A sus 63 años —los cumple este siete de mayo—, la trayectoria de Marta Bonet de la Cruz se reconoce por la coherencia y la capacidad de articular valores de la cultura cubana en ámbitos diversos. Esta habanera ha sorteado con probada destreza, acierto y dedicación, la musicología, la producción musical y el compromiso institucional como presidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

Quizás fue su formación en el Conservatorio Amadeo Roldán y en el Instituto Superior de Arte —donde se graduó en Musicología en 1987— lo que le propició las más sólidas herramientas para, no solo abordar la música desde la investigación rigurosa, sino además hacer que la comprensión de sus códigos y evoluciones dentro de la sociedad tuvieran una perspectiva más envuelta de raíces y fundamentos.

Lo ha demostrado ejerciendo la crítica musical, no desde la erudición y el tecnicismo, sino desde el mero y legítimo propósito comunicacional y divulgativo, con presencia en emisoras como Radio Rebelde, Radio Taíno y Radio Habana Cuba, sin olvidar que Habana Radio la convoca de manera regular en estos últimos tiempos; calando con sus comentarios en la sensibilidad de los oyentes que sintonizan cada emisión en busca de claridad y de alguien que contextualice la obra de los músicos dentro de procesos sociales más amplios.

“…ha sabido reconocer la importancia de la música popular como expresión de identidad, sin perder de vista la necesidad de rigor en la investigación y en la producción”.

Así la escuché por primera vez hace ya algunos años —allá por los 90—; y si hoy le reprocharía algo, sería no tenerla más en espacios de los mass media con esa mirada analítica de sólido argumento —falta de tiempo, lo sé—; la experta que nos seduce para que entendamos a la música como arte, y al mismo tiempo, como fenómeno cultural que refleja tensiones, valores y transformaciones de la sociedad cubana.

Pienso que su aporte más superlativo como musicóloga radica en la capacidad de situar la música en un entramado de significados que trascienden lo estético, y que permiten comprender la cultura como un sistema vivo. No es una casta, ni una heredad supuesta, ni una militancia, sino un fluir de espacios y condicionamientos que siempre sorben de algo verdadero y ancestral; así, la trova, el son y la música coral, han sido para ella géneros espejo de la idiosincrasia nacional.

En el ámbito discográfico, su paso por Bis Music y Producciones Colibrí marcó un momento de consolidación; ya sea impulsando proyectos que rescataron la memoria musical y promovieron nuevas voces, o demostrando que la producción fonográfica podía ser —y tenía que ser— también, un espacio de legitimación cultural; ayudándonos a entender que esta industria no es solo mercado, sino generadora del patrimonio de mañana. ¿Habrá contado Marta Bonet cuántos días —o años— deben pasar para que una novedad se convierta en un clásico?

Nadie duda que su trabajo se caracterizó por la búsqueda de equilibrio entre lo popular y lo académico, entre la preservación de la tradición y la apertura a propuestas contemporáneas; capacidad de mediación de la cual nunca le he visto presumir y que, sin embargo, es uno de sus rasgos más notables: Bonet ha sabido reconocer la importancia de la música popular como expresión de identidad, sin perder de vista la necesidad de rigor en la investigación y en la producción.

Asumir con responsabilidad la guía de una organización como la Uneac, que articula pensamiento y acción cultural, han hecho de su agenda como directiva mucho más que la defensa de los artistas y escritores en pos de políticas inclusivas y por la representación internacional de Cuba en escenarios culturales; dicho en otras palabras: la Bonet presidenta no ha ejercido la llamada jefatura de lisonja; su papel ha sido el de mediadora y gestora, consciente de los desafíos que enfrenta la cultura en tiempos de globalización y de cambios sociales, con desafíos imperialistas y tras un escenario de pandemia que movió, incluso, las fichas del gran juego cultural hegemónico.

“…los valores que definen a Marta Bonet son, en primerísima instancia, la fidelidad a la cultura cubana, sensibilidad y firmeza, capacidad de integrar lo más académico con lo más raigal, y la convicción de que su gran pasión, la música, es memoria y resistencia”.  

Por eso aprovecho que cumple 63 la nacida en el 63 —del siglo XX para que parezca más antaño—, para significar que los valores que definen a Marta Bonet son, en primerísima instancia, la fidelidad a la cultura cubana, sensibilidad y firmeza, capacidad de integrar lo más académico con lo más raigal, y la convicción de que su gran pasión, la música, es memoria y resistencia.

Desde la Uneac ha defendido la diversidad cultural y promovido estrategias que integran a escritores, artistas y músicos en un mismo proyecto nacional; no desde la obvia membresía, sino desde el apego a la circunstancia creativa, al derrotero de hoy; ya que, en tiempos de globalización, Bonet ha insistido en la necesidad de preservar la identidad cubana, lo cual no significa renunciar al diálogo con el mundo.

Contemporáneos suyos han destacado su capacidad de escucha y de conciliación. No se trata de una conducción vertical, sino de un cometido que busca integrar voces —homogéneas o no— y construir consensos; actitud que la ha convertido en referente dentro de la cultura contemporánea, y de paso, en ejemplo de cómo la sensibilidad artística puede traducirse en acción política e institucional, reafirmando la creencia en el futuro sin riesgo de traicionar el pasado.

Ahora bien, aunque parezca que opto por el simple elogio o peor, apología, considero que su quehacer en la Uneac, además de constituir la primera mujer en ocupar ese cargo, está hablando, más que todo, de su liderazgo cultural; sí, porque en los mismos predios por donde alguna vez transitó Nicolás Guillén con los desvelos de su tiempo, hoy Marta Bonet camina con los de este, lleno de complejidades otras.

Todo ello me hace preguntarme ¿Qué diría Nicolás, cuya alma dicen recorre la casa recitando versos mientras derrama de camisa en camisa todas las flores de abril —y de mayo, para Marta, por qué no—? ¿Qué diría su abuela al verla rodeada de los mismos sueños que la llevaron a tocar por primera vez las teclas de un piano anunciador de mucho más que música?

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