La idea fue de Víctor. Si bien es cierto que Hilda y Fefa apoyaron su propuesta, también es verdad que Brígida Sepúlveda y Cándida, con su candidez habitual, se mantuvieron escépticas. Yo, María E, expresé mis dudas, aunque me pareció buena la iniciativa.

El plan ideado por Víctor, consistente básicamente en técnicas de sobrevivencia, enseguida fue bautizado como plan Cocumello, cuestión que despertó de inmediato inconformidad de Sepúlveda, bajo el pretexto de que nadie entendería jamás semejante nombre.

Víctor, con su calma y su paquete de maní de siempre, tuvo que explicar en detalle en qué consistía su propuesta:

“Visto lo visto y de acuerdo con nuestras condiciones actuales”, dijo, “queridas y respetadas compañeras, debemos estudiar, aprender y llevar a vías de efecto diferentes técnicas de sobrevida, en aras de lograr cierta y determinada adaptación al medio, como hicieron nuestros antepasados frente a situaciones de adversidad, como por ejemplo…”

“!Alto ahí”, dijo Brígida. “Víctor, por favor, deja a un lado tu retórica manisera, que ahora mismo no le interesa ni al último guanajatabeye que debe vivir en lo último de Baracoa. Explica tu plan con nombre de cultura azteca de una vez”.

“‘Al grano, al grano’, dijeron a coro Cándida y Brígida. ‘Dentro de poco se irá la luz y tenemos que conseguir agua de la otra esquina, así que dínos de una vez qué te traes entre manos, además de los granos de maní que forman parte de tu atuendo’”.

“Bien. Paso a lo concreto entonces”, aceptó Víctor. “Visto lo visto y de acuerdo…”

“Al grano, al grano”, dijeron a coro Cándida y Brígida. “Dentro de poco se irá la luz y tenemos que conseguir agua de la otra esquina, así que dínos de una vez qué te traes entre manos, además de los granos de maní que forman parte de tu atuendo”.

“Precisamente”, acotó Víctor, “precisamente de eso quiero hablarles. Ya los apagones no duran veinte horas sino cuarenta, y el agua no llega a nuestras casas cada cuatro días sino cada veinte, con lo cual debemos aprender a vivir sin estos elementos. Por ejemplo, podemos estudiar, aprender y llevar a vías de efecto lo que he dado en llamar la cocuyización, o sea, adaptar nuestros sentidos como mismo hacen los cocuyos. Estos animales, también llamados tagüinche o tucu tucu, tienen como característica principal la luz que emiten, conocida como bioluminiscencia, y que brota de dos puntos cerca del pronoto. El pronoto, a su vez…”

“Un momento”, pidió Fefa. “¿Nos estás diciendo que ahora debemos generar luz por la cabeza? ¿Ustedes entendieron lo mismo, o estoy delirando ya?”, dijo Fefa dirigiéndose a las mujeres que escuchábamos, entre atónitas y estupefactas.

“Déjenme terminar, por favor”, dijo Víctor masticando cinco maníes a la vez. “El otro aspecto a tener en cuenta visto lo visto y de acuerdo con nuestras condiciones actuales es la impostergable necesidad de una camellización. Los camellos, también llamados los barcos del desierto, poseen la habilidad de transportar grandes cargas sin necesidad de agua hasta un máximo de cuarenta días. Si tenemos en cuenta que un cocuyo vive aproximadamente tres años, más los cuarenta días sin agua de un camello, y aprendemos a comportarnos como ellos, tendremos resuelto nuestro problema. ¿No les parece?”

“… Hablando en plata, la única opción que se me ocurre es echar mano a nuestra luz interior, a la imaginación y al convencimiento de que no hay mal que dure cien años”.

Yo, María E expresé mis dudas, no obstante interesarme la propuesta. Efectivamente, si fuéramos capaces de generar luminiscencia y de vivir más de un mes sin agua, ya nos parecería más soportable visto lo visto y nuestras condiciones actuales. Eso dije, segundos antes de que Cándida me sacudiera por los hombros gritándome: “¿Tú te estás escuchando, por el amor de Dios?”

“No os dejéis provocar, mantened la calma”, terció Hilda. “Aún no tenemos todos los elementos que Víctor posee en mente. Dejemos que concluya su exposición, porque visto lo visto, y dadas las condiciones actuales…”

“Ya yo no veo nada”, dijo Brígida, “y no pienso ponerme a generar luz desde mi hipotálamo ni tampoco estoy dispuesta a tener dos jorobas en mi espalda. Un poquito de cordura, por favor”.

“Ay, la impaciencia femenina, la impaciencia femenina”, dijo Víctor sonriendo. “Todavía no me han permitido expresar mi plan. Déjenme terminar el cucurucho de maní y enseguida les explico”.

“En lo personal sugiero establecer rutinas como cocinar cada tres días, bañarnos cada dos y alumbrarnos con velas diariamente”.

“Esto es una barbaridad”, dijo Sepúlveda. “Ni prendiendo candela a mi pelo soy capaz de alumbrar nada, y tampoco con dos bolsas de agua en la espalda voy a resolver la rotura de la Cuenca Sur, la del Norte o lo que sea que no funciona. Además, sigo sin entender qué significa la locura esa del Cocumello que dice el mayor comedor de maní que conocemos”.

“Ahí quería llegar”, dijo el aludido. “Como resulta muy engorroso por no decir imposible que alguno de nosotros tenga luz pero no agua, o viceversa, y/o que tenga agua pero no luz, se me ha ocurrido un plan, un método, una guía que incluya el aprendizaje de cómo ser cocuyo y camello a la vez, pero como resulta tan difícil pronunciar camellización y cocuyización, nada mejor que nombrar una especie de maestría a la que llamaremos Cocumello. Ya he hablado con un entomólogo, con dos biólogos, con tres ingenieros hidráulicos y con cuatro psiquiatras expertos en multiplicidad de personalidades que están dispuestos a impartirnos las respectivas clases. ¿Qué opinan, estimadas y respetadas?”

“Una barbaridad, un horror”, dijo Brígida. “Bueno es lo bueno, pero no lo demasiado. Me sacan de ese potaje, por favor y con permiso me retiro, que debo poner a recargar mi ventilador y cargar dos cubos de agua. Buenas tardes”.

“Espérame”, dijo Cándida. “Me voy contigo. Solo de imaginarme escupiendo luces por el centro de la cabeza y/o con dos maletas de agua en la espalda, me siento un bicho raro. Vámonos, querida”.

Fefa, Hilda y yo nos quedamos. Víctor expuso paso a paso cómo, cuándo y dónde comenzarían las clases de la maestría Cocumello. Todo iba más o menos bien, hasta que primero Hilda y luego Fefa plantearon un nuevo problema, un escollo no contemplado en el plan del manisero: El gas. Porque, argumenté yo uniéndome al planteo, el Cocumello es la unión de cocuyo con camello pero debe valorarse que puede ser gasificado o no, y a su vez, el gas o mejor dicho su falta también debe subdividirse en gas licuado o gas de la calle, con lo cual sería Cocumello gasificado y Cocumello no gasificado, y también (continué) con o sin gas licuado y con o sin gas de la calle. ¿Qué dices a eso, Víctor?

“Que visto lo visto, y teniendo en cuenta las condiciones actuales, ya esto es mucho con demasiado”, respondió súbitamente desanimado. “Según los estudios que hice antes de esbozar el plan Cocumello, es posible asearse con solo un litro de agua, y también es posible emitir cierta luz utilizando carbón activado y sales de sulfuro en la piel, pero francamente ya lo del gas escapa de mis manos. No se puede, de verdad no se puede. Hablando en plata, la única opción que se me ocurre es echar mano a nuestra luz interior, a la imaginación y al convencimiento de que no hay mal que dure cien años”.

“Ni cuerpo que lo resista”, añadimos Fefa, Hilda y yo, dando por concluida la reunión. En la despedida se nos ocurrió apostar qué se resolvería primero: el gas, el agua o la electricidad, hasta que caímos en cuenta de que todo está indisolublemente ligado. En lo personal sugiero establecer rutinas como cocinar cada tres días, bañarnos cada dos y alumbrarnos con velas diariamente. Rutinas estrambóticas que nos permitan sortear las condiciones actuales, visto lo visto. Y conjugar el nuevo verbo de manera que sea yo cocumello, tú cocumellas, ellos cocumellan y etc. No sé, digo yo…