No es solo fuego lo que se cargó anoche. Es peso. El peso de 73 años de historia, de promesas hechas en escalinatas como estas, de un juramento que pasó de boca en boca hasta llegar a las nuestras. Aquí, en la Escalinata de la Universidad, el aire no era frío; estaba electrizado por la expectativa de miles. No fue una multitud, era un solo cuerpo a punto de encenderse.

Cerca, una estudiante ajusta la bandera que sujeta. Parece que Fidel y Martí caminan entre la muchedumbre. Tengo razón. Litza Elena González Desdín, la presidenta de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), lo dijo claro en su discurso: no vamos a dejar que sus ideas mueran. No se hizo antes, en aquella noche de 1953, vísperas del centenario del Apóstol; ¿cómo habría de hacerlo ahora, cuando el 2026 viene cargado con el simbolismo del siglo de Fidel?

“Una línea que conecta 1953, cuando Fidel marchó aquí por primera vez, con 2026, donde otros jóvenes cargan con el mismo legado, pero con sus propias batallas”.

No ahora, cuando el mundo afuera parece empeñado en un “orden de cosas” hecho de secuestros y amenazas, como ella denunció. Palabras precisas; un eco de lo que se habla en cada pasillo de una facultad, en los centros de trabajo, en las redes, en el dolor que aún se siente al saber de los 32 cubanos caídos en Venezuela el 3 de enero. Ellos también estuvieron ahí, en el silencio solemne que hay antes del grito.

La orden rompe el silencio. ¡A encender! El chasquido de cientos de mecheros es un solo sonido. Una ola de luz anaranjada sube por la escalinata, iluminando rostros decididos, banderas que dejan de ser tela para ser llamas tricolores. Es un momento mágico, casi religioso. La antorcha en las manos no pesa; pasa a ser una extensión de cada brazo, pedazo de historia viva que toca sostener.

Arranca la marcha. El rugido es instantáneo: “¡Yo soy Fidel!”, “¡Abajo el imperialismo!”. No son consignas vacías. Cuando se escucha “¡Por Martí y por Fidel, la juventud cubana está con la Revolución!”, es un pacto. Es la manera de decir que se entiende el “deber sagrado” del que habló Litza Elena. No es retórica. Es saber que el enemigo –“el imperio y su emperador, Trump”, como lo llamó ella– es real, y que su fascismo no es una palabra de libro de texto, es una amenaza que quiere arrebatarnos el futuro.

Desfile de las antorchas “La antorcha en las manos no pesa; pasa a ser una extensión de cada brazo, pedazo de historia viva que toca sostener”.

La marcha avanza como un río de fuego por la calle San Lázaro. La ciudad se detiene a mirar el gentío. Son, los jóvenes, como definió la presidenta de la FEU, “una generación anticapitalista que no se arrodilla, que no se vende, que no se cae”. Eso es identidad, heredada, sí, pero reafirmada cada vez que se condena una agresión o se defiende a Venezuela, como ayer.

El destino final es la Fragua Martiana. El simbolismo es perfecto: llegar al lugar donde Martí, casi un niño, sufrió trabajo forzado. Donde se forjó, literalmente, el héroe. Allí, donde la piedra guarda memoria del sufrimiento, el fuego parece decir: “Tu sacrificio no fue en vano. Seguimos aquí”.

La antorcha empieza a consumirse casi instantemente cuando se llega a la meta; algunas, antes. El brazo duele un poco, pero la sensación es de una claridad tremenda. La de cada 27 de enero no es una caminata; es un acto de afirmación. En un mundo “confuso”, como dijo la dirigente estudiantil, la noche de este martes traza una línea de luz. Una línea que conecta 1953, cuando Fidel marchó aquí por primera vez, con 2026, donde otros jóvenes cargan con el mismo legado, pero con sus propias batallas.

Al apagarse la antorcha, solo queda el humo y el olor a queroseno. Pero dentro queda encendida otra cosa: la certeza de que esta llama, la de la continuidad, es la que nunca se podrá apagar. Y ahí esta la foto que reafirma todo: una bandera cubana ondea firme en un mar de fuego que también es pueblo.