Cuando en mi infancia me enseñaron a jugar al ajedrez, mi primera alerta estuvo dirigida a no ser víctima del Jaque Mate Pastor. También mi picardía de aplicarlo se activaba frente a un contrincante de mi edad que podía no estar alerta y caer en la trampa. La mayoría aprendía, o aprendíamos, víctimas del común y entonces tolerado bullying, y era preciso alargar las partidas hasta que uno de los dos mostrase la imprescindible superioridad. Y aunque existía en el país una pasión casi masiva por el ajedrez, con profesores que atendían áreas en todos los municipios del país y la mayoría de sus poblaciones, me conformé con ser un jugador doméstico, con mi propio hermano como el rival más prolongado de mi historia, y mis amigos del barrio en que crecí. No se me ocurre, por eso, presentarme a la palestra pública con un análisis de las partidas jugadas en el último campeonato del mundo, aunque pueda entender cómo ha ocurrido la partida, más si un buen analista economiza mi tiempo con valiosos y concretos apuntes. Fui un poco más en béisbol y descubrí más tarde —demasiado— el futbol, pero prescindo de esas alusiones para volver al efecto del Jaque Pastor que diariamente nos pegan en las redes.

Sin menoscabo de ética o misericordia, Cuba está siendo agredida por acciones propias de un contexto de guerra convencional, además de la estrategia de guerra cultural y asedio mediático que sistemáticamente venía sucediendo. Injusticias flagrantes que, asombrosa y paradójicamente, parecen quedar solo en la incumbencia del Estado cubano, su gobierno y sus instituciones de control social, y no de la ciudadanía que es víctima directa de ese estado de asedio y agresión. Llamados a invasión, intentonas terroristas concretas, cierre de misiones médicas y de embajadas por parte de gobiernos obedientes al dictado de Estados Unidos, pasan como conflictos de intereses a los ojos del espectro que las redes sociales de internet ponen en órbita. Patrones propagandísticos, identificables sin inusitados esfuerzos de una inteligencia promedio, toman el estado general de la opinión y arrastran a todo el que pretende expresar su opinión en ejercicio público.

“(…) se busca en ese caso desacreditar cualquier gesto de solidaridad que permita seguir en resiliencia a la mayoría de los individuos que no queremos ser otra vez neocolonia, república al mando del amo de turno de la Casa Blanca”.

Una mentira, como la recién publicada por un diario mexicano de muy dudosa competencia verídica, circula como verdad —concreta o posible—, aún después de que la “información” que transmite sea desmentida. La duda, legítima en el periodismo y legítima también en la ciudadanía, se convierte en aserto y suplanta a la verdad si esa duda responde a un interés pronunciado como norma. Así, la inmunidad con la mentira responde a un patrón hegemónico de impunidad, lo que ha sido bien estudiado por diversos analistas. En estos instantes del asedio de guerra convencional con que se hostiga a Cuba, un “ardid” de esa índole representa la materia esencial que lleva al chachareo de la opinión en redes, a la que cada uno va a sumar su propio disparate como si fuese la joya elemental del pensamiento. Concretamente se busca en ese caso desacreditar cualquier gesto de solidaridad que permita seguir en resiliencia a la mayoría de los individuos que no queremos ser otra vez neocolonia, república al mando del amo de turno de la Casa Blanca. Sin parar mientes en remilgos éticos, se lanza un fuego graneado para que fluya en dirección única, tanto en su recorrido hacia el destinatario que se desacredita, como en la producción de sentido que pretende mostrar como verdad irrefutable ese descrédito.

Lejos estamos del momento en que esa misma propaganda decretó la apertura de la información mediante el uso de internet. Muchos han preferido pensar que esa posibilidad de que todos tuviéramos la oportunidad de expresar lo que pensamos ha sido secuestrada por los intereses de las corporaciones; sin embargo, la llamada “democratización de la información” no fue jamás un acto de democratización. Ni siquiera fue un gesto de buena voluntad o un grito por quienes no encontraban curso a su propia voz. En sus objetivos primarios estuvo siempre el control de la ciudadanía global una vez que la ideología de la globalización presentaba al sistema de partidos políticos garante del capitalismo en decadencia como el más aceptable de los sistemas sociales.

“Suelen contar estas acciones con la propaganda interesada —económica e ideológicamente—, de los medios tradicionales, propiedad de empresas asociadas a la oligarquía, o pertenecientes a estas (…)”.

Se trataba, y se trata, de relativizar las críticas al capitalismo para revertir la intolerancia ante todo cuanto pueda parecer alternativa. Cualquier agresión o violación de la soberanía que se haga en nombre de la democracia recibirá antes la condena de la víctima. Respaldando incluso el holocausto con la duda. Solo ese estatuto de “conformidad social” les permite el super objetivo empresarial: el incremento desbordante de ingresos. El círculo se cierra entonces en el juego de influencias. El poder de las naciones, estados y partidos políticos se convierte en cliente de las plataformas digitales. Se establece un negocio, legitimado por la esencia misma del sistema social de relaciones, que no ve en un negocio una amenaza y sí considera exitoso al millonario.

La intervención mediante el Golpe de Estado ha sido siempre un mecanismo utilizado por los Estados Unidos en América Latina, África y otras partes del mundo. Han variado los métodos, del “alzamiento militar” al golpe judicial, o parlamentario, o la revolución de color, pero no las esencias injerencistas con que se perpetra. Suelen contar estas acciones con la propaganda interesada —económica e ideológicamente—, de los medios tradicionales, propiedad de empresas asociadas a la oligarquía, o pertenecientes a estas, cuyos beneficios económicos dependen de ejercer inusitadamente su poder y que se han hecho clientas, a su vez, de las redes que posicionan las líneas de mensaje en internet. Un círculo vicioso que es un gesto de mago —distracción de la atención observadora mediante—, o una jugada que aspira a colocar otro acto de Jaque Pastor.

“Se magnifican a destajo los errores internos, para que la mínima parte se convierta en el todo y suplante así la Historia que vivimos”.

El periodista, agudo y muy ameno analista de la manipulación informativa, Pascual Serrano, apunta en su presentación al libro La tiranía de las naciones pantalla: Cinco pecados capitales de las plataformas que gobiernan internet, de Juan Carlos Blanco, Ediciones Akal, 2025, lo siguiente, que me permito citar con generosidad no procurada:

Sabemos con certeza que las naciones pantalla tienen más presupuesto del que manejan nuestros Estados, pero no sé si somos conscientes de que incluso les hemos dado más competencias. Facebook o X pueden eliminar y proscribir contenidos informativos de un modo que no permitiríamos a nuestros Gobiernos, porque lo consideraríamos censura. Amazon acepta quejas de consumidores sobre otras empresas y gestiona indemnizaciones con más diligencia que cualquier oficina de consumo pública. Google conoce mejor la situación del tráfico que nuestra Policía. Un error de Microsoft puede bloquear nuestra administración pública de forma más exitosa que la mayor huelga de funcionarios. Uber conoce los desplazamientos de los ciudadanos mejor que cualquier pulsera de seguimiento policial… Si hace cincuenta años le hubieran dicho a un ciudadano que habría unos agentes privados con todo ese poder, sin ninguna duda estaría pensando en un golpe de Estado que había derrocado al Gobierno. Sin embargo, como la rana que se va cociendo lentamente en el agua sin percibirlo según se va calentando, nosotros hemos ido aceptando unas competencias y poderes de las naciones pantalla inimaginables hace unas décadas.

Al no ser suficientes las medidas de bloqueo —para rendir por hambre y desesperación a los cubanos, como lo proclamara Dulles—, se ha pasado a una fase violenta, agresiva, inhumana. Esta andanada genocida se presenta también como un conflicto de intereses menores y es convertido en asunto de gobierno por varios frustrados opinólogos que se pretenden expertos ante eventos de moda y a diario culpan sin juicio de valor, manipulando también lo que las redes potencian. Guardan su ropa detrás de la rivera y nadan solo en las aguas permitidas por la hegemonía, aspirando a que un día su soldada llegue, aunque todas las bases de reconocimiento posible partan de ese mismo sistema al que no le perdonan ni un error, como si fuesen perfectos y divinos. La escasez, los angustiantes apagones, la nada a la que nos someten, se convierten, por obra y gracia de la astuta jugada, en una culpa que no nos corresponde; una culpa que atañe al agresor. Se magnifican a destajo los errores internos, para que la mínima parte se convierta en el todo y suplante así la Historia que vivimos.

El panorama de la guerra mediática cubana se ha intensificado en dos direcciones esenciales:

1º. El socialismo cubano es un proyecto fallido y —paradójicamente a su condena inevitable al fracaso—, es necesario acelerar su desaparición total, de una vez y por todas, hasta sus raíces.

2º. Las injerencias externas y las acciones de guerra —en varias direcciones tipológicas, convencional o menos convencional— son una invención de ese aparato autoritario que debe desaparecer.

Ambos patrones se resuelven con explicaciones de lógica muy elemental que alargan la partida. Pero sus patrones de juicio son transferidos de inmediato a la bruma de ilocuciones sin base ni sentido que las redes potencian. Las recibo en mi muro de Facebook diariamente, o en búsquedas en Google, a pesar de que le informo a Meta que eso no me interesa, acorde con las “posibilidades” que me da de “elegir”. Por incorregible he dejado de ocuparme de X, pues no hay modo de “hacerle cambiar de parecer”. Asalariados y dóciles acólitos anexionistas, además de frustrados que prefieren culpar al sistema socialista cubano de su incapacidad antes que auto analizarse, componen el convite y difaman e insultan sin temor, seguros de que la impunidad imperial ha de hacerlos, también a ellos, inmunes. Que la ironía de la vida se demore en traerles la revelación, apenas les deseo. Ni el insulto, ni la obscena cantilena que llevan de bandera, representan a un pueblo, ni el Estado-nación ni el pequeño y preterido del que muchos proceden. Las verdaderas víctimas de todo ese entramado seguimos aún en esta tierra, sin tomarnos por dioses de nuestros semejantes ni caer en la trampa de ese Jaque Pastor que nos preparan. Creemos —¡y bien!—, en algo más allá del dinero y de la fama, algo que solo el amor es capaz de nombrar como una cotidiana maravilla, sin lujo ni motivo ninguno de vergüenza.

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