Abrazo sinfónico entre dos orillas
El domingo 25 de enero, a las once de la mañana, la Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba se convirtió en una plaza simbólica donde dos orillas geográficas, separadas por políticas y aguas, se fundieron en una sola ribera sonora. El concierto Cuba Vive, liderado por el maestro Nachito Herrera —parte de la programación del 41 Festival Internacional Jazz Plaza 2026— fue una demostración viva y palpitante del poder de la música para tender puentes allí donde otras voces construyen muros.
La elección de la hora matinal resultó profética. No era la noche, ámbito tradicional del jazz, sino la luz plena del día la que iluminó este reencuentro. En ese claror se presentó Nachito Herrera, pianista cubano con una vida construida en los Estados Unidos, regresando como un hijo que trae ofrendas. Su vínculo, expresado en entrevistas anteriores, era el motor: “la música cubana me permite el encuentro con mis raíces”. Y es que cuando Nachito toca en Cuba es un hombre completando un circuito espiritual, usando las notas como único pasaporte válido para un viaje de ida y vuelta al corazón.
El puente se construyó, ladrillo a ladrillo, con el repertorio. La figura de George Gershwin, compositor norteamericano fascinado por los ritmos de la Mayor de las Antillas, se erigió como el arco central de esta arquitectura musical. Su Obertura Cubana y el espiritual Summertime fueron los primeros pilares. Pero la obra maestra del diálogo fue el estreno en Cuba de su Rapsodia No. 2 para piano y orquesta.
“El concierto Cuba Vive, liderado por el maestro Nachito Herrera (…) fue una demostración viva y palpitante del poder de la música para tender puentes allí donde otras voces construyen muros”.
En ese gesto, Nachito y más de cien artistas realizaron una alquimia poderosa: tomaron una pieza inspirada en la esencia cubana desde la mirada externa de Gershwin, y se la devolvieron a su fuente de origen, enriquecida ahora con la autoridad y el sudor de la Sinfónica Nacional y el Coro Nacional de Cuba.
Sobre ese puente transitaron, en un fluir constante, las generaciones y los estilos. La Orquesta Sinfónica Nacional, rejuvenecida y dirigida con vigor por Igor Corcuera, fue el sólido tablero que sostuvo el tránsito. Sobre él, desfilaron la sabiduría de maestros como Bobby Carcassés, Digna Guerra y Samuel Formell, y la promesa pura de jóvenes como los cantantes alumnos María Carla Soca y Brian Suárez.
El Quinteto de Saxofones de La Habana y la Jazz Band del Amadeo Roldán entrelazaron el lenguaje del jazz con la amplitud sinfónica, mientras los homenajes a Lecuona y Beatriz Márquez afirmaron que la tradición local era el firme terreno de partida y llegada.
La producción, a cargo de Aurora González, esposa y productora de Herrera, orquestó algo más que un espectáculo: tejió un encuentro.
Cuando el último redoble de la Rapsodia No. 2 se extinguió, quedó en el aire una resonancia más profunda que el aplauso. El maestro Herrera, junto a sus invitados, había demostrado con hechos sonoros, una vez más, una verdad simple y poderosa: en un mundo de divisiones, existe un territorio común, indestructible y fértil. Es el territorio de la creación compartida.
Cuba Vive es su himno; una prueba de que, efectivamente, esta música de resistencia y libertad “pesa y pesará siempre más que las amenazas”, porque su material no es el odio, sino el amor entre pueblos, un amor que, esa mañana, tuvo la forma exacta de una sinfonía.

