Dos perspectivas reclaman el desarrollo del libro electrónico en Cuba: una didáctica, relativa al proceso productivo editorial y otra comunicativa, vinculada a la práctica de la lectura en dispositivos para archivos digitales.

En el primer caso, el libro electrónico surge como una alternativa desconocida, inexplorada, dentro de un panorama editorial que se ha desarrollado en un nivel de alta y sostenida calidad desde que la Revolución transformó las esencias del libro en Cuba. Primero, por el número de casas y sellos editores, que sobrepasa los 190 a estas alturas. Segundo, por la alta producción de títulos de contenidos de valor cultural, con un promedio anual superior a los 25 000 títulos, en contraste con la industria global que privilegia el consumo masivo. Tercero, por la calidad de edición de cada una de esas publicaciones, incluidas las menos sofisticadas. Cuarto, por la demanda del ámbito lector, compuesto por generaciones formadas en un creciente hábito de lectura, de múltiples temas e intereses, incluidos los niveles científicos. Y quinto, por lo accesible del precio de esa vasta producción editorial, acorde con la política cultural de la Revolución cubana, que ha mantenido un criterio mayoritario de subsidio para favorecer la cultura general de toda la población.

El ecosistema editorial cubano ha sufrido el drástico impacto de los efectos del recrudecimiento del bloqueo, aunque, justo es resaltarlo, no se haya renunciado a su protección y desarrollo. La febril escalada de medidas coercitivas que Estados Unidos ha aplicado contra Cuba se inserta además en una crisis financiera global que está generando cambios estratégicos en la industria del libro en todo el orbe. Han decrecido las tiradas y han aumentado las ediciones, de modo que la impresión queda calculada casi a ritmo de demanda inmediata. Las nuevas tecnologías introducidas en el ámbito de la impresión del libro han ayudado a que estos cambios se produzcan sin llamar demasiado la atención, o sin demasiado aspaviento mediático, quizás a partir de estrategias de prudencia comercial de las industrias.

“La febril escalada de medidas coercitivas que Estados Unidos ha aplicado contra Cuba se inserta además en una crisis financiera global que está generando cambios estratégicos en la industria del libro en todo el orbe”.

El crecimiento progresivo del precio de la cartulina y el papel, junto con otros insumos, ha transformado también radicalmente la estrategia respecto a las tiradas y ediciones y ha permitido un proceso de expansión monopólica de grandes consorcios. Cualquier alternativa valiosa independiente se enfrenta a dos caminos posibles: contar con mecenazgo, o vender sus acciones a una de estas grandes empresas. También para esos consorcios el libro electrónico es desconocido, nuevo, inexplorado, y constituye un rubro en el que están investigando a fondo. No se les ha escapado que se trata de una práctica de muchas perspectivas comerciales que se ha puesto en uso práctico antes de que ellos tomen su control distributivo y sin que puedan evitar lo que califican como piratería.

La modalidad electrónica del libro aparece en Cuba de cara a la arraigada tradición editorial, masivamente defendida, que la Revolución ha mantenido. No es simple, por tanto, insertarla en los hábitos de lectura general, más si compite con una norma propagandística de posmodernidad apocalíptica que a la reversa de su propio estatuto, anuncia tanto la muerte del libro de la era Gutenberg como resalta una romántica nostalgia por el uso del objeto libro. Un objeto que en sí mismo ha evolucionado desde su puesta en uso en 1450, precisamente con la Biblia de Gutenberg. Compite además el libro electrónico cubano con el nefasto argumento de que debemos acudir a él por causa de las limitaciones económicas, como si fuese un mal al que tenemos que adaptarnos y no una perspectiva a futuro. Reacción un tanto análoga a lo que ocurrió con el libro que salía de las primeras imprentas.

En la esfera global, los defensores del soporte digital acuden a motivaciones ecológicas relacionadas con la materia prima del papel y de la cartulina, cuyas bases informacionales no dejan de ser ciertas. La producción de papel y cartulina, por ejemplo, se ha mantenido en un mismo estándar en los últimos quince años mientras su precio se ha multiplicado. Imprimir un libro hoy cuesta entre cinco y diez veces más que una década atrás. Como esas estadísticas son aún más alarmantes para una Cuba víctima de un cerco imperial y decidida a no renunciar a sus conquistas de emancipación cultural, a algunos les ha parecido adecuado acudir a este pretexto como una justa “defensa” del libro electrónico. A mi entender, la ingenuidad de este tipo de conducta termina produciendo anomia, o al menos enrarece el camino de progreso y desarrollo.

Las nuevas generaciones ven natural e imprescindible el uso de dispositivos digitales. Foto: Tomada de Cubahora

Los canales de intercambio de información y cultura han cambiado radicalmente en el siglo XXI y todo cuanto ocurre en materia de relaciones sociales se vincula, de un modo u otro, con instrumentos y redes digitales de consumo. Mientras los diarios y revistas de alta circulación de todo el mundo han reducido drásticamente sus tiradas, y no pocos han suspendido su edición impresa, ninguno ha renunciado a transmitir su información y lo han hecho, justamente, a través de la galaxia o universo web. El consumo de información depende hoy de formatos electrónicos, a través de internet, no solo a causa de los efectos negativos que ha recibido la economía del libro impreso, sino por dos fundamentales motivos: primero, la capacidad de expansión e inmediatez que se puede alcanzar con un producto digital, y segundo, porque las nuevas generaciones ven natural e imprescindible el uso de dispositivos digitales.

El libro electrónico es, por propio derecho, un fenómeno ineludible para el panorama inmediato de nuestra cultura. Es cierto que aún se encuentra en etapa de mojar pañales, pero la criatura ha de crecer en la medida en que logre reajustar su proceso productivo y se haga más acorde con el ecosistema que lo socializa.

Desde que la Revolución llevara a cabo su primera Campaña nacional por la lectura, cuya dirección fue encargada nada menos que a Alejo Carpentier, ha estado siempre al alcance de lectores y lectoras cubanos, en todos los ámbitos de edades y motivaciones, un libro de alto valor en contenido y profesionales niveles de edición. El golpe que esa industria editorial revolucionaria asestó a la industria masiva y alienante, fue radical y eficiente, tanto, que sigue primando hoy la calidad de contenido y la profesionalidad editorial en la exigencia del consumo del libro. No tiene por qué ser diferente con respecto al libro electrónico, que ni es experimento, demonio contaminante o depredador de tradiciones de lectura. Llega a nosotros como una oportunidad de ampliar inusitadamente la socialización de la cultura, para democratizarla aún más, lo que se imbrica con el proceso de democratización de la cultura que está en las bases de la política cultural revolucionaria desde aquellos fundacionales momentos en que Fidel escuchara a los intelectuales y se pronunciara al respecto.

La dirección de la primera campaña nacional por la lectura fue encargada nada menos que a Alejo Carpentier. Foto: Tomada de la página web de la Biblioteca Nacional José Martí

Si mañana aparece una materia prima inagotable para la impresión del libro, incluidas la prensa y las revistas, la modalidad electrónica no perdería su creciente demanda ni mucho menos su capacidad de evolucionar. Nada me tiembla el pulso para asegurarlo, aunque de momento este aserto parezca más profético que científico. No obstante, conclusiones recientes de una encuesta de CONECTA en España aseguran que el aumento de la lectura digital en los últimos años no ha generado un crecimiento proporcional en la lectura total, lo que sugiere que la lectura digital y en formato papel conviven de manera complementaria. La media de lectura anual de los que leen en digital es, según esta misma encuesta, superior a los que leen en papel (14 libros/año). Las estadísticas demuestran también que el comercio del libro electrónico se ha comportado en crecimiento en los últimos años y ha conseguido duplicar las cifras de setenta millones de euros que mostraban en 2010.

Estamos, como ya lo planteaba, ante una doble dirección de retos: dotar al libro electrónico de todo lo alcanzado por nuestra tradición editorial, e incorporarle sus nuevas posibilidades, muchas de ellas aun inexploradas, para convertirlo en objeto de demanda de la población. Si bien ni uno ni otro se hallan cerca del avance que necesitamos, tampoco están dejados de la mano ni son víctimas de apocalípticas posturas conformistas. Como una estrategia de diálogo e interacción con el desconocimiento de base, y los prejuicios de fondo, el Programa de Desarrollo del Libro Electrónico en Cuba ha puesto en práctica un proyecto de capacitación didáctica y monitoreo que ya empieza a arrojar parciales mejorías. A través de la Cámara Cubana del Libro, también el ICL se ha incorporado a la búsqueda de mejores resultados en el imprescindible reto de su socialización. Criaturas en pañales llamadas a crecer con rapidez.

“El libro electrónico es, por propio derecho, un fenómeno ineludible para el panorama inmediato de nuestra cultura”.

Por lo pronto, el libro electrónico cubano necesita asimilar las nuevas formas que el proceso productivo exige, tal como lo ha hecho sistemáticamente con el libro Gutenberg. Le urge además comunicarse con el universo de demanda, ese lector amplio y masivo que en la modalidad electrónica consume hoy mucho más el producto extranjero que el que nosotros publicamos. Las cifras de venta del sistema del libro electrónico cubano a las que he tenido acceso en los últimos años, son poco menos que ridículas y ni siquiera se acercan a lo que podría generar un modesto proyecto independiente, destinado a ahogarse si no le aparecen oportunos mecenazgos, o a ser adquirido por uno de los grandes consorcios.

En 2024, solo el 33% de las editoriales cubanas, o sea, 64 de las más de 190, produjeron libros electrónicos en formato EPub. Fueron apenas 668. La mayoría de lo que se inscribió en el registro del ISBN en ese año corresponde al formato PDF, lo cual se halla cada vez más fuera del interés de la industria del libro global por las dificultades que presenta para adaptarse a los diferentes dispositivos de lectura y lo complejo que se le hace al usuario navegar por el libro e interactuar con él.

En 2025 los libros electrónicos inscritos en el registro del ISBN llegaron apenas a los 760, cuya cifra de títulos en formato EPub disminuyó a 246 mientras que los formateados en PDF decrecieron a 461. No es muy optimista comprobar que así ha ocurrido. La calidad editorial de esos libros, revisada sistemática y minuciosamente por el PDLEC, ha mejorado parcial, discretamente, y ya se puede hallar alguna que otra buena práctica en ese aspecto. Las ventas, por su parte, son bajas, muy lejanas aún de las de la tradición del libro impreso. Este fenómeno, con sus relativos cambios, se aprecia también en el panorama de la industria del libro a nivel global, concentrado en conseguir un producto aplicable tanto a sistemas de Windows como a los de Androide, para facilitar el acto de leer y evitar que ese libro presente un rosario de defectos a la hora de llevarlos a los múltiples tipos de dispositivos que existen. Son dos cuestiones esenciales a tener en cuenta de cara al futuro de libro electrónico: sistemas operativos de programación y diseño del producto, y dispositivos en los que se ejecutan las aplicaciones y programas informáticos que facilitan la lectura.

“Para nuestro panorama cubano, tan incipiente y paradójicamente en desarrollo, las búsquedas deben ir más allá de si se lee más o mejor en computadora, Tablet, lector electrónico o teléfono móvil, y centrarse en los gustos y modos de recepción de los destinatarios”.

Los grandes grupos de distribución del libro electrónico han privilegiado la venta unitaria mientras que pequeñas y medianas editoriales han acudido a una estrategia de distribución multiplataforma que equilibra los resultados de todos los canales. Los servicios bibliotecarios han empezado a contribuir también al crecimiento de los libros electrónicos mediante proyectos de préstamo a través de bibliotecas públicas, institucionales, escolares y privadas o corporativas.

Para nuestro panorama cubano, tan incipiente y paradójicamente en desarrollo, las búsquedas deben ir más allá de si se lee más o mejor en computadora, Tablet, lector electrónico o teléfono móvil, y centrarse en los gustos y modos de recepción de los destinatarios. Las condiciones del universo cubano de lectura son excepcionales y necesitan recibir un impacto importante de la modalidad electrónica. No es fácil, por supuesto, si buena parte de nuestros autores, editores y promotores se comportan como los tejedores de Silesia y denigran a la máquina, o a los dispositivos de lectura, a cuyas múltiples posibilidades de beneficio se resisten.

Las condiciones del universo cubano de lectura son excepcionales y necesitan recibir un impacto importante de la modalidad electrónica. Foto: Tomada de Prensa Latina

Además de los elementos que he relacionado anteriormente, la transformación digital en nuestro panorama muestra como positivo que ya haya echado a andar, a pasitos de bebé, es cierto, pero con el propósito claro de superar ese nivel elemental en que se encuentra. Superar el prejuicio apocalíptico de la suplantación del libro de la era Gutenberg y asumir el hecho de que estamos ante un panorama nuevo, con esenciales diferencias, independiente pero no en contradicción con la tradición precedente, es un imperativo, no una opción, aunque muchos, en su albedrío personal, tomen de bandera el prejuicio y se atrincheren.

El individuo, por supuesto, tiene derecho a confinarse en lo viejo y renunciar al cambio. Pero la institucionalidad que responde a la política cultural de la Revolución cubana, cuya coherencia educativa y cultural no pueden estar en cuestionamiento bajo ninguna circunstancia, sí está llamada a jugar un papel fundamental. le corresponde asumir el reto y exigirse resultados concretos. De su eficiencia y comprensión del panorama emergente dependerán los niveles de avance y desarrollo que tendría la inevitable transformación que de cara al futuro —inmediato— el libro electrónico nos está exigiendo ya.

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