Manuel Corona es reconocido entre los cuatro grandes de la canción trovadoresca cubana de comienzos del siglo XX, junto a Sindo Garay (autor de “La tarde”, “Perla marina”, “Mujer bayamesa”…), Alberto Villalón (“Boda negra”, “La palma herida”, “Me da miedo quererte”…) y Rosendo Ruiz (“Falso juramento”, “Confesión”, “Presagio triste”…), aunque quizá de entre todos sea Corona quien más perdure a través de algunas de sus canciones, que conservan el encanto de las viejas postales, como las tituladas “Mercedes”, “Aurora”, “Santa Cecilia” y de manera muy especial la popular “Longina”, de 1918.

De padre mambí, cuando nació el 17 de junio de 1880 (algunos investigadores afirman que en el año de 1887), la villa blanca de Caibarién de seguro era muy distinta: un caserío más o menos extenso, algunas calles y bastantes cangrejos por doquier, porque esos sí los hubo siempre, simbolizando a la localidad.

A mediados de la última década del XIX, todavía adolescente, Corona lio sus bártulos y buscó mejor suerte en La Habana, donde desempeñó los trabajos más modestos en el taller de cigarros La Eminencia. Con el tiempo alcanzó notable habilidad en el torcido de tabacos, al igual que con la guitarra, que ya lo acompañaba en sus recorridos por las cantinas, sociedades y fiestas de una ciudad que lo absorbió en su vorágine cosmopolita.

De 1900 data su bolero “Doble inconsciencia” y dos años después ocurre en Santiago su encuentro con el maestro Pepe Sánchez, uno de los cultores primeros del bolero y padre de la canción trovadoresca cubana, quien impresionado tras escucharlo le sentenció: Serás algo notable, Corona, yo te lo digo.

“(…) el artista jamás lucró con sus composiciones. Al contrario, bohemio impenitente, noctámbulo y rebelde, rechazó cualquier desempeño que representara ataduras a su libre expresión musical o que restringiera su modo de vida (…)”.

Importante para él y para la canción cubana devendría su relación con Sindo Garay y los hijos de este: Guarionex, Hatuey y Guarina, insertados todos en el contexto de la creación musical y con una idéntica pasión por la que hoy denominamos vieja trova o trova tradicional, que entonces era solo trova, tenía mucho de novedosa y alcanzó su esplendor en los comienzos del siglo XX, época en que si bien el contexto social era poco promisorio, el pentagrama nacional estaba cuajado de luminarias de primer orden (Ernesto Lecuona, Jorge Anckermann, Gonzalo Roig, Luis Casas Romero, Eduardo Sánchez de Fuentes, Miguel Matamoros, Moisés Simons, Eliseo Grenet…).

La mujer, el amor, la guitarra, el desengaño, fueron los temas recurrentes en la obra del trovador de Caibarién, quien tuvo en María Teresa Vera y Rafael Zequeira a los mejores difusores de su obra. Se le considera el compositor que más contestaciones musicales hizo a sus contemporáneos: A “Gela hermosa”, de Rosendo Ruiz, respondió Corona con “Gela amada”; a “Timidez”, de Patricio Ballagas, contestó con “Animada”; a “Rayos de oro”, de Sindo Garay, replicó con “Rayos de plata”; a Jaime Prats, autor de “Ausencia”, él contrapuso “Ausencia sin olvido”; a “Ella y yo” (conocida por “El sendero”), de Oscar Hernández, respondió con “Tú y yo”.

Lo curioso es que estas contestaciones no fueron sino el fruto de la admiración y la cordial rivalidad existente entre los autores, ejercicio palpable de inspiración fecunda domeñada por el oficio cotidiano, además de ser esta una práctica entonces frecuente entre los compositores.

El catálogo de Manuel Corona se nutre con números como “Adriana”, “Graciella”, “Confesión a mi guitarra”, “Una mirada”, “Las flores del Edén”, las guarachas “Acelera”, “Ñico, acelera”, “El servicio obligatorio”, etcétera. A la propia Longina, la misma que le inspirara la célebre canción, dedicó con posterioridad el bolero “Rosa negra”. Tal vez menos conocido resulte que cultivó la criolla, la guaracha, el punto cubano, la romanza. Su música se utilizó en la película mexicana La bien pagada.

Sin embargo, el artista jamás lucró con sus composiciones. Al contrario, bohemio impenitente, noctámbulo y rebelde, rechazó cualquier desempeño que representara ataduras a su libre expresión musical o que restringiera su modo de vida que, si no era el mejor de los modelos, era el escogido por él con absoluta libertad.

El rostro enjuto, el color cetrino, el traje desgastado, la mirada perdida, el organismo envejecido por la anarquía completa en cuanto a horarios. Sí, Manuel Corona, no fue un ejemplo de la mejor ni más saludable manera de vivir… aunque aun así viviera prácticamente 70 años.

“A la propia Longina, la misma que le inspirara la célebre canción, dedicó con posterioridad el bolero “Rosa negra”. Tal vez menos conocido resulte que cultivó la criolla, la guaracha, el punto cubano, la romanza. Su música se utilizó en la película mexicana La bien pagada”.

Cuando murió en la fría madrugada del 9 de enero de 1950, en un inhóspito cuarto situado al fondo de un bar de la Playa de Marianao, entre desoladora miseria, el hecho apenas pasó de ser noticia de un día, porque muy pronto solo en el recuerdo de amigos, admiradores e intérpretes de su música sobrevivió la memoria del creador de tan formidables canciones.

Su cadáver se llevó primero a la Funeraria San José, en Marianao, de donde Miguel Matamoros, presidente de la Sociedad de Trovadores, gestionó su traslado a la sede de dicha organización en la calle Cienfuegos y Corrales. El entierro se efectuó en el capitalino Cementerio de Colón, con despedida de duelo a cargo del maestro Gonzalo Roig, quien expresó: “Desenfunden sus guitarras y canten, trovadores, que ha muerto el mejor de todos…”

Años después se realizó el traslado de sus restos al Caibarién natal, siendo velados la noche antes en la Funeraria de Calzada y K, en El Vedado, La Habana, y por último se les rindió tributo en la Casa de Cultura de Caibarién, donde definitivamente se le enterró y encontró el descanso eterno.

¿Longina?

Muchos piensan que entre el compositor y su musa (Longina seductora, cual flor primaveral) existió un intenso romance, cuando en verdad no fue así: solo los unió una gran amistad, suficiente para que el músico se inspirara en la bella mujer al escribir su famosa canción.

“La mujer, el amor, la guitarra, el desengaño, fueron los temas recurrentes en la obra del trovador de Caibarién, quien tuvo en María Teresa Vera y Rafael Zequeira a los mejores difusores de su obra”.

La casualidad, como siempre, prestó su contribución. Fue el periodista Armando André (asesinado en la década del 20 por órdenes de Gerardo Machado) quien pidió a su amigo Corona que compusiera una canción a Longina, para dedicársela, en ocasión de coincidir los tres en la modestísima vivienda de la trovadora María Teresa Vera, en la calle San Lázaro. Una semana después Manuel Corona tenía satisfecho el pedido, la tocaba con su guitarra y comenzaba a forjarse la leyenda. Muchos años más tarde, Longina manifestó el deseo de ser enterrada próxima a Corona, por lo que al morir se le inhumó junto al compositor, en Caibarién, poniendo bello colofón a una amistad cimentada en el aprecio y la admiración recíproca.

Hoy día las canciones de Manuel Corona, así como las de los primeros autores genuinamente cubanos y populares, permanecen vivas en la acción renovadora de las sucesivas trovas (la nueva, la novísima, la postrova, o cualquier otra), continuadoras de una obra —letra y melodía juntamente— que enriqueció el patrimonio nacional y confirma la fuerte presencia de la música en el panorama de la cultura cubana de todos los tiempos.