Corina Matamoros: la personalidad legítima de un curador
Hay curadores cuya vocación ha sido definida en el transcurso de los años por la investigación apasionada de las colecciones que atesora el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana (MNBA). Tal es el caso de Corina Matamoros, una virtuosa de la curaduría en Cuba, cuyo talento radiante se ha impuesto obteniendo numerosos reconocimientos nacionales e internacionales.
En 1978 culminas tus estudios de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, y en ese mismo año comienzas a trabajar como museóloga en el Departamento de Servicios Educativos del MNBA, un área de importante proyección hacia el público. ¿Qué recuerdas de estos primeros años y qué opinas de la importancia de las labores realizadas durante esta época?
Lo que más recuerdo de esos años es estar sola en un almacén repleto de obras de arte. Es la mejor sensación que se puede tener. Las obras te hablan con lenguajes y tiempos diferentes y uno puede sentir un mundo de cosas, para decirlo a la manera de José Soler Puig. Fue también la camaradería entre los nuevos colegas; el hecho de trabajar de la mano de personas como el profesor Oscar Morriña y Mercedes Peñaranda, y aprender técnicas como el macramé, la cerámica, o el grabado para poder enseñarlas a los niños que venían por centenares a nuestra institución.

Entre los museólogos que integran las numerosas instituciones del país, has tenido la oportunidad de realizar estudios en centros altamente especializados como la Escuela del Louvre, en París. ¿Cómo esta experiencia influyó posteriormente en tu trabajo como curadora? ¿Alguna otra experiencia académica, nacional o internacional, que desees destacar?
No recuerdo haber necesitado estudiar mucho en mi vida hasta que llegué a la École du Louvre. Fue un curso académico muy severo, de un año, en que los contenidos fundamentales consistían en el estudio de los métodos de investigación científica para el análisis de las obras de arte. De manera que aprendí Física, Química, Biología, equipamiento de laboratorio, etc., etc…, todo en francés, sin haberlo sabido antes en español. ¡Ya puedes imaginar! Tenía que saber la estructura química del vidrio antiguo o el funcionamiento del microscopio electrónico de barrido. Para mayor dificultad, cuando fui a matricularme el primer día, no sé por qué, la decana docente me dijo que ningún cubano podía pasar ese curso, y me aconsejó que disfrutara un mes en París y que me volviera a Cuba. Yo no sabía si había comprendido bien aquella bárbara acogida en mi mal francés inicial. Respiré y le dije, también en mal francés, que tal vez no sería yo suficientemente inteligente, pero sí muy aplicada. ¡En realidad, creo que lo resolví todo a fuerza de puro orgullo, ja ja! Cuando al año siguiente fui a recoger mi sacrosanto Diplôme Spécial de Muséologie de la École du Louvre, la señora se vio forzada a felicitarme y decirme que había estado yo muy bien. ¡No digo yo si me lo debía!
La época en que fuiste subdirectora del Museo fue sumamente dinámica. Nos referimos a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Se realizaron fabulosas exposiciones. Y una de las labores que más se destaca —en las cuales tuviste un rol protagónico— es la compra de obras muy valiosas de artistas cubanos. ¿Qué me puedes decir de estas adquisiciones que enriquecieron el patrimonio nacional y posteriormente las salas de los años ochenta y noventa del MNBA?
He dicho en otras oportunidades que mi verdadero curriculum vitae pudiera ser la relación de obras que he estudiado y seleccionado para la colección patrimonial del Museo Nacional. Mi lista ya iba por cerca de 400 piezas, pero la he ido dejando sin actualizar porque me parecía demasiado orgullo continuarla. A estas alturas, ya se me podrá entender cuando digo que soy curadora de colecciones, no de exposiciones. Es un trabajo a muy largo plazo, que va muy lento con relación a mi propio temperamento, y que necesita muchísima estabilidad. Pero otorga una perspectiva única del desarrollo del arte. Es un trabajo esclavo, que nadie conoce, que pocos valoran y que casi ningún artista reconoce. Pero yo sigo ahí, ¡como los Van Van!

De tu inteligente labor como curadora fueron surgiendo en el transcurso del tiempo libros que hoy constituyen bibliografía recomendada en los principales centros de estudios de nuestro país. Quisiera citar tres ejemplos que me parecen esenciales: Mirada de curador (2009); Raúl Martínez. La gran familia y Si pierdo la memoria (2021). Me gustaría que comentaras brevemente cuál de estos libros resulta más significativo para ti y el alcance de los otros mencionados.
Los libros son como los hijos: dan las mayores alegrías y los mayores trabajos. Con el libro sobre Raúl Martínez tenía un reto mayor, puesto que su alta figura pictórica merecía una perspectiva y un lenguaje a su medida. Es un libro que Raúl no pudo ver, pues falleció varios años antes, pero me reconfortó enormemente que a Abelardo Estorino le gustara; y fue un homenaje para mí, pues fue como si al propio Raúl le hubiese gustado. No creas que voy a dejar pasar esta oportunidad para expresar lo difícil que es hacer un libro de arte en esta isla. De los seis libros que he escrito, solo el primero fue publicado por una editorial nacional, Letras Cubanas. Cuatro de ellos lo han patrocinado fundaciones extranjeras, y el sexto y último, no sabe nadie quien lo sufragará. Creo que ya no veré el día en que un editor cubano, en mi propio país, se me acerque y me pregunte si quiero publicar un libro. Suena triste.

También eres una brillante conferencista que se ha nutrido esencialmente del dominio de su colección de arte contemporáneo. Entre las más interesantes se encuentran “Carlos Garaicoa; Architecture of the Amends”, dictada en el Institute of Research in Art, University of South Florida, 2010; “Wild Noise/Ruido salvaje”, en el Independent Curators International, New York, 2011; “Expresión museológica del arte contemporáneo cubano”, en la Universidad Complutense de Madrid y el Museo Reina Sofía, 2016. Este trascendente desarrollo profesional, ¿hasta qué punto ha sido resultado de tu trabajo como curadora? ¿O ha sido realizado al margen de este?
Creo que a excepción de mi poesía inédita —que escribo desde niña—, nada he hecho al margen del trabajo museal. Las conferencias han sido coyunturas para fomentar o acompañar exposiciones cubanas y para divulgar el patrimonio del Museo Nacional, la mayoría de las ocasiones. Otras veces han sido invitaciones de instituciones admiradoras del arte cubano, como el Institute of Research in Art, de la Universidad del Sur de la Florida, en Tampa, con quienes he realizado cuatro exposiciones de arte cubano y latinoamericano. La charla en el Independent Curators International, en Nueva York, fue solicitada por intermediación de Holly Bolck, Directora del Bronx Museum, a quien me unieron trabajo y amistad, y me acompañó en esa ocasión mi querida colega Aylet Ojeda, mientras curábamos la exposición Wilde Noise, para el museo newyorquino. Pero la conferencia más retadora que tuve fue en el Centro de Estudios de Postgrados Bildner Center for Western Hemispheres Studies, The City University of New York (CUNY). Es un lugar de reputación, había mucho público y mi inglés sigue siendo fatal. Pero las obras que iba mostrando en la pantalla de aquel teatro fueron ganando al auditorio, y recibimos por igual, las obras y yo, una andanada de aplausos.

En cuanto a curadurías tu hoja de ruta ha sido brillante, algunas de las exposiciones más destacadas del museo llevan tu autoría. Me gustaría resaltar algunas de un apretado conjunto de “todos estrellas”. En 1988 realizas la más importante exposición a uno de los iconos de la pintura cubana, Nosotros. Exposición antológica de Raúl Martínez; Nuevas adquisiciones contemporáneas; Muestra de Arte Cubano (1991), exposición que constituye uno de los sucesos culturales más importantes de inicios de los noventa; La gente en casa (2000), una de las más notables exposiciones en el cambio de siglo; Resistencia y Libertad. Wifredo Lam, Raúl Martínez, José Bedia (2009), tres artistas universales unidos por una cuestionadora idea curatorial. El análisis de tus exposiciones puede dar origen a un enjundioso libro. Sería interesante conocer tus criterios sobre la curaduría en general y las mencionadas exposiciones en particular.
Nadie en la academia nos enseña a curar muestras. O al menos, no en mi época. Ni siquiera nos llamábamos curadores en los años 80, sino investigadores de museo; y luego fuimos museólogos. Ahora todos quieren ser curadores. ¡Vaya cosa!
He curado más de cincuenta muestras para el MNBA. Y la primera la hice en 1985, invitando a Bedia, Fors, Pérez Monzón y Ricardo Brey a exponer sus obras junto a sus referentes en el mundo de las ciencias. Fue una muestra curiosa, inesperada en el medio museal, y me dio un gran placer hacerla.
La muestra antológica de Raúl Martínez, en 1988, fue algo tremendo para mí porque Raúl no tenía mucho entusiasmo; decía que eso era para cuando estuviera muerto y tuve que luchar con él para curarla. Me recuerdo revolviendo carpetas, fotos y rollos de papel kraft en su casa, buscando cosas de épocas diferentes y él queriendo que me fuera pronto… ¡y que tal vez no volviera!, ja ja… Pero al final estuvo muy complacido, estaba súper feliz el día de la inauguración. Cualquier antología de Raúl será siempre buena por la inmensidad de su obra.

En 1991 realicé un proyecto muy amplio, de más de 70 piezas de arte contemporáneo, con compras recientes del museo, dividida por secciones temáticas. Fue difícil convencer a todos para traer por primera vez al MNBA obras de Pedro Álvarez, Glexis Novoa, Tomás Esson, Ciro Quintana, Lázaro Saavedra, Torres Llorca y muchos otros, y fundirlos con artistas de la talla de Antonia Eiriz, Umberto Peña, Acosta León, Raúl Martínez… Era traer una nueva generación para integrarla a una herencia patrimonial. Nadie dijo nada luego de la apertura, creí que había trabajado en vano. Pero a los pocos días Rufo Caballero escribió una nota crítica titulada “Cuando la inteligencia dinamita la costumbre”, y me sentí contenta de que alguien hubiera captado el mensaje. Muchos años después, el escultor Esterio Segura me contó que, siendo aún estudiante, había venido desde Holguín a ver esa muestra. ¡Gracias, Esterio!
Resistencia y libertad fue un trabajo inspirado en el ensayo homónimo de Cintio Vitier, a quien tanto admiro. Trabajé aquí con más tranquilidad, más en solitario, sin los artistas merodeando a mi alrededor, y sigo pensando que la idea valió la pena.
Y con Isla de azúcar, de 2019, aprendí muchísimo. ¡Estudiar la industria del azúcar fue estudiar la nación! Fue una muestra muy reveladora de Cuba, desde su absoluta sencillez.

¿Qué ha significado para ti tu carrera de más de 45 años en el Museo Nacional de Bellas Artes? ¿Qué retos te quedan todavía por asumir?
Ha sido la posibilidad de entrar en el saber de la museología, que es una teoría apasionante para mí. Soy una gran lectora de esos temas y he intentado ajustar modelos de este saber al trabajo del arte contemporáneo que me ha tocado llevar, desde una perspectiva patrimonial.
También ha significado un corrimiento personal hacia la literatura y el ensayismo, que siento como mi verdadero mundo.
Haroldo Conti escribía: “porque por la máquina del arte, el hombre se sobrepone, se sobrepasa, se supervive…”; de modo que nosotros, cuidadores del patrimonio, seríamos también cuidadores de la vida. Ese es un gran reto que asumir.








