Lo primero, naturalmente, fue su mirada. Despejada, descarnada, abrasiva. Ese espíritu indomable de Adela Legrá-Lucía, esa cobija debajo del sombrero, conquistó las pantallas del mundo. Es curioso, es singular, que justamente aquella chica descubierta por Humberto Solás, Oriente adentro, haya logrado convertir ese instante en la imagen icónica por antonomasia de nuestro cine.

Ella logró, sin proponérselo, los que muchos han soñado alguna vez, y eso lejos de menoscabarla, acrecienta su valor. Sin formación académica, pero con una talla de auténtica madera, con una belleza agreste, con la viveza de una lumbre. Respeto las consideraciones, pero detesto los prejuicios, vengan estos con el disfraz que vengan. El tiempo no hará más que engrandecerla. Que no haya recibido el Premio Nacional de Cine, a pesar de que fue propuesta más de una vez, es una vergüenza.

No hablaré aquí, sin embargo, de lo ya conocido. Entraré en una Adela más íntima, más cotidiana. Seré egoísta, lo advierto, porque evocaré mis encuentros con ella, con mi vecina. Nos sentaremos con ella en su propia casa en el poblado de Cuabitas, en las afueras de Santiago de Cuba, a tomar café (sembrado y procesado por ella misma), a respirar su orgullo guajiro.

En su propia casa, en el poblado de Cuabitas, en las afueras de Santiago de Cuba. Octubre de 2024.

En mi labor profesional, debí asistir —indefectiblemente— a más de un festival, de un homenaje, donde Adela Legrá era presencia de lujo. La recuerdo especialmente en la vieja casona de la Uneac santiaguera, durante los encuentros de la sección de audiovisuales. Más de una vez la abordé a trazos, en breves declaraciones, como exige narrar la novela cotidiana la prontitud de un noticiario. También acudí a ella ante la muerte de Adolfo Llauradó, pero fue la poesía quien, más detenida, me echó manos…

Esta mujer que corre en las salinas

a contraluz

con ganas de morder

                        de escapar

                        de volverse una ola

esta mujer con los demonios en las cejas

me tortura

cuando extiende la taza de café

cuando mira debajo del sombrero.

(“Lucía/Adela”, Reinaldo Cedeño. De Poemas del Lente, Premio Hermanos Loynaz, 2011)

Peñas y citas

Cuando supe que participaba en la cinta Miel para Oshún (Humberto Solás, 2001), acudí a ella para entrevistarla. La actriz me confesó que sufrió un desmayo en la escena final. En este sentimental road movie, el hijo (personaje asumido por Jorge Perugorría) ha surcado mar y tierra hasta llegar a Baracoa para encontrar a su madre. Es el viaje a la semilla. Para lograr mayor verosimilitud, Solás hace partícipe del momento a pobladores del lugar, tomados súbitamente por el cine. La cámara se da gusto. Y ahí viene ella, desesperada, custodiada por sus vecinos. Adela-Carmen baja del bote en andas; pero también viene Lucía, con su inconfundible atuendo, seguramente una de las citas más felices del séptimo arte hecho alguna vez en esta Isla.  

Es apenas un instante, pero el cine está hecho de ellos.

En cierta ocasión, quise gastarme el privilegio de que la actriz fuese mi invitada principal a la peña Página Abierta, espacio que durante más de una década conduje gracias al auspicio del Centro Cultural y de Información Biblioteca Pedro Claro Meurice Estiú. Como nunca faltan contratiempos, el auto que debía trasladarla, tuvo un desperfecto técnico. Al tocar a su puerta, la célebre protagonista de Manuela y Lucía, me recibió en una cómoda bata de casa. “Me acabo de cambiar…es tarde”, me dijo en modo conclusivo.

Manuela, el debut en el cine de Adela Legrá, con su belleza agreste.

Una punzada recorrió mi anatomía súbitamente, un ardor; pero nunca he creído en los noes, siempre aposté a los síes. Después de unas disculpas de rigor y mirándola con fijeza, le comenté en el tono más convincente que pude encontrar: “Hay un público esperándola… un público hermoso”. Hubo un silencio que se me hizo largo, expectante, hasta que ella misma, generosa, lo rompió con una palabra: “Espérenme”.

Al entrar al salón, Adela recibió un aplauso cerrado. Viví (vivimos), al ritmo de sus confesiones, de su sinceridad a toda prueba, uno de los atardeceres más conmovedores que la historia de estas peñas recuerdan. Se remontó al primer encuentro con Solás, al inesperado casting. “Yo no conozco a nadie que se llame Icaic”, respondió a quienes la procuraban y se fue al encuentro de “aquellos blanquitos”, vestida de miliciana.

Todas las pruebas las pasó, incluida aquella de reírse, de reírse a carcajadas. Ella resolvía con naturalidad cualquier desafío. “Yo miré a un señor que tenía la nariz como un pimiento… y no paraba”. También se habló de la serie La gran rebelión y de Barrio Cuba, esa cinta coral de angustias y cantos que nos legara un Solás maduro, clarividente.

La risa es ecuménica, había escrito alguna vez la Loynaz, y la sala resultó una efervescencia.

Había pasado el tiempo, por supuesto, desde aquellos filmes de los sesenta. Adelaida López Legrá era ya una anciana, aunque su porte permanecía incólume. El ambiente resultaba tan relajado, tan familiar, que el público conectó inmediatamente. Temiendo un momento incómodo, cuando alguien quiso introducir el tema del paso inexorable de los años y el declive, eché manos a la frase lapidaria de la cinta Sunset Boulevard o El crespúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950).  “Las estrellas no tienen edad”, le solté envuelto en una sonrisa.

Guajira del sol

Ya éramos amigos, cuando coincidimos en la grabación del programa “Más que dos” del canal Educativo, y me estrechó contra sí, como lo hace una madre. Lo éramos, cuando acompañé al trovador José Aquiles Virelles a su casa. Nunca olvidaré su disertación, su experticia cuando hablaba de las plantas. Sus manos giraban, dueña del aire. Ella obsequió al poeta de la guitarra con marañones congelados, uno de sus secretos, dijo, para tener largo tiempo esta fruta que tanto le gustaba. Él observaba cada detalle, tal vez respirando ya la música que le nacía dentro.

Hay momentos de tan solemne sencillez.

“Hoy caminarás despacio en el sendero / Descubrirás tu rostro a la osadía, / Desnudarás tu monte al mundo entero…”, tema de José Aquiles dedicado a Adela Legrá, galardonado con el Premio Mundial de Poesía Nósside, Reggio Calabria, Italia, 2012.

José Aquiles ha sido animador de espacios culturales legendarios en Santiago de Cuba y suma en su exitosa carrera, el gran premio del Concurso Adolfo Guzmán (2002) y el galardón correspondiente a compositor del año en el Concurso Cubadisco (2011). Su estudio “El sótano de Amanda” se convirtió pronto, en asidero imprescindible para los músicos.  Aquiles acabaría bordando sus impresiones sobre la Legrá con el tema (temazo) “Guajira del sol” que le acreditó el XXVIII Premio Mundial de Poesía Nósside, en la categoría de poesía en música en lengua española.

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Viaja por tus ríos un manantial de miel,

Un aroma fino de íntimo placer,

Rostro en el camino que aguardando está

Sueños de preñar tu vida.

Viaja por tus lomas una tempestad

De trinos y duendes desde el flamboyán,

Suerte de llevar un caracol de amar

Ronda la nostalgia en tu día.

Sé, que negarás la soledad que habitará escondida

Y mantendrás tu fuente viva.

No renunciarás atardeceres de tu lejanía

Disiparás tu sombra en la poesía.

Hoy, espantarás lo que de malo traiga el aguacero

Y aguardará un camino por tu risa.

Hoy caminarás despacio en el sendero

Descubrirás tu rostro a la osadía,

Desnudarás tu monte al mundo entero,

Guajira del sol

Guajira del sol.

Sé, que negarás la soledad que habitará escondida

Y mantendrás tu fuente viva.

No renunciarás atardeceres de tu lejanía

Disiparás tu sombra en la poesía.

Hoy, espantarás lo que de malo traiga el aguacero

Y aguardará un camino por tu risa.

  (” Guajira del sol”, José Aquiles Virelles Rodríguez)

La última vez

La última vez que vi a Adela Legrá, fue a finales de 2024. Le debía la visita, y la insistencia de mi colega Olber Gutiérrez Fernández, fue el acicate. Bajamos por el simulacro de calle hasta plantarnos delante de su verja. Tras una breve espera, Adela nos recibe en su silla de ruedas, al natural, como era ella. No tardó un instante en reclamar mis ausencias, en amenazarme con su pomo de agua, como queriendo espantar el elogio que le prodigaba. No era mujer de poses. Cedamos espacio a los apuntes de nuestro acompañante, que intenta aprehender el momento:

“— ¿Y quién es este jovencito? — interroga Adela, volteándose hacia mí, luego de un largo momento de diálogo y risas con el periodista. Yo, estupefacto de pronto, ante el milagro de no saberme invisible.

“—Él es un estudiante de Periodismo y amante de tu obra cinematográfica. Estaba loco por conocerte al saber que vivías aquí…

“— ¿Y para qué tú quieres conocer lo que queda de esta vieja? — me dijo. Me dice aún, cuando repaso aquella pregunta en mi mente, cuando siento el tono con que me lo dice.

“Extiendo entonces la mano. La toco temeroso. Le digo un “Hola” con la rapidez de un relámpago y sigo sin creer. ¿Cómo fue posible aquello? ¿Cómo llegué a estar ahí, de tener esa genial oportunidad? Estoy saludando en persona a una de las diosas de la actuación cubana. ¿Estaré soñando? Creo que no faltó nada para darme yo mismo una inmensa palmada en la cara. Pero no lo hago. Quedo inmóvil. Decido callar sabiamente. Ser un espectador de la vasta conversación entre el experimentado reportero cultural y la estrella del cine cubano. Ella va escuchando mientras acaricia sus cabellos con un cepillo de pelo. Sobre sus hombros una manta amarilla. Mis oídos son testigos entonces de primera mano de historias de inicios de Adela…” [1]

En la madrugada del 2 de enero de 2026, falleció Adela Legrá. Tenía 86 años. Acudieron a mí, en flashazos, los momentos en que la vida me permitió compartir con aquella dama de mirada despejada, descarnada, abrasiva. Ella confesó alguna vez que andaba por este mundo sin rencores, pero con buena memoria. Su estirpe sobrepasó al cine largamente, y mirar sus ojos, era mirar a Cuba.


Nota:

[1] Olber Gutiérrez Fernández: “Memorias de cómo conocí a Adela Legrá. O a Lucía, Manuela, Carmen…”.