A quienes se niegan a ver que el mundo ya no responde a la “verdad verdadera” sino a la que se construye desde el poder arrollador de unos medios que dejan ver muy claramente su parcialidad en la defensa de los intereses del gran capital, deberían recetarles agua de vicaria para los ojos y frituras de sesos de cerdo para incentivar la lucidez. Son apenas dos de los remedios que ponían en práctica las abuelas de antaño cuando un pequeño daba síntomas de ceguera y pocas luces en el entendimiento.

Amigos que quiero y con los cuales alguna vez colaboré en proyectos culturales, me dejan pasmado cuando se cierran sobre opiniones vertidas en medios que ellos consideran serios aun cuando las más elementales observaciones de su vocabulario reflejan la manipulación y el sutil descrédito a priori con que enfocan el ideario de izquierda que representamos.

El uso de términos como “régimen” o “dictador” para nuestros procesos de soberanía y quienes los conducen, apela con achacosa sutileza peyorativa, al rechazo de la información centrada en el lenguaje libertario y patriótico que se genera en nuestros pueblos oprimidos. Poco importa que esos “regímenes” y esos “dictadores” hayan obtenido la condición de gobernantes por vías electorales, o a través de procesos libertarios que derrocaron dictaduras sangrientas. Venezuela, Nicaragua y Cuba son de los blancos preferidos por esos medios derechistas de autoasignada objetividad.

La posverdad sentó los cimientos de la nueva barbarie, no por nueva menos anacrónica. Con el más grosero desembozo se pasó de la desacreditación política a la guerra genocida en nombre de las supuestas verdades defendidas por el esperpéntico alarido derechista. No hay otro modo de llamar a la furia asesina con que se diezma a la población civil de Gaza, o al bombardeo de Caracas para secuestrar al presidente legítimo, o a la guerra contra Irán, con asesinato de niños y de su líder supremo incluidos, aunque en este último caso el bocado se les viene atravesando en la garganta; ni remotamente sospechaban la enorme capacidad de respuesta que han demostrado poseer los iraníes.

“El uso de términos como ‘régimen’ o ‘dictador’ para nuestros procesos de soberanía y quienes los conducen, apela con achacosa sutileza peyorativa, al rechazo de la información centrada en el lenguaje libertario y patriótico que se genera en nuestros pueblos oprimidos”.

Algo inusitado pasará, y será de dimensiones mayúsculas. La destrucción del planeta puede ser la peor consecuencia de una locura supremacista cuyo más claro y cercano antecedente solo podemos hallarlo en el fanatismo delirante que los ideólogos del fascismo le inocularon en el alma al culto y ─pese a todo─ admirable pueblo alemán. La política de tierra arrasada ya no se enmascara tras preceptos de enunciación altruista, sino en la retórica de dominio imperial, hipócrita y maquiavélicamente maquillada con la máscara de salvadores de la humanidad.

Durante el proceso de formación y consolidación de la filosofía de una “raza pura” cuya supuesta pureza le daba el derecho divino a las más bárbaras acciones, los alemanes asimilaron el constructo de la exclusividad de la sangre aria y, sobre esa falacia, se proclamaron pueblo elegido para practicar la “limpieza étnica”. Un discurso público fundamentalista y autoritario condujo al sinsentido que acabó con millones de vidas y destruyó amplísimos territorios del continente donde, paradójicamente, nació y se fomentó la cultura occidental. Hoy, casi con los mismos procederes, regresan ─y progresan─ esos postulados.

“La barbarie como representación teatral que, sin aviso ni mediación, salta del escenario a la vida real esgrimiendo misiles y chantajes para establecer con claridad que llevará la devastación a quien se le oponga; tal es su bandera, así discurren sus fatídicos gags”.

Son los mismos métodos. Se aprecian en una doctrina imperial que desdeña a nuestros “pueblos bárbaros”. Se da con ellos la paradoja del invadido cargando las heces simbólicas del invasor. El autonombrado gobernante del mundo llegó incluso a injuriar, por ignorancia supina, el tesoro de un idioma que le ha dado al mundo algunos de los productos culturales de más altos valores, muchos devenidos arquetipos. Calificó al castellano de “idioma maldito”, tal vez pretendiendo ser bromista y desenfadado. Pero como no tiene la más puta gracia, todos captamos el matiz grotesco y despectivo que caracteriza sus erráticos desplantes.

La barbarie como representación teatral que, sin aviso ni mediación, salta del escenario a la vida real esgrimiendo misiles y chantajes para establecer con claridad que llevará la devastación a quien se le oponga; tal es su bandera, así discurren sus fatídicos gags.

Hollywood nos dio personajes como Chucky, el muñeco diabólico, interpretado por Alex Vincent; El joker, magistralmente caracterizado por Jack Nicholson, o Hannibal Lecter, a quien corporizó Anthony Hopkins, pero todos ellos, de manera brutal, han sido superados por el Emperador Naranja, solo que su set es el planeta y ni siquiera el humor negro lo respalda. El horror, puro y sonante, es su versión más contundente.

Algo pasará ─repito─ porque nos negamos a aceptar que la Humanidad en pleno permitirá, de brazos cruzados, esos desmanes. Las campanas doblan hoy por todos. Ya hay reacciones, cada vez más visibles, al proyecto de Apocalipsis de esa nueva Roma que aspira a prescindir del resto del mundo en pos de su gloria.