamar le comentó al autor de este artículo: “Ha costado mucho lograr el triunfo de compañero para abandonarlo así como así”. Un testimonio confiable cuenta que, ante complejidades y enmascaramientos variopintos, Sergio Vitier observó que las cosas se estaban complicando, porque a los compañeros y a los gusanos se añadían “gusañeros”.

La merma en el uso de gusano podría vincularse con la de compañero, aunque a simples vista y oído vale decir que, a diferencia de este último, aquel desapareció casi por completo y se redujo más bien al recuerdo. Una de las causas sería el supuesto enfriamiento de la confrontación ideológica tras la debacle de la URSS y el campo socialista europeo; otra, la comprensión de que el carácter ofensivo de gusano podía obstaculizar diálogos, al lastimar a personas que no eran revolucionarias pero sí lo bastante decentes para no merecer ese tratamiento. Y esa idea se debe tener en cuenta.

Pero si, ante actos delictivos denunciados en estos días en Cuba, alguien recordó la consigna “¡Fidel, sacude la mata!” —expresión de rechazo a la “gusanera”—, otros hechos pueden despabilar con más fuerza el recuerdo de aquellos años: entre ellos, el modo como algunas personas acentúan —nuevos no son— los ataques morrallescos y abyectos contra Cuba, su patria, y lo hacen desde los Estados Unidos en particular.

Tal vez esas personas no sean tan numerosas como pudieran parecer por vocingleras y agresivas, y por su ilimitada capacidad de mentir y calumniar como si se revolvieran reptando, capacidad potenciada con la multiplicación de seudónimos —de identidades falsas— y la manipulación por poderosos medios (des)informativos. Ocurre cuando el caudal de mentiras, propaladas en una estrategia ofensiva que hace de ellas su principal arma, ha propiciado el éxito del sintagma fake news, no casualmente en inglés. Significa, ni más ni menos, noticias falsas, y cada quien debería decirlo en su idioma, salvo que se quiera destacar el ámbito en que se patentó como una nueva categoría.

 “El caudal de mentiras, propaladas en una estrategia ofensiva que hace de ellas su principal arma,
ha propiciado el éxito del sintagma fake new”. Foto: Internet

 

El manejo de patrañas tiene ancestros remotos. Pero, con respecto a la presencia de Cuba en la prensa tradicional de los Estados Unidos —y ahora además en las redes sociales, útiles aunque también pueden validar su nombre por enredadoras—, bastaría recordar los manejos entronizados en torno a 1898. De ese año, cuando la potencia norteña vio el momento de frustrar la independencia de Cuba, data la instrucción que, para manipular el hundimiento del Maine, le dio el magnate William Randolph Hearst, dueño del New York Journal, a su dibujante Frederick Remington, quien se hallaba en La Habana: “Facilite usted las ilustraciones, que yo pondré la guerra”.

A similares prácticas sirven hoy en aquella nación personas de origen cubano que, además de ser contrarrevolucionarias, destilan odio y rabia entre escándalos y grosería. Cuando Barack Obama creó ilusiones engañosas, daba ira que alguien nacido en Cuba, y hasta viviendo aquí, lo llamara “my President”. Pero más aberrante aún es llamar “nuestro presidente invicto” al patán Donald y mostrarle admiración cuando se muestra día tras día como un monstruo que actúa contra la humanidad y contra su propio pueblo.

“Más aberrante aún es llamar ‘nuestro presidente invicto’ al patán Donald y mostrarle admiración”.
Foto: Tomada de Cubadebate

 

Tan indigna e indignante realidad mueve a recordar lo anotado por José Martí con fecha 4 de mayo de 1895 en su Diario de campaña. Comienza apuntando que el corresponsal de The New York Herald que lo había entrevistado, Eugene Bryson, acababa de irse del campamento. De la entrevista nació el comunicado que el poderoso diario difundió traducido al inglés en versión gravemente mutilada y adulterada de las declaraciones de Martí, quien no pudo conocerla porque se publicó el trágico 19 de mayo.

Luego de mencionar la partida del periodista estadounidense, Martí relata la condena a muerte, en consejo de guerra, de Masabó, personaje de larga ejecutoria como traidor a la patria y bandido. Martí lo observa con objetividad y apunta que enfrenta el fusilamiento “sin que se le caigan los ojos, ni en la caja del cuerpo se vea miedo”, y concluye: “Masabó ha muerto valiente”. Pero, además de sintetizar sin rodeos los cargos que se le imputan al reo —“Violó y mató”—, registra el odio con que mira a Máximo Gómez mientras este hace su arenga acusatoria.

Se vivía una guerra de liberación, y Gómez sabía necesario asegurar el nacimiento de una república digna, sin lacras en sus cimientos. Esa fue una de las bases de su hermandad con Martí, quien aspiraba a que Cuba no solo se independizara, sino también se constituyera en una república moral. No es fortuito que sintetice la arenga de Gómez en esta cita: “Este hombre no es nuestro compañero: es un vil gusano”.

 Martí aspiraba a que Cuba no solo se independizara, sino también se constituyera en una república moral.
Foto: Fernando Medina/Cubahora

 

Martí tuvo en el amor una norma de vida, pero no de cualquier modo, sino como acertadamente lo vio Fina García Marruz: “como energía revolucionaria”. No fundó la unidad en abstracciones, y menos aún en inmoralidades que dañarían a la patria. Sabía que no todos estarían dispuestos a luchar por el bien de todos, aunque intenten ignorarlo demagogos, oportunistas, manipuladores y otros prototipos antimartianos, sin descontar —¿a estas alturas?— equivocados de buena fe.

Mostró claramente su pensamiento en textos como el discurso del 26 de noviembre de 1891, que coronó defendiendo el ideal “Con todos, y para el bien de todos”, que le da título. Pero de principio a fin impugnó a quienes no cabían en esa aspiración y no la asumían, o la abandonaban. Si eso no bastara para apreciar cómo pensaba, léase su elogio —en el Patria del 8 de septiembre de 1894, pocos meses antes de comenzar la guerra ineludible— al periodista ecuatoriano Federico Proaño.

Por la pena de muerte no es cuestión de sentir simpatía ni siquiera cuando se crea necesario aplicarla, y Martí no simpatizaba con ella. Pero de Proaño resumió, y asumió, una lección: “Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada, —y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo—, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos, y se pasa: y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino. El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre”.

Consciente de obstáculos y desafíos, en “Con todos, y para el bien de todos” había sostenido: “Por supuesto que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir, —y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina”. Entonces se pregunta: “¿Y qué le hemos de hacer?”, para añadir con la polisemia de la poesía, que aquí da al término gusano connotación positiva: “¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos!”

Solo que no eran esos los gusanos repudiados por Gómez con palabras que Martí inmortalizó. En su Diario de campaña citó sin asomo alguno de desacuerdo la dicotomía expuesta por Gómez con un deslinde que hoy parece pensado para condenar a burdos sirvientes del imperio que no actúan solos, aunque tengan ostensible capacidad de iniciativa para degradarse.

Esos personajes fabrican burdas escenas falsas para que la realidad cubana se parezca a la tragedia de otros países atacados por la pandemia de COVID-19, frente a la cual despliega Cuba una labor ejemplar; y a partir de un policía asesinado por un delincuente inventan noticias sobre vehículos incendiados por “la oposición”. Tantas son sus farsas, que para refutarlas no alcanzarían los “¡Mienten!” lanzados por Martí contra las falacias antipatrióticas que impugnó en su discurso del 26 de noviembre de 1891.

 Cuba despliega una labor ejemplar frente a la COVID-19.
 

Pero no están en ese bando únicamente individuos cuya baja estofa se detecta a la vista y al oído. Hay también voceros o vocerillos que, con mayor o menor pose “académica”, se pliegan por igual a los intereses imperialistas. Sus ínfulas recuerdan a los que en aquel discurso Martí llamó “olimpos de pisapapel”, “lindoros” y “alzacolas”. Acuden a subterfugios como la falsa equidistancia con que simulan objetividad.

Intentan parecer que condenan el injustificable asesinato del policía por un delincuente, pero terminan justificándolo con infundios no menos burdos que los fabricados por la chusma con que comparten propósitos y ubicación política. Más que construir cuadros de muertes para que la realidad cubana se compare, ¡desmesura si las hay!, con la ecuatoriana, o la neoyorquina, los vaticinan con “cálculos estadísticos”.

Por muy sofisticado que su lenguaje parezca, esos tampoco son compañeros nuestros. Pero ni ellos ni los que sobresalen por la grosería más inmunda merecen que, aunque fuese por justa indignación, los revolucionarios les hagan ningún regalo. Uno, y no pequeño, sería dejarse arrastrar a lo que —refiriéndose a los azuzadores, gusanos de aquel tiempo, del asesinato de los ocho estudiantes de Medicina el 27 de noviembre de 1871— Martí llamó odios “que suben, babeantes, del vientre del hombre”.

Ni en el lenguaje deben las personas decentes, sean cuales sean sus ideas políticas, permitir que se les confunda con quienes suscitan la revitalización de gusanos. Y quien sea compañero en las filas revolucionarias recordará lo dicho por uno de los mayores, Ernesto Guevara, quien le escribió a Carlos Quijano, destinatario y editor de su carta-ensayo El socialismo y el hombre en Cuba: “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad”.

Son palabras, ideas, de la misma estirpe de estas que Martí plasmó en el que se conoce como su decimoctavo cuaderno de apuntes: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”.