Iluminando el pasado desde la luz del presente (IV y Final)
En la parte III de este ensayo, cuando puse el punto final, yo estaba refiriéndome a Chile. Corría entonces el 1842, año en que allí se funda el “Movimiento literario y cultural”; considerado el primer paso en función de crear un verdadero teatro nacional. Siguiendo ese mismo camino, doy continuidad a mi análisis:
—1850-1900: hay costumbrismo y drama romántico. Solo citaré un nombre como referencia: Daniel Caldera, autor de El tribunal del honor, drama en dos actos que fuera estrenado en 1887. Esta obra es considera la más representativa de su época.
¿No resulta curioso saber que en el Chile de 1887 se estrene El tribunal del honor y que en Argentina, solamente un año antes, se estrene Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez?
—1900-1930: son muchos los nombres y obras. Así y todo, e igual a manera de referencia, creo necesario mencionar otros tres. El primero, Antonio Acevedo Hernández (1886-1962); que es, en mi opinión, un artista de médula: Almas perdidas (1917), La canción rota (1921), Cardo negro (1930) y Chañarcillo (1937). Hago énfasis en Antonio Acevedo Hernández no sólo como figura prominente del teatro chileno, sino también como ensayista, como estudioso de la identidad chilena en toda la extensión de la palabra. Muestra de lo anterior son sus libros Los cantores populares chilenos, Retablo pintoresco chileno y Leyendas de Chile. He aquí los otros dos nombres: Armando Moock (1884-1942) y Germán Luco Cruchaga (1894-1936), quien en 1927 estrena La viuda de Apablaza.

A estas alturas, ¿estamos o no estamos ya ante un teatro auténticamente chileno? Por supuesto que sí. Además, la lógica del curso histórico-cultural nos va llevando hasta 1939, un año de indudable importancia pues emerge la figura de Pedro de la Barra (1912-1976), quien dos años después fundaría el mítico Teatro Experimental de la Universidad de Chile.
Hemos visto hasta ahora a Cuba, Brasil, México, Argentina y Chile, países en donde existe una coincidencia histórica en cuanto a la modernidad del teatro latinoamericano. Menciono cinco ejemplos:
—Un guapo del 900 (1940), de Samuel Eichelbaum (Argentina).
—Electra Garrigó (1941), de Virgilio Piñera (Cuba).
—Creación del Teatro Experimental de la Universidad de Chile (1941), Pedro de la Barra.
—Vestido de novia (1943), de Nelson Rodríguez (Brasil).
—Corona de sombra (1943), de Rodolfo Usigli (México).
Detengo mi viaje en los primeros años de la década del 40. Pienso que ya existen elementos suficientes para afirmar que tanto el teatro como la cultura chilena, que tanto el teatro como la cultura latinoamericana, encuentran cauces definitivos en el siglo XX.
Ahora bien, todo análisis cultural y social que pretenda hacerse alrededor de este período, no puede pasar por alto tres medulares acontecimientos históricos: Revolución mexicana (1910), Primera Guerra Mundial (1914-1918) y Guerra Civil Española (1936- 1939). El auge y resonancia de la cultura latinoamericana es sinónimo de siglo XX. Por fin la potencia de una voz propia, cuya singularidad y pluralidad le otorgó, en ese momento, un carácter irreversible.
Aunque se trata de un período más conocido y estudiado, el recorrido debe continuar de 1945 hasta nuestros días, sin dejar de mencionar otros tres hechos históricos de trascendental relevancia: Segunda Guerra Mundial (1939-1945), triunfo de la Revolución Cubana (1959) y caída del Muro de Berlín (1989). A la influencia de estos tres acontecimientos, hay que agregarle el aire cultural-renovador que se dio en América Latina en los años 60, y agregarle también el impacto negativo que padeció nuestra cultura durante las sucesivas dictaduras militares.
Cuando analizamos estos períodos, vale la pena hacerse la siguiente pregunta: ¿Qué teorías dramáticas alcanzaron mayor influencia en América Latina? Hay quienes hablan de Ibsen, de Chejov, de Lorca, de Stanislasvky, de Brecht, de Ionesco, de Weiss, de O’Neill, de Artaud, de Grotowsky, de Eugenio Barba, en fin, yo pienso que cada una de esas teóricas tiene lo suyo, y las influencias, como mismo pasa con la identidad, pasa primero por un criterio de interpretación individual.
“El auge y resonancia de la cultura latinoamericana es sinónimo de siglo XX”.
Por ejemplo, ¿por qué puede afirmarse que Brecht es uno de los más influyentes dramaturgos del siglo XX? Estamos hablando del creador del teatro “épico”. Desde el punto de vista práctico, Brecht concebía el teatro como un vehículo para transformar el mundo o como una vía para la toma de conciencia: contexto social, identificación social, impacto social, realidad directa y no realidad ajena, señal colectiva, el teatro como un eje trasmisor de información, teatro de la crueldad, teatro político… ¿Acaso su influencia en América Latina, como parte de un período histórico relevante, no se da por la suma de todas esas cosas?
En función de preparar el camino del análisis para épocas posteriores a la década del 40, señalo, al vuelo, algunos nombres y compañías que no podrían faltar:
—Abelardo Estorino (Cuba).
—José Triana (Cuba).
—Antón Arrufat (Cuba).
—Teatro Estudio (Cuba).
Pero de Cuba, porque me toca muy de cerca, sería necesario también un acercamiento a cuatro textos dramáticos de singular importancia: Aire frío (1959), de Virgilio Piñera; Santa Camila de La Habana Vieja (1962), de José Ramón Brene; Contigo pan y cebolla (1962), de Héctor Quintero y María Antonia (1967), de Eugenio Hernández Espinosa.
—Teatro de los Oprimidos (Brasil).
—Teatro “El Galpón” (Uruguay).
—Teatro “Rajatabla” (Venezuela).
—Teatro “La Candelaria” (Colombia).
—Griselda Gambaro (Argentina).
—Eduardo Pavlosky (Argentina).
—Héctor Mendoza (México).
—Sergio Magaña (México).
—Sebastián Salazar Bondy (Perú).
Son muchos nombres, un verdadero manantial de talentos creativos que le dieron luz propia al teatro latinoamericano. Vuelvo a Chile:
—Pedro de la Barra (lo mencioné hace un rato y vuelvo a mencionarlo ahora).
—José Ricardo Morales (exiliado en Chile tras la Guerra Civil Española).
—Héctor del Campo.
Con ellos tres se funda el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, digamos la fecha exacta: 22 de junio de 1941.
—Pedro Mortheiru.
—Fernando Debesa.
Con ellos dos se funda el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica, digamos también la fecha exacta: 12 de octubre de 1943.
—Eugenio Dittborn, Egon Wolf, Andrés Pérez, Jorge Díaz, Santiago del Campo, Isidora Aguirre, Francisco Flores del Campo, Luís Alberto Heiremans, Manuel Rojas, Fernando Cuadra, Teatro de la Universidad de Concepción, Asociación Teatral de Valparaíso, Teatro Ictus, Fernando Colina, Enrique Noisvander, David Benavente, Ramón Núñez, Héctor Noguera, Raúl Osorio, Pedro Orthous, Jorge Lillo, Víctor Jara, Jaime Silva, Alejandro Sieveking, José Pineda, Sergio Dovanovic, Ángel Lattus, Roberto Parada, Agustín Siré, Domingo Piga, Héctor Navarro, Guillermo Núñez, Alfredo Castro, Mauricio Celedón, Ramón Grifero, Nissim Sharim, Juan Carlos Zagall, Horacio Videla, Sergio Aguirre, Fernando González, Gustavo Mesa, Willy Semler, Luis Rivano, Marco Antonio de la Parra, Juan Radrigán… ¡Cuántos nombres! La lista sería interminable. Porque si Chile es un país de grandes poetas, es también un país de grandes actores, directores y dramaturgos.
Dejo en estas líneas una suerte de guía o derrotero a seguir que, con igual entusiasmo, debe llevar a los interesados, a los verdaderamente interesados, por el camino del análisis de estilos, tendencias, repertorios, tratamiento escénico, lenguaje, temas, papel del actor, importancia del texto dramático, caracterización de los personajes, recursos expresivos, diálogos, expresión corporal, movimiento, voz, clásicos, costumbrismo, dramas, comedias, crítica social, esquemas estéticos, renovaciones, música, danza, influencias, rupturas y experimentaciones.
Chile es un verdadero manantial de teatro. Pero ojo: nunca olvidar el teatro popular (de trabajadores), el teatro aficionado y el teatro que se hizo en ese país durante la dictadura militar. ¿Cuál es la pura verdad? Pues que de estos temas no se habla, o se habla muy poco, extendido el silencio a las propias escuelas de teatro. ¿Por qué? Porque la dinámica del mundo actual desprecia la memoria histórica y nosotros… ¡Stop! No hace falta decir otra vez lo que vengo diciendo desde el inicio. Ah, pero eso sí, hay que investigar el teatro de resistencia que se hizo en Chile entre los años 1973-1990; y hay que investigar el teatro de supervivencia que se hizo en Chile dentro de los campos de concentración (“Chacabuco”, “Tres Álamos”, “Pisagua”), pues de esa manera nos estaríamos contraponiendo a la corriente postmoderna (dominante cultural) que desprecia y entierra el pasado.

Ahora deseo detenerme en la siguiente reflexión: los conceptos de cultura, sociedad e identidad, así como la propia historia del teatro latinoamericano, deben ser analizados y asimilados desde posiciones flexibles, reconociendo lo positivo y rechazando lo negativo. Pero nunca siendo chovinistas, ciegos, absolutos, extremistas o fanáticos. Yo puedo ser cubano de nacimiento y chileno por elección. Yo puedo ser italiano de nacimiento y argentino por elección. Yo puedo ser mexicano de nacimiento y español por elección. Ambos puntos no son antagónicos, todo lo contrario, son cadenas de enlace que nos llevan de lo particular a lo general, de lo singular a lo plural. Solo así podremos tener, como arma, un conocimiento de causa más elevado en el afán de valorar nuestra memoria histórica y defender la diversidad que distingue a nuestros pueblos desde sus orígenes: nosotros somos un pequeño género humano.
Sin embargo, ¡cuidado!, ¡mucho cuidado!, una exclamación que me hace volver a Cuba para citar a un cubano de pupila insomne y letra afilada: Ambrosio Fornet Frutos (1932-2022).
“Somos en gran medida lo que la comunidad hace de nosotros a través de sus instrumentos de socialización… Hoy se maneja… la noción de… el mundo convertido en un pañuelo gracias al desarrollo de las redes de navegación aérea y los medios electrónicos de comunicación… Pero esa verdad es manipulada para sacar la malvada conclusión de que las fronteras nacionales y el concepto de la soberanía ―y por extensión de identidad, tanto nacional como cultural― son anacronismos destinados a desaparecer, vestigios de una época superada. Se habla de ‘desterritorializar’ la idea de cultura, sin advertirnos que una cultura ‘desterritorializada’ corre el riesgo de quedar colgando en el vacío, sujeta a todos los vaivenes de la moda y la frivolidad”.
La globalización, muy famosa en estos tiempos, pero que ha existido desde que el mundo es mundo, intenta convertir la vida terrenal en un solo mercado de gustos homogéneos; y los grandes medios de difusión masiva se empeñan en hacer realidad la filosofía de lo superficial, donde la violencia y el falso entretenimiento cumplen el rol protagónico.
“Se habla de ‘desterritorializar’ la idea de cultura, sin advertirnos que una cultura ‘desterritorializada’ corre el riesgo de quedar colgando en el vacío, sujeta a todos los vaivenes de la moda y la frivolidad”.
Las trasnacionales barren con todo lo que signifique pluralidad, haciendo énfasis en aquellos elementos que forman parte de las tradiciones históricas, sociales y culturales, llegadas a nosotros a través de una herencia que no podemos dejar en las oscuras manos del olvido. Simple y llanamente porque sin memoria no hay identidad posible.
Entiéndase así: las trasnacionales van imponiendo criterios, conceptos, estereotipos, modas y costumbres, trabajo que se hace desde una base bien estructurada y a largo plazo. Sin lugar a dudas, la influencia va multiplicándose con los años y se hace visible en cualquier esfera de la vida, siempre relacionada con el consumo. Tal parece que esas mismas trasnacionales nos dicen al oído: hora es ya de que consumas mi música, mi cine, mi televisión, mi marca, mi concepto de felicidad, mi forma de soñar, mi modo de vida, mi apariencia, mis libros, mis tradiciones, mis alimentos, mis productos electrónicos y mi idioma, solo mi idioma. Todo ello con una voz pausada, gruesa y pontificia que creemos venida desde el mismísimo reino celestial.
Ante tal realidad, y como un desafío para este nuevo milenio, se hace necesario desarrollar una cultura soberana que defienda la identidad de nuestros pueblos como naciones; con raíces donde se entrelazan lenguaje, música, bailes, poesía oral y escrita, teatro, juegos, comidas, fiestas populares, religiones, mitos, leyendas, psicología, gustos, normas de conducta, lazos familiares, costumbres y apego consciente a la verdad histórica latinoamericana; pues solo allí, en la verdad histórica, encontraremos el origen de nuestras naciones.
“…se hace necesario desarrollar una cultura soberana que defienda la identidad de nuestros pueblos como naciones”.
Si la cultura latinoamericana es la síntesis-fusión de culturas autóctonas, europeas y africanas, entonces hay que tener bien claro, primero, las autóctonas; para luego comprender, de manera orgánica, el proceso de transculturación que ocurrió en nuestros países después del descubrimiento, la conquista y el período colonial; una transculturación que dejó como señales más visibles el idioma, el mestizaje y la religión.
Una vez más cito a José Martí: “…Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según lo acaricie el capricho de la luz, o lo tundan y talen las tempestades…”
Esas tempestades (que yo llamo factores-lobos) continúan acechándonos desde que amanece y fueron explicadas anteriormente. El peligro de hoy se presenta disfrazado y posee una jerarquía de acción escalonada que tiene en las nuevas generaciones su destinatario preferido. El objetivo final no es otro que socavar las bases culturales de nuestros pueblos, utilizando para ello una diversa gama de resortes mediáticos.
El propio dinamismo de la vida diaria le abre los caminos a tendencias que, además de frívolas, son también inquisidoras. La América Latina de la actualidad está padeciendo una suerte de inquisición cultural que con urgencia debe ser borrada del mapa. De lo contrario, seguiremos siendo el pueblo de hojas, que vive en el aire… ¿Qué hace falta tener para que eso no ocurra? Yo diría que gobiernos dignos, yo diría que voluntad política, yo diría que protección consciente de nuestras identidades nacionales. La historia ha demostrado que la cultura puede salvar a pueblos enteros.
Entonces qué, ¿una nueva transculturación? Sí, claro que sí, una nueva transculturación, donde vuelven a palparse dos elementos esenciales: conquista y colonización, que hacen de los más humildes un blanco perfecto. Pero aquí no hay fusión, aquí no hay interacción dinámica entre dos grupos culturales, aquí lo que se palpa es el mismo entierro, el mismo silencio profundo, el mismo exterminio que vengo repitiendo desde el inicio.
“La América Latina de la actualidad está padeciendo una suerte de inquisición cultural que con urgencia debe ser borrada del mapa”.
Porque esos humildes, dígase la gran mayoría de la población latinoamericana, sufre los efectos de un dramatismo social extremo: sin educación, sin instrucción básica, sin pensamiento propio, sin horizontes de vida plena, sin patrones históricos, sin acceso a la cultura, sin políticas gubernamentales que favorezcan intereses colectivos y sin otra cosa que no sea violencia, marginalidad, patrioterismo, individualismo, egoísmo, machismo, frenesí consumista, falta de espiritualidad, comportamientos superficiales, imposición de culturas foráneas, anuncios publicitarios, canales de TV por cable, realities shows, servicios de streamings, teléfonos celulares, juegos electrónicos, páginas webs, redes sociales, miles de noticias falsas, marcas registradas, revistas con chismes de espectáculo, pornografía, abuso infantil, películas mediocres, series de pacotilla, canciones que entran por un oído y salen por el otro, el hombre mediocre como líder de opinión, montones de cuentas impagas o cosas materiales repletando vidrieras y más vidrieras.
Es decir, un dramatismo social extremo que puede quedar resumido en otro grupo de tendencias degenerativas: aniquilación de la diversidad, ausencia de memoria histórica, la Patria en función de la nada, pueblos originarios como sinónimos de conflictos o rezagos del ayer, la familia vista desde un plano secundario, el mercado como prioridad absoluta y una última propensión que resulta muy preocupante: insensibilidad ante la injusticia; lo que ubica la mente de los seres humanos (ya suman millones) en una suerte de distracción y consuelo artificial cuyo peligroso camino conduce a vivir siendo víctima, consciente o inconsciente, de un delirante sentido de lo abstracto.
Después de lo expuesto en las cuatro partes de este trabajo, ¿va quedando alguna duda de quién o quiénes debemos salvarnos en el siglo XXI para lograr esa necesaria segunda independencia?

