Ni crea nadie que son felices. Padecen de rabia y obesidad en las ideas. Tienen tantas cosas que consumir que estas los consumen a ellos y los dejan sin alma: digeridos y aptos para quedar desechos, no “en menudos pedazos”, sino en virutas adiposas compactadas por el exceso erosionante de McDonald′s, papas fritas y Pepsi Colas.
Qué triste no poder llamarles, con amor, compatriotas, ni siquiera subpatriotas porque son seres que parecen haber renunciado a la Patria, o al menos a compartir la Patria con nosotros, que en ella vivimos. Nacieron junto a nosotros, a la sombra del mismo sol, bajo los rayos de la misma luna, amparados por el mismo repertorio de arrullos y colores; juntos reímos y lloramos, pero no les importa que muramos de inanición, enfermedades curables, frío, tristeza, o combatiendo contra quienes les diluyeron la identidad y maceraron su orgullo.
Nos hubiera gustado la empatía, el logro sostenido de los anhelos que nos dieron espíritu de comunidad, pero un buen día decidieron mirarse como seres que superaron “el estrecho concepto de nación”. Son entes globales, del mundo devenido aldea, solo que no son muy estimados en la tribu ni por el cacique. Nosotros no somos sus iguales, y si sufrimos privaciones, es porque lo merecemos, no porque nos quieran aplastar aquellos a quienes ellos sirven sin prurito alguno. Así piensan. Y en su juego de “dale al que no te dio” forcejean para ver quién pega más “duro con un palo y duro también con una soga”.
“Qué triste no poder llamarles, con amor, compatriotas, ni siquiera subpatriotas porque son seres que parecen haber renunciado a la Patria, o al menos a compartir la Patria con nosotros, que en ella vivimos”.
Ostentan una valentía verbal casi admirable, si no fuera porque lo dicen fuera del alcance de la verdad, de las leyes y los puños que los convocan a pelear sin codazos ni cabezazos. Se saben amparados por la ventaja de un poder mediático que nos silencia y los amplifica, y por una muralla de agua salada cuyo peso, volumen y largo se mide en guarismos de noventa millas, más millones de toneladas y metros cúbicos (a veces más). Desde allí lanzan sus uppercuts, ganchos y swings con brazos largos postizos sin mirar a quiénes alcanzan ni calar la profundidad de las heridas.
Quien niega su pasado se niega a sí mismo, renuncia a la infancia, a los sueños, a los valores que recibió de manos de maestros, parientes, amigos y vecinos; a los sabores, olores y sensaciones que lo hicieron sentirse de un lugar y de unos hechos muchas veces escritos con sangre, otras con sudor, la mayoría con inteligencia y siempre con ánimos de legar un futuro de bienestar para los presentes y para los que un día llegarán.
Ser cultos es el único modo de ser libres, coincidamos con Martí, quien nunca expresó odio contra el ser humano al que enfrentaba con armas e ideas, aunque sí a la ambición que nos proponía ser ciudadanos de baja categoría. Brilla, como tantas, su confesión: “Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo”. [1]

La expresión martiana, cargada de argumentos y poesía, aún nos convoca a la lucha contra quien procura asignarnos un vasallaje perpetuo. Pero muchas veces también el inabarcable héroe dejó ver su admiración, tanto por lo español, que nos legó la lengua (tesoro mayor), como por lo norteamericano esencial, vertido magistralmente en sus crónicas. De España también alabó la rebeldía —que un día los liberó de otro imperio— además de un buen número de costumbres y usos que aún prevalecen en nuestra dinámica social. Ahí está el modelo que debíamos seguir todos los cubanos, porque aun siendo humano, roza lo divino. A él se acogieron quienes, un día de hace más de sesenta años, hicieron triunfar sus ideas para sustentar el proyecto de un mundo mejor posible.
El tronco de azotes en que se han convertido las redes sociales y otros medios hegemónicos han sido las plataformas escogidas por esos cubanos solo por nacimiento que, carcomidos por el odio, pretenden fustigar a diestra y siniestra, con insultos como azotes y hasta con groserías, a quienes un día fueron sus compañeros de glorias y vicisitudes. Con ello dan una prueba de cuán lejos están del ideario del Apóstol, quien nunca dejó de batallar contra los colonialistas opresores y sin embargo nos legó, en su catálogo humanista, una joya como esta: “Por Dios que esta es guerra legítima,—la última acaso esencial y definitiva que han de librar los hombres: la guerra contra el odio”. [2]
Notas:
[1] José Martí: “El presidio político en Cuba”, Obras completas. Edición Crítica, T.1, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000. p.63.
[2] José Martí: Fragmento 304, Obras Completas, T.22 Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 210.

