Carpentier y Guillén: Cuatro géneros, cuatro obras premiadas en la FILH
Hoy fue el turno de los Premios Nicolás Guillén y Alejo Carpentier en el marco de la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana. Esos lauros no celebran la abundancia, sino la persistencia. No se otorgan en medio del esplendor, sino en el intersticio del apagón, con menos ejemplares, menos combustible, menos días de feria, pero con la misma obstinación que, desde hace décadas, distingue a cierta literatura cubana: la que se escribe contra la corriente, contra el bloqueo, contra el pronóstico de derrota.
En Novela, el jurado presidido por Jorge Ángel Hernández, con Susana Haugh y Emerio Medina, otorgó el premio a Altas anatomo fisiológico de un hombre vil, de Geovannys Manso. El título ya anticipa algo: no es una novela de trama complaciente. El acta menciona “conflictos familiares” como eje, pero también “adeudos de las posibilidades expresivas relativas al discurso narrativo”.
Esta, según el veredicto del jurado, es una novela que juega con el lenguaje, que quizás desarma la anécdota para construir otra cosa, algo más cerca del tejido que del argumento.
En Cuento, el fallo fue para Cerámica de invierno, de Alberto Marrero Fernández, quien se presentó bajo el seudónimo de Salvatore. El jurado —María Elena Llana, Edelmis Anoceto, Aida Bahr— destacó “la esmerada factura literaria” y el diseño de personajes y tramas “profundamente humanos desde una perspectiva universal”.
Desde hace décadas la literatura cubana se escribe contra la corriente, contra el bloqueo, contra el pronóstico de derrota.
El Ensayo trajo consigo una nota discordante, pero necesaria. El jurado —Virgilio López Lemus, Omar Valiño Cedré, Yamil Díaz Gómez— fue el único que señaló un problema estructural: la baja participación en este premio. Y sugirió, sin ambages, que se divulgue más la convocatoria.
Pero la obra ganadora, Relecturas de la historia en la novela cubana actual, de Emanuel Tornés —recientemente fallecido— e Ileana Mendoza Ferraz, recibió un elogio sustancial: no es un simple repaso de autores, sino un estudio que “engloba casi toda la narrativa cubana dentro y fuera del país” de fines del siglo XX y principios del XXI.
Trabaja con “precisión de datos e ideas originales”, y lo hace con “comunicación directa y claridad de prosa”, aunque sin renunciar al rigor de las ciencias literarias.
El jurado lo define como “un análisis de provecho y un aporte de peso sobre la ficción histórica insular, en diálogo con la latinoamericana”. Es decir, un libro que no se encierra en la isla, sino que la pone en conversación con el continente.
En Poesía, el jurado del Nicolás Guillén (Alex Pausides Aguilar, Lourdes González Herrero, Arístides Vega Chapú) tuvo que leer más de noventa originales. Entre ellos, destacó media docena, pero uno se impuso desde el principio: Objeto social, de Edurman Mariño Cuenta.
El jurado sugirió cambiar el título por Un mecanismo simple, y lo describió como un libro “rotundo”, con una “aventura del lenguaje signada por la alta tensión expresiva”, eficaz en su “limpieza estilística”. Añade algo que lo distingue: asume una apuesta que revela “el amplio instrumental de que hace gala toda poesía”, pero lo hace desde una distancia entre el sujeto y el material, “alejado en verdad de la escritura al uso en los tiempos que corren”. Una poesía que no se deja domesticar, que exige al lector tanto como al autor.
“La literatura, entonces, no es un lujo. Es una forma de no claudicar”.
Luego, Marrero, en nombre de los premiados, describió el contexto actual de la producción literaria cubana: “En un escenario tan complejo como el que tenemos hoy, con nuevas medidas de asfixia macabramente calculadas por el imperio que nos odia, sin válvulas de escape para rendirnos según su pronóstico”.
El escritor escribió lo que la Feria ha sido este año: no el esplendor de otras ediciones, sino una versión reducida, fuera de su recinto habitual, con menos días, menos ejemplares, menos combustible, con apagones. Pero también “con la dignidad insobornable de no rendirnos jamás, robándole horas al sueño, a la caza del momento de luz para teclear en la computadora. La idea de la derrota nunca ha sido ni será adoptada por nuestro pueblo en ningún frente, incluyendo la cultura”. La literatura, entonces, no es un lujo. Es una forma de no claudicar.



