Robusto y macizo, este libro tiene documentación y argumentos más que suficientes para que un prologuista venga a creer que procede “contárselo” al público. Tampoco será necesario comentar el recio currículo del autor. Si no tuviera otras piezas fuertes dentro de una trayectoria signada por el rigor y el talento, bastaría esta nueva obra para asegurarle un buen espacio en la historiografía contemporánea.

Podría decirse que Rodrigo Quesada Monge se ha ganado ese lugar en el ámbito hispanoamericano, pero lo desborda. Quien quiera datos sobre sus logros profesionales —altos reconocimientos incluidos— los hallará en las redes, así como en las contracubiertas o solapas de sus numerosos libros, como el que ahora sale a conquistar la luz. Pero hay algo en lo que, aun cuando pueda parecer o sea innecesario hacerlo, desea insistir quien escribe estas páginas de umbral.

“(…) el presente volumen se centra en la lucha antimperialista, en el papel del héroe y en la importancia de los valores vinculados con la justicia social (…)”.

No se trata de algo menudo o contingente, sino sustantivo, máxime cuando cierta orientación “académica”, asociada con la tendencia a escamotear la realidad del imperialismo, sostiene petulantes bulos sobre la presunta irrealidad de la historia —reducida por los gurús de esa orientación a mero relato, o sucesión de máscaras— y declara la inutilidad de la ética. De ahí la tendencia a hablar de narrativas en desmedro de la realidad, y la proliferación de mentiras, ahora como si fueran toda una categoría nueva en la historia humana, y curiosamente en inglés: fake news.

Frente a eso, el presente volumen se centra en la lucha antimperialista, en el papel del héroe y en la importancia de los valores vinculados con la justicia social o afincados en su búsqueda por los caminos de los valores éticos. El esclarecido estudioso costarricense se ha caracterizado por una ejecutoria intelectual que lo ha puesto en comunicación directa y fértil, combativa, con relevantes vertientes de la realidad. La ha escrutado no solo en lo más ostensiblemente histórico o político, sino también en el terreno que —para seguir la terminología al uso, pero insuficiente— suele llamarse cultural, como si la cultura no fuera la realidad abarcadora en que, del subsuelo a la atmósfera, en el universo, vive y respira, y crea —y lucha y muere, y crece—, el ser humano.

Un recorrido somero por la obra de Quesada Monge, solo por sus libros, pero sin ignorar su amplísima producción recogida en publicaciones seriadas, revela que ha prestado lúcida atención a temas medulares: dígase, por ejemplo, las relaciones interimperiales y figuras que, como Rosa Luxemburgo, han tenido una destacada presencia en ese contexto, en el que también vale incluir su estudio sobre Enrique Gómez Carrillo. Cuenta asimismo en sus búsquedas una corriente o práctica económica, política y social —el neoliberalismo— de tanto peso como funesta en las tragedias vividas por la humanidad durante las últimas décadas, que van pareciendo, o siendo, demasiado largas.

Gracias a su labor, Rodrigo Quesada Monge se ha asegurado un buen espacio en la historiografía contemporánea. Imagen: Tomada de Cubaperiodistas

Bracea con sabiduría contra la corriente de una academia que, a expensas del debilitamiento multilateral de las metrópolis europeas, hace años se trasladó del llamado Viejo Continente a universidades de los Estados Unidos, potencia a la que aquellas se ven penosamente uncidas. Y aunque en ellos hubo y hay voces dignamente discordantes de la línea favorecida por el poder imperial, en esos claustros se cocinaron maniobras y conceptos falaces como los antes mencionados. Si hoy parece que se cuecen menos, o que ni siquiera se aliñan, habría que atribuirlo probablemente a los peligros de la inercia ideológica capitalizada por dicho poder hasta el punto de que, para algunos, sus ardides pueden resultar naturales, o ni existir.

No es fortuito que este libro se adentre en las raíces de los pueblos que trata, y en el pensamiento de quienes han sabido representarlos y defenderlos con aportaciones que perduran por sí mismas y como armas al servicio de la emancipación y la justicia. El alcance de su acierto se afinca raigalmente en el territorio y en el tramo de historia que se advierte claramente desde el título: Antimperialismo. La tarea del héroe en Nuestra América. 1821-2021.

Al asociar la misión del héroe con la familia de pueblos aludida, remite implícita pero claramente a José Martí, quien hizo suya de modo programático la denominación nuestra América, que halló en su entorno y abrazó al fundar un legado en que se concentran la síntesis y la proyección de una estirpe de luchadores que llega a nuestros días. Para el cubano universal, esta región abarcaba no solo territorios continentales, sino —recordemos su medular condición de cubano, de antillano— “las islas dolorosas del mar”, como las llamó al concluir precisamente su ensayo “Nuestra América”, publicado en enero de 1891. Tal es la inclusión que el historiador costarricense reitera al hablar de “las Américas y el Caribe”, aunque este último está representado asimismo en el continente.

“No es casual que Martí y Bolívar constituyan pilares en la visión histórica de Quesada Monge”. Imagen: Tomada de Internet

En cuanto al concepto de lo heroico, apúntese que en “Tres héroes”, texto de fondo y proa en la primera entrega de La Edad de Oro —mensuario cuyos cuatro números (julio-octubre de 1889) formó con textos escritos o recreados por él—, Martí rindió tributo a otros grandes exponentes de nuestra América. El primero de ellos fue el venezolano Simón Bolívar, el más ostensible maestro en su orientación, a quien asimiló como discípulo superador, y, en esa senda, el argentino José de San Martín y el mexicano Miguel Hidalgo. No es casual que Martí y Bolívar constituyan pilares en la visión histórica de Quesada Monge.

A lo largo de su obra, no fueron los únicos héroes, y heroínas, que Martí enalteció; pero al seleccionar esos tres ejemplos para ilustrar la pauta conceptual de La Edad de Oro, esbozó un programa axiológico, y dejó bien sentada su perspectiva: “Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales”. Buscaba contribuir a la preparación de las nuevas generaciones de esta área del mundo contra campañas ideológicas propaladas por quienes pretendían imponer ideas que les facilitaran acometer sus planes de dominación y saqueo.

El presente libro escruta las relaciones de poder, la opresión sufrida por sectores y por pueblos enteros, las contradicciones clasistas, embustes tan criminales como el racismo y la maquinaria montada para que unas naciones se presenten como superiores y llamadas a dominar —imponiendo su pretenso modelo de progreso— a las que en tal dinámica se ven condenadas como supuestamente inferiores. En todo ello, como verá quien lo lea, este libro rinde tributo de lealtad reflexiva a Bolívar y a Martí, y a la familia de libertadores nutridos de sus enseñanzas.

“Su temprano propósito antimperialista lo ratificó Martí en carta a su amigo mexicano Manuel Mercado el día antes de caer en esa contienda, que fundadamente el autor costarricense denomina Hispano-Antillano-Norteamericana (…)”.

En 1898, con su intervención en la contienda que Cuba libraba contra el ejército español, los agresores estadounidenses consiguieron lo que —erguido en el camino del Bolívar que en una carta célebre previó: “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”— Martí quiso impedir a tiempo: apoderarse de Cuba y de las Antillas en general, y lanzarse con esa fuerza más sobre nuestra América toda, en la búsqueda de romper para su beneficio de potencia entonces emergente el equilibrio del mundo.

Su temprano propósito antimperialista lo ratificó Martí en carta a su amigo mexicano Manuel Mercado el día antes de caer en esa contienda, que fundadamente el autor costarricense denomina Hispano-Antillano-Norteamericana, y podría haber sustituido Norteamericana por Estadounidense. Fue el comienzo de las guerras de rapiña que pasaron por dos grandes conflagraciones de alcance mundial y llegan a nuestros días en una historia que no cesa, y que, a diferencia de otros autores, relevantes incluso, Quesada Monge no ve con lentes eurocéntricos ni proyanquis.

Tal fue el camino —y el autor de este libro lo tiene en debida cuenta— que abrió para los Estados Unidos el avance hacia una hegemonía que hoy se le va negando, pero las fuerzas gobernantes de esa nación se empeñan en mantener a toda costa, valiéndose de acciones genocidas en distintas partes del planeta, que para ellas son “oscuros rincones”. Lo hacen con una desfachatez mediática sin precedentes en recursos, intensidad y eficacia, pero adelantada cuando menos, en lo más explícito, por aquel editor neoyorquino que en 1898 instruyó a su corresponsal en La Habana que pusiera la noticia, y su periódico fabricaría la guerra.

“Todavía hoy perduran juegos infantiles en que se guerrea contra los indios a quienes se debe matar, ‘porque son malos’. Tan perniciosa mistificación es ya un punto pálido comparada con las campañas (anti)culturales que se urden a golpe de farsas por la mayor potencia imperialista de la historia (…)”.

Todavía hoy perduran juegos infantiles en que se guerrea contra los indios a quienes se debe matar, “porque son malos”. Tan perniciosa mistificación es ya un punto pálido comparada con las campañas (anti)culturales que se urden a golpe de farsas por la mayor potencia imperialista de la historia y sus cómplices, para engañar al mundo y seguir sometiendo, saqueando y masacrando pueblos. Con semejante finalidad promueven el olvido de la historia, o que esta se vea como un mero simulacro, y difunden por todos los medios el antiheroísmo, salvo que se trate de “héroes” depredadores al servicio de sus tenebrosos planes, por lo que ya “no son héroes, sino criminales”.

No es un detalle menor el hecho de que los imperialistas se hayan apropiado —a veces, lamentablemente, con no poco éxito— de conceptos como humanitario, que califica hechos favorables al bien de la humanidad, pero la propaganda imperial ha convertido en rótulo para edulcorar sus actos ilegales y genocidas: desde monstruosos hechos de armas hasta el empleo de una pandemia que ha enlutado al mundo. De ahí el peso con que, pensando históricamente y sobre todo en la actualidad, Quesada Monge sostiene: “Los trabajos y los días del héroe revolucionario latinoamericano son de naturaleza antimperialista o no lo son”.

En esa naturaleza se ubica conscientemente un libro que bate lanzas en defensa de la violencia revolucionaria y el derecho a emplearla al servicio de la emancipación y la justicia, cuando el imperialismo —agente mayor de la violencia contra los pueblos— procura que todo acto de rebeldía contra sus propósitos, o inconvenientes para ellos, sea devaluado como terrorista, al igual que antes hizo, también dolosamente, con otros rótulos, revolucionario y comunista entre ellos. En su campo de estudio le otorga Quesada Monge su justo lugar, su importancia para el mundo, a un acontecimiento que el aparato propagandístico capitalista procura ignorar o satanizarlo a toda costa: la Revolución de Octubre de 1917.

Este libro bate lanzas en defensa de la violencia revolucionaria y el derecho a emplearla al servicio de la emancipación y la justicia. Imagen: Tomada de Bohemia

Y comoquiera que desde el título el autor advierte la importancia que con razón reconoce a la figura del héroe, procede apuntar que señala igualmente la importancia de “los quehaceres de grandes masas humanas”. Con esa clara visión rinde también tributo al Bolívar que supo movilizar a las amplias representaciones de pueblos por las que se vio rodeado y seguido, y al Martí que decidió echar su suerte “Con los pobres de la tierra”, como se lee en uno de los poemas de sus Versos sencillos (1891). En el discurso que, como parte de su labor revolucionaria en el destierro, leyó el 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino ante compatriotas emigrados, sostuvo: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”.

Todo lo hasta aquí dicho anuncia que se está ante una obra que aporta luz y podrá desatar polémicas, pero no pasar inadvertida. Muchos y sólidos son los méritos que le valdrán el aprecio del público lector y de la crítica especializada, y también el rechazo de quienes se verán sólidamente impugnados en sus páginas. Pero el prologuista se amarra las manos para no seguir insistiendo en los valores de esta nueva contribución del historiador Rodrigo Quesada Monge, y opta por lo más productivo y agradecible: dejar el descubrimiento o la ratificación del aprecio de esos valores a quienes disfrutarán y aprovecharán recorrer una obra de excelencia.

* Prólogo a Rodrigo Quesada Monge: Antiimperialismo. La tarea del héroe en Nuestra América. 1821-2021, 1ra. ed., Heredia, Costa Rica, Editorial Universidad Nacional (EUNA), Nadar Ediciones, 2025, 617 páginas.