Adolfo Guzmán, entre los grandes de la canción cubana
Cuando Adolfo Guzmán se sentaba al piano podía usted esperar que lograra de él cualquier cosa: desde extraerle sus más bellas sonoridades, musicalizar un poema, componer una canción o acompañar a un intérprete vocal, hasta verlo adentrarse en sus complejidades mecánicas y afinarlo cual el mejor de los operarios.
Para Adolfo Guzmán, el piano no guardaba secretos. Sentarse al teclado constituía uno de los placeres de su vida, como pudiera serlo compartir con la gran familia que creó, de cinco hijos y su esposa Ligia Piantini.
Su trayectoria de músico competente y de ciudadano ejemplar le ganó la admiración de cuantos lo conocieron. Por ello, cuando en 1978, dos años después de su muerte, el ICR celebró su primer Concurso Anual de Música Cubana, lo denominó Adolfo Guzmán, sin que tal decisión, en una tierra de tan buenos compositores como lo es Cuba, fuera considerada arbitraria ni azarosa, sino justo reconocimiento a la obra de un músico integral.
Aquellos certámenes pronto ganaron el favor del público que, con esa manera tan nuestra de abreviar, los identificaba simplemente como “el Concurso Guzmán”, o mejor aún, “el Guzmán”. Ciertamente, el maestro vivía, pese a la muerte física, sus mejores días.
El proyecto, a todas luces agotado al cabo de una década, terminó por disolverse y a partir de entonces sumergió en relativa calma, quizá hasta un poco de olvido, el nombre de Guzmán, como si su memoria dependiera de los aciertos y desaciertos de una veleidosa competición.

Adolfo Guzmán es uno de los genuinos valores de la canción cubana y su desempeño musical abarcó diversas aristas, las cuales aquí esbozaremos.
Sus inicios fueron como pianista acompañante de Florito Costa, en 1936, fecha en que contaba solo 16 años. Aquella resultó su primera incursión pública —radial— ante el teclado, como integrante del Dúo Ideal, donde permaneció algunos meses, hasta que Florito, el cantante, decidió buscar mejor fortuna en tierras de Venezuela.
Luego llegaron Los Románticos Gauchos, con su repertorio de tangos, dos bandoneones, dos violines, un pianista, un bajista y un cantante. En Cuba, el pianista se separó y hubo necesidad de buscar a otro.
Ricardo Dantés, el gran actor, entonces peruano y uno de sus integrantes, se encargó de localizar a un joven pianista de quien le hablaron y que residía en el barrio de Santos Suárez, donde había nacido el 13 de mayo de 1920. No era otro que Adolfo Guzmán. Dantés se sorprendió de la estupenda memoria de aquel muchacho y de lo bien que leía las partituras a primera vista. Devinieron grandes amigos.
Dantés, ya fallecido, contó mucho después a este redactor que “una tarde nos quedamos Guzmán y yo en la emisora RHC Cadena Azul. Ya habíamos terminado y él se puso a improvisar al piano. Luego llegó Luis Vilardel, abogado y poeta, lo oyó tocar y le dijo: ‘Espérate, que te voy a traer un poema para que le pongas música’. Fue, se lo trajo y Adolfo lo leyó, empezó a tocar y le puso la música al momento. Como aquello no parecía posible a Vilardel, le trajo un libro de poesías, lo abrió por una página cualquiera y se lo puso delante a Adolfo, quien lo leyó por arriba y repitió la operación de musicalizarlo”.
La anécdota, real por supuesto, ilustra acerca del talento tempranero de Guzmán y de lo provechosas que le resultaron las lecciones recibidas en la infancia y adolescencia en el conservatorio del profesor Alberto Falcón.

Sin embargo, puede asegurarse que es a partir de su entrada en la emisora Mil Diez, del Partido Socialista Popular, cuando se produce un verdadero despegue y lucimiento de las facultades de Guzmán, tanto dentro de la ejecución pianística como en la conducción orquestal.
Guzmán fue nombrado director musical de la emisora y con su “orquesta de tangos” acompañó a varios cantantes célebres argentinos que visitaron el país.
En Mil Diez aportó y aprendió. Fue para él una época de trabajo intenso y de creación, en que la presencia, como compañeros de trabajo, de músicos notables —Antonio Arcaño y su Orquesta Radiofónica, los maestros Enrique González Mantici y Félix Guerrero, entre otros— dejó huella en el quehacer futuro del artista.
Del prestigio que ya gozaba Guzmán da cuenta un hecho significativo: cuando en 1948 se inauguró el teatro Warner, hoy Yara, de la populosa esquina de L y 23, en El Vedado, le entregaron la batuta para dirigir la orquesta y allí se estableció como director musical.
La irrupción de la televisión, dos años después, le abrió nuevas posibilidades como director, orquestador y pianista acompañante.
Frecuente resultó verlo en el Álbum Phillips de la televisión. En el decenio del 50 llegó a ser uno de los directores de la Orquesta de CMBF Canal 4, dirigió igualmente la Riverside y trabajó mucho en las orquestas de diferentes centros nocturnos.
Insospechada es la energía de que da muestras a partir de 1959, cuando ocupa diversas responsabilidades. Junto a Isolina Carrillo participó de la creación del Coro Gigante de la CTC Nacional y presidió el Instituto Cubano de Derechos Musicales, en cuya condición viajó por Europa.
En Álbum de Cuba, programa del que fue director musical por varios años, aún muchos lo recuerdan, acompañando al piano a Esther Borja, o tocando junto al maestro Frank Emilio Flyn, gran amigo suyo, en El piano, por el Canal 6.
Nunca se cansó Guzmán de ofrecer sus conocimientos en jurados de festivales de música, ni en las comisiones de evaluaciones técnicas del ICR; impartió un curso para jóvenes directores de orquesta, junto al maestro Roberto Valdés Arnau.
Dirigió además la orquesta del Teatro Musical de La Habana, asesoró musicalmente al cuarteto Los Modernistas, participó de la delegación cubana a la Expo Mundial de Montreal ’67. Compuso música para el teatro, para ballets, para series televisivas, hizo arreglos para interpretaciones corales…
Se afirmaba que no sabía decir no. Y como tal entrega al trabajo no podía pasar inadvertida, se le confirió la Orden Raúl Gómez García por sus treinta años de servicio en el sector artístico y en 1976, poco antes de morir el 30 de julio de aquel año, la Orden de Héroe Nacional del Trabajo.
“(…) con Guzmán la canción alcanza un vuelo que la distingue por su elevado nivel melódico, la elegancia del texto, el cuidadoso trabajo armónico, la elaboración, en fin, de todos sus componentes”.
Deliberadamente para el final, hemos dejado el análisis, siquiera sucinto, del quehacer de Adolfo Guzmán como compositor de canciones, orquestador y director.
En la primera de las facetas, la de compositor, “No puedo ser feliz”, de 1954;“Profecía”, un año después; “Libre de pecado”, de 1958; “Es tan fácil mentir”, de 1962 y “Te espero en la eternidad”, de 1963 son muestras antológicas de la cancionística cubana de todos los tiempos y alcanzaron enorme difusión en las voces de importantes intérpretes: Bola de Nieve, Esther Borja, Rosita Fornés, Elena Burke, Omara Portuondo, Ramón Calzadilla, María Remolá, Gina León, Farah María, Marta Justiniani y varios más.
En verdad, con Guzmán la canción alcanza un vuelo que la distingue por su elevado nivel melódico, la elegancia del texto, el cuidadoso trabajo armónico, la elaboración, en fin, de todos sus componentes.
“Guzmán tomó ─son palabras de la musicóloga María Teresa Linares─, los elementos de la canción lírica tradicional y los actualizó. Sus canciones requieren una voz de gran extensión, de ahí que su producción encaje dentro del estilo de la canción de concierto”.
“Arreglista fabuloso” lo consideró Esther Borja. Poseedor de un oído extraordinariamente bien dotado para la identificación de los sonidos (un oído absoluto, en opinión de los especialistas), y con un sentido brillante para la colocación de los instrumentos, Guzmán reveló concepciones modernas acerca de la instrumentación y patentizó un buen gusto inobjetable.
Hombre comprensivo, de carácter afable, quienes fueron dirigidos por él concuerdan en recordarlo como un director exigente para consigo y los demás, respetado por la totalidad de los integrantes de su orquesta.
Quizá no sea dato muy conocido que el maestro estuvo vinculado con el movimiento del filin desde sus propios inicios en el decenio del 40 y que lo unió amistad con más de uno de aquellos filineros fundadores —Luis Yáñez, Frank Emilio Flyn, amén de las cancioneras Elena Burke, Omara Portuondo y otros— en relación de interacción y mutuo enriquecimiento.
Adolfo Guzmán compuso algún que otro vals, tangos, himnos, marchas, dejó dos conciertos, pero fue en la canción donde quedó su impronta, por cierto, indeleble.

