Cuando en el verano de 1990 comencé a trabajar en la Biblioteca Nacional José Martí (por primera vez), me encontré con un nutrido grupo de trabajadores que me acogieron con cordialidad. Entre ellos y otras personas que visitaban con frecuencia la institución como Sidroc Ramos, Fina y Cintio, Eliseo Diego, etc., y con los que charlé a menudo, Araceli García Carranza sobresalió por el trato generoso. Allí, en su cubículo, comencé a tener prolongadas conversaciones sobre distintos temas, casi siempre culturales. Fue, a la par, un descubrimiento y un oasis. Ese pequeño espacio se convirtió rápidamente en uno de mis lugares preferidos de la silenciosa biblioteca. Gradualmente, en la medida en que fui entendiendo la dinámica de la institución, y que fui conociendo su historia y a sus trabajadores, me percaté de que Araceli era algo especial en medio de un centro de trabajo que parecía ser como otro cualquiera, pero que realmente no lo era, se trataba de un colectivo muy singular (al menos hace más de treinta años era así) y ella era la distinción misma dentro de esa singularidad. No estoy mitificando a esta dama de nuestra cultura, eso apenas comienza, solo estoy evocando impresiones que se anidaron en mi memoria. De manera que entrar a su cubículo y entablar una conversación con ella, se convirtió para mí en un estímulo más, quizás uno de los más fuertes, de mi estancia por tres años en la BN a inicios de los noventa del pasado siglo.

Mi trabajo en el entonces Departamento de Publicaciones y Conservación me permitía las escapadas al segundo piso y conversar con Araceli. Fue toda una escuela para mí. Con ella, los temas eran muy variados, aunque nos unió uno en particular, la Revista de la Biblioteca Nacional. La centenaria revista era, y ahora de nuevo lo fue, una obsesión para nosotros. Ambos sabíamos que era un tesoro de nuestra cultura y que había que protegerla y continuarla cada vez mejor.

“En Araceli entregarse a la ayuda y cooperación de cualquier necesitado es su estado natural”.

¿Qué es lo que ha aportado Araceli a nuestra cultura? En primer lugar, su erudición, el acumular conocimientos durante casi casi seis décadas y media de trabajo y hacerlo con gran talento, permite dominar cualquier actividad de manera absoluta; y Araceli es, desde hace años, nuestra primera bibliógrafa. Ella ha hecho de la investigación bibliográfica una escuela. El saldo de su trabajo bibliográfico es inconmensurable y no lo voy a repetir ahora, pero está a la altura de los más grandes, Antonio Bachiller y Morales y Carlos Trélles, ella pertenece a esa elevada alcurnia de nuestra bibliografía, Araceli fue su auténtica continuadora. Las bibliografías de los hechos de nuestra historia y la de nuestros principales intelectuales han sido realizadas o supervisados por ella, a veces de conjunto con su hermana Josefina, lamentablemente fallecida hace dos décadas.

En segundo lugar, su voluntad de servicio a los demás. En Araceli entregarse a la ayuda y cooperación de cualquier necesitado es su estado natural.  Atendió a miles de usuarios, no importaba que fuera un gran escritor o un simple estudiante de pregrado, su sonrisa natural y el consejo preciso no estaban en disputa, eran para todos.

En tercer término, su decencia. Si me lo permiten, insisto y lo repito: decencia. Sé que es un valor que anda cuesta abajo en nuestra sociedad, en desuso digamos, pero que en ella fue naturaleza. Y en cuarto lugar, el sentido que Araceli poseyó de la función de las bibliotecas, algo que aprendió tempranamente con el magisterio de María Teresa Freyre de Andrade y que lo asumió como una divisa de trabajo, la biblioteca como centro irradiador de cultura. De manera que ella se convirtió, sin quererlo, ni pedirlo, en una consultora de gran experticia que los directores que han pasado por la BN tuvieron siempre a la mano (sólo que pienso que no todos la escucharon con la misma atención).

Por último, deseo ponderar su coraje. Para nadie es un secreto que la pérdida de Julito, su esposo de toda la vida, fue un mazazo, un golpe muy fuerte, de esos que habló César Vallejo en Los heraldos negros. Cualquiera hubiese entendido en ese dramático minuto que era lógico la llegada del momento de la jubilación para Araceli. Más no fue así. Ella decidió, para bien de todos, que seguiría trabajando, sencilla y sostenidamente, en su cubículo. Después de sesenta y cuatro años de trabajo ininterrumpido en la BN, cumplidos el pasado domingo 1ro de febrero, hace solo tres días, ahí la tuvimos, como siempre, presta para aclarar una duda, indicar un libro, un periódico o un autor, suavemente, con delicadeza y educación, en fin, presta para servir, para ayudar. No sería posible contabilizar los especialistas extranjeros y cubanos, personalidades, simples estudiantes, representantes de organismos e investigadores que han sido atendidos por nuestra querida amiga a lo largo de casi seis décadas; sin embargo, estoy seguro de que cada una de esas personas sí la recuerdan a ella y su generosidad en el servicio.

“En la cubanía espesa de Araceli cabe lo universal, desde luego, pero el tronco, como pedía el Maestro, era el de la república o la patria”.

Martiana hasta la médula de sus huesos, patriota convencida, Araceli fue una persona que apeló a los valores humanos y humanistas más puros. José Martí puede ser una guía segura para el cubano digno y amante de su patria y Araceli fue una buena muestra de ello. En la cubanía espesa de Araceli cabe lo universal, desde luego, pero el tronco, como pedía el Maestro, era el de la república o la patria. ¿Qué aspecto esencial de la cultura del mundo no estaría comprendido ya en las obras de Martí, Lezama, Ramiro Guerra, Carpentier, Cintio, Leal o Roberto? Creo que pocos. Esa es la vertiente cultural a la que Araceli se aferró desde siempre y eso es, sin duda alguna, la cubanía o lo cubano, como se prefiera.

Hablemos también del respeto. El respeto a la profesionalidad y al rigor. El decoro de nuestra querida Araceli. La suya es una biografía personal que inspira lo mejor de nuestros sentimientos de respeto y admiración. Araceli gozó (y goza) de un prestigio ganado en buena lid entre reconocidos intelectuales e investigadores de todo el mundo, su nombre fue como una garantía de calidad en cualquier investigación o como un emblema de profesionalidad, de ahí que muchos la buscaban.

Araceli demostró, además, ser una persona de una gran fortaleza física y moral. Durante los meses de aislamiento por la pandemia, esta gran mujer enfrentó la soledad de su hogar con coraje y valentía sin igual. Hablo de una soledad total, vale decir. Solo las paredes y el techo, repletos de recuerdos, para dialogar, ninguna o pocas visitas, arreglárselas sola con la enfermedad realmente fue algo terrible a su provecta edad. Sin embargo, Araceli se mantuvo firme y aprovechó esa soledad para trabajar, sugerir un autor o un texto para la Revista o escribir los suyos. Hemos conversado casi a diario telefónicamente durante meses o la he visitado esporádicamente y conocí de sus estados de ánimo y debo reconocer su resistencia y recio carácter ante la adversidad. Ciertamente, la soledad no es amigable. Sin embargo, Araceli la confrontó con admirable entereza. De manera que su sentido esencial, sin advertirlo o pretenderlo, fue el de convertirse en una institución dentro de otra, así, suavemente, sonriente, dulce, con la sabiduría adquirida del día a día de la vida y la cortesía que emana de la decencia y la educación.

“Cuando compilé algunos de sus textos valorativos en el libro El saber como pasión (…), volvimos a hacer recuento de su vida y nuevamente me sorprendió su sencillez y esencial comprensión de la cultura (…)”. Imagen: Tomada de la BNJM

Cuando compilé algunos de sus textos valorativos en el libro El saber como pasión (Ediciones Bachiller, 2023), volvimos a hacer recuento de su vida y nuevamente me sorprendió su sencillez y esencial comprensión de la cultura, su pluralidad de miras, su cosmovisión esencial de la historia cubana. Recuerdo ahora, que en una ocasión ella expresó, acertadamente, que la Revista de la BNJM era una enciclopedia de nuestra cultura, frase llena de sentido por donde quiera que se la tome; pues bien, hoy deseo aplicársela a Araceli, ya que ella también lo fue. Al morir seguía siendo la jefa de redacción de la publicación que amó con todas sus fuerzas.

Cuando en los años más recientes le prendieron en su pecho la Orden Carlos J. Finlay y la Orden Félix Varela, lo que el Estado cubano realizó fue un elemental acto de justicia. Sin embargo, el reconocimiento mayor ya había sucedido, y no era ninguna medalla, fue, es y será el reconocimiento general de muchos a su capacidad de servicio y su generosidad a toda prueba. Estoy seguro de que como le comienza a suceder a quien esto escribe y a los que la trataron, es decir a miles de personas, será en lo adelante motivo de orgullo permanente haber conocido a esta mujer sencilla y grande, una de nuestras más relevantes intelectuales, una mujer extraordinaria, un noble tronco de lo mejor de nuestra cultura.

“Araceli demostró, además, ser una persona de una gran fortaleza física y moral. Durante los meses de aislamiento por la pandemia, esta gran mujer enfrentó la soledad de su hogar con coraje y valentía sin igual”.

A pesar de la inmediatez de una muerte que nos sorprendió, un aluvión de mensajes y expresiones de pesar comenzaron a llegar desde todos los puntos cardinales. En los días venideros la Biblioteca Nacional José Martí, su segunda (o primera) casa, le rendirá tributo en una ceremonia destinada a esos efectos.

Mientras descendía su cuerpo hacia la tierra, ayer en la fría tarde, ese momento especialmente dramático y triste para los afectos allí reunidos, pensé en todo esto, como en una veloz película que en reversa me permitió la memoria. Se depositaba en la tierra una fecunda semilla. Estoy seguro de que dará sus frutos. Siempre serás recordada querida Araceli.

La Habana, a febrero 4 de 2026

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