Decir Patria o Muerte implica vida, porque la muerte para defender la Patria no es una imposición, sino el único destino posible para quienes defienden la vida plena que solo una patria libre propicia. La vida sin patria es un producto chatarra, importado e impostado, de segunda mano y con el desgaste de unas políticas coloniales y neocoloniales que acaparan todos los bienestares materiales posibles (y espirituales anexos) para el disfrute y exhibicionismo rimbombante de algunos a expensas de las miserias destinadas a la mayoría.
La consigna “Patria o Muerte” no es ni por asomo antagónica ni antónima de la frase “Patria y vida”: la Patria es la vida; sin Patria vivimos anticipadamente muertos. Nuestra consigna es legítima en su binarismo porque ambos extremos se excluyen, gracias a la “o” (que según la RAE es una “conjunción coordinante que tiene valor disyuntivo cuando expresa alternativa entre distintas opciones”). Los creadores de la tautológica “Patria y vida”, tan llevada y traída hace unos años por los que desean el fin de la Revolución cubana, ignoran que solo complementan el valor de la auténtica. El verdadero sentido no es “Patria o Muerte” o “Patria y Vida” sino “Patria (que es Vida), o Muerte”. Claro, la cláusula final: “Venceremos”, lleva implícita la certeza de que siempre tendremos Patria y, por tanto, Vida.

Una machacona falta de originalidad, absurdamente premiada, los llevó a intentar montarse sobre la bien ganada popularidad de lo que para el pueblo cubano, desde 1960, constituye una bitácora de lucha en la construcción de un destino digno. Aprovechándose de su impacto, intentan subvertirla. Y si pensamos un poco más suspicazmente, no es la palabra “muerte” la que les molesta sino “Patria”, porque pretenden inducirnos la idean de que morir por la patria no vale la pena, pese a que constituye uno de los conceptos sobre los cuales se sustenta nuestra identidad desde el mismísimo himno de Bayamo. La Patria, otrora por conquistar y luego conquistada, siempre ha estado en peligro; morir por ella constituye, desde los tiempos coloniales, un destino latente.
“Morir por la Patria es vivir”; no porque lo hayamos preferido, sino porque es un deber con nuestros antepasados, nuestros contemporáneos y quienes nos sucederán. La Patria se forjó ─nunca plácidamente─ por caminos bélicos, sobre un montón de “cadáveres amados”. Morir por la Patria es una elección consciente que no debe ser confundida con el suicidio colectivo, pues la muerte acecha, desde mano ajena y cruel, mientras intentamos construir, con manos, brazos, cerebro y corazón, un territorio vital de bienestar común ajeno a imposiciones foráneas. Asumimos como ofrenda suprema trabajar por una Patria a favor de la vida y, si resulta necesario, morir por ella.
No sé cómo algunas personas inteligentes, y hasta decentes, suscriben el slogan oportunistamente convertido en bodrio musical sin percatarse de su obviedad rampante. Ha pasado un tiempo de aquel show con el ridículo y aparatoso despliegue light de un artista, formado en las academias de su patria, vociferando su entreguismo. Pero algunos aún lo reproducen como si con ello se gestara una alternativa más justa que la de nuestros empeños revolucionarios. La mayoría del pueblo cubano que vive en Cuba sigue asumiendo, como un llamado a preservar la vida de toda la nación, el dicotómico “Patria o Muerte”, tan certeramente acuñado por Fidel ante las primeras señales del inmenso peligro que comenzábamos a enfrentar en los mismos albores del triunfo revolucionario.
“Asumimos como ofrenda suprema trabajar por una Patria a favor de la vida y, si resulta necesario, morir por ella”.
Decir “Patria y Vida”: maravillosamente válido; eso es lo que queremos los que estamos dispuestos a morir para defender y hacer sostenible una Patria para la Vida. Pero en ese concepto no caben quienes intentan privarnos hoy, con indescriptible saña pragmática, de la soberanía contenida en el primer término de la frase. Decir “Patria o Muerte. Venceremos”, entonces, constituye la única fórmula de salvación, porque con la victoria alcanzaremos la plenitud de vivir con paz en una Patria próspera.
Nuestro ideólogo mayor, el apóstol José Martí, fue quien mejor expresó lo que para los cubanos constituiría destino teleológico: “Cuando se muere en brazos de la Patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe, empieza al fin con el morir la vida». Somos un pueblo destinado a reinventarnos rutas para la plenitud patriótica, aunque sea necesario dejar, si es preciso, la vida en el empeño. Insistamos entonces nuevamente con Martí: “La Patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se le sirve, pero no se la toma para servirse de ella”.

