Hace 21 años, Estudio Teatral Macubá estrenó Mamarrachos como regalo escénico por el aniversario 500 de la fundación de la villa de Santiago de Cuba. Más de dos décadas después, la obra regresa a las tablas no para repetir aquella experiencia, sino para revisarla desde otro tiempo, con nuevos intérpretes, otras preguntas y una ciudad que continúa encontrando en el carnaval una de sus formas más profundas de reconocerse.

La nueva puesta parte del texto original y conserva sus principales núcleos dramáticos, pero Fátima Patterson, Premio Nacional de Teatro 2017, vuelve sobre ellos con la mirada puesta en el presente. El resultado propone un diálogo entre épocas en el que la historia de Santiago de Cuba, sus fiestas populares y sus personajes se convierten en materia teatral para hablar también de identidad, censura, memoria, prejuicios, poder y resistencia cultural.

En el centro de la obra permanece una interrogante: ¿qué ocurre cuando las estructuras de poder intentan regular las formas en que un pueblo celebra, se representa y se reconoce?

En la obra, la historia de Santiago de Cuba, sus fiestas populares y sus personajes se convierten en materia teatral para hablar de identidad, censura, memoria, prejuicios, poder y resistencia cultural.

La pregunta encuentra sus antecedentes en las celebraciones de los días 24, 25 y 26 de julio en las calles santiagueras, donde los africanos y sus descendientes desarrollaron manifestaciones de carácter cómico y dramático inspiradas, en buena medida, en el teatro clásico español.

Aquellas expresiones populares fueron objeto de prohibiciones durante diferentes momentos de la historia colonial y republicana. En ese conflicto encuentra Mamarrachos uno de sus principales resortes dramáticos: la tensión entre una autoridad que pretende ordenar la fiesta y una comunidad que convierte la celebración en espacio de expresión, pertenencia y reconocimiento colectivo.

La obra acierta cuando permite que ese conflicto aparezca desde el propio lenguaje carnavalesco. La risa, la exageración, el juego y la irreverencia no funcionan únicamente como recursos para provocar al público. Son parte de una lógica escénica que devuelve al carnaval su capacidad de representación social. 

Patterson construye una puesta marcada por el exceso. Vestuarios estrafalarios y estandartes coloridos adquieren una función que trasciende lo ornamental.

En ese universo, lo festivo convive con lo político y lo popular con lo teatral. Detrás de los personajes y las situaciones cómicas aparecen preguntas sobre la identidad, los prejuicios, las desigualdades y la necesidad de preservar aquello que el pueblo reconoce como suyo.

Patterson aprovecha esa naturaleza carnavalesca para construir una puesta marcada por el exceso. Vestuarios estrafalarios y estandartes coloridos adquieren una función que trasciende lo ornamental y contribuyen a recuperar la teatralidad popular que sostiene el universo de la obra.

La narración oral, el humor, la exageración y el juego escénico dialogan con una tradición en la que la calle puede convertirse en escenario y el espectáculo, en espejo de la sociedad.

Por eso esta reposición no busca reproducir mecánicamente aquella primera experiencia. El libreto original funciona como punto de partida para interrogar las circunstancias actuales y establecer conexiones entre conflictos de otros tiempos y preocupaciones que todavía atraviesan la vida social.

La continuidad alcanza también al elenco. Actores que participaron en el estreno de 2005 comparten escena con intérpretes de generaciones más recientes.

Ese desplazamiento entre pasado y presente constituye uno de los mayores desafíos de la propuesta, pero también una de sus posibilidades más interesantes: recuperar una historia sin convertirla en una pieza inmóvil.

La continuidad alcanza también al elenco. Actores que participaron en el estreno de 2005 vuelven a compartir escena con intérpretes de generaciones más recientes, algunos de ellos formados en la Unidad Artístico Docente de Macubá. 

La obra puede leerse como una mirada al carnaval, pero también como una reflexión sobre el propio teatro y su capacidad para conservar la memoria sin quedar atrapado en ella.

En ese sentido, Macubá, camino a sus 35 años de fundado, en mayo de 2027, vuelve a una historia que le pertenece, que se inscribe en la concepción de un teatro próximo a su comunidad, alimentado por ella y dispuesto a devolverle una imagen, a veces festiva, a veces incómoda, pero siempre reconocible, de sí misma.

Mamarrachos regresa, entonces, al escenario y al carnaval. Pero, sobre todo, regresa a la memoria.