Cuando la guitarra le canta a la memoria cubana
En Serenata Concertada, las seis cuerdas no cumplen una función secundaria: se adueñan del foco. El primer trabajo solista de la guitarrista concertista cienfueguera Ariadna Cuellar Pérez, licenciado por Bis Music bajo la producción musical de Eduardo Rodríguez Saura, sitúa al instrumento clásico en el centro de un escenario íntimo pero poderoso. No hay voces que acompañen, ni orquestas que maticen. Solo la madera, las cuerdas y una intérprete que entiende la guitarra como un vehículo de memoria, emoción y desenfado.
El álbum, disponible desde mediados de septiembre en plataformas internacionales, fue grabado por entero en los Estudios Eusebio Delfín de Cienfuegos, en medio de las restricciones de la pandemia de Covid-19. Ariadna recuerda aquellos avatares con una mezcla de alivio y orgullo: lo que comenzó como un proyecto incierto en 2020 se convirtió en un material de 48 minutos de duración que ya acumula reconocimiento.
La masterización, realizada en Santuario Sónico (Chile), le otorga una pulcritud sonora que invita a la escucha atenta, lejos de las compresiones digitales. De hecho, la propia artista recomienda disfrutarlo en la tarde, una vez cumplidas las labores cotidianas, en ese espacio donde uno busca desestresarse o simplemente entregarse a la belleza.
La guitarra de Ariadna Cuellar no se limita a acompañar, sino que se convierte en la protagonista absoluta del relato musical, entablando un diálogo íntimo con la memoria sonora de la Isla.
La selección de las once obras no fue aleatoria. Cuellar y su equipo priorizaron un discurso coherente de principio a fin, sin rupturas bruscas, aunque los géneros y las épocas se sucedan. El viaje arranca con “El cumbanchero” de Rafael Hernández, una elección deliberada para atrapar al oyente desde el primer segundo con energía tropical. A ese impulso inicial le sigue “No puedo ser feliz” de Adolfo Guzmán, donde la guitarra explora su faceta más melancólica y expresiva. Este contraste entre lo rítmico y lo sensible constituye el esqueleto emocional del disco.
Luego vienen “Guajira guantanamera” (José Fernández Díaz) y “Contigo en la distancia” (César Portillo de la Luz), dos canciones que han traspasado fronteras y que aquí se presentan despojadas de cualquier artificio. La primera conserva su aire campesino pero filtrado por la sensibilidad académica; la segunda se convierte en un bolero íntimo donde cada arpegio parece un susurro. Más adelante, “Pensamiento” de Rafael Gómez (conocido como Teofilito) introduce una pausa espiritual, una pieza muy querida en Cuba, aunque menos famosa fuera de la isla, y que Cuellar rescata con evidente devoción.
El punto de inflexión contemporáneo llega con “La maza” de Silvio Rodríguez, ubicada estratégicamente en el sexto lugar. No es casualidad: después de varios temas tradicionales, la irrupción de la nueva trova sacude la escucha sin generar extrañeza. La artista explica que el objetivo era justamente ese: que canciones escritas en momentos distintos no entraran en contradicción armónica ni rítmica, sino que fluyeran como una sucesión natural de lo anterior. “Unicornio”, otro himno silviano, aparece más adelante (novena pista) para retomar esa energía emocional antes del cierre.

Detrás de cada versión hay un trabajo de orfebrería firmado por el maestro Francisco “Pancho” Rodríguez, profesor de la Escuela Nacional de Arte (ENA) y graduado del Instituto Superior de Arte (ISA). Según destaca la propia Ariadna, él es uno de los compositores e intérpretes que mejor dominio posee de la canción cubana y latinoamericana. Su sumario original, titulado “Serenata concertada, una guitarra que canta”, contenía alrededor de veinte obras; de allí se seleccionaron las once que conforman este álbum. Todas ellas fueron creadas especialmente para esta producción y nunca antes grabadas ni difundidas.
Entre las piezas restantes aparecen “La Lupe” de Juan Almeida, una canción bellísima y muy reconocida en Cuba; el “Danzón Masacre” de Silvio Contreras Hernández, menos popular, pero de una elegancia conmovedora; y “Mujer bayamesa” de Sindo Garay, un imperdible dentro de la trova tradicional. El cierre, como broche dorado, es “Son de la Loma” de Miguel Matamoros, puro son cubano en estado de gracia. Once versiones que, en palabras de Cuellar, “no pierden la esencia original” y que transitan por la diversidad sin perderse en contradicciones.
Un dato que ningún aficionado a la música cubana debería pasar por alto: “Serenata Concertada” ya figura entre los ganadores de los Premios Cubadisco 2026 en la categoría de Solista concertante. Un espaldarazo merecido para una producción que apuesta por la guitarra como voz principal en un repertorio antológico. La propia Ariadna se muestra segura de que el público cubano lo acogerá favorablemente —son canciones que varias generaciones conocen y han transmitido de abuelos a nietos— y también confía en una buena recepción internacional, porque “la música cubana siempre la tiene”.
Ahora queda una recomendación que la artista repite con convicción: escuchar el formato original, nada de MP3, y hacerlo en ese momento del día donde uno necesita reconciliarse con la calma. Porque Serenata Concertada no es solo un disco de guitarra, es una invitación a detenerse, a recordar y a dejarse llevar por un instrumento que, cuando suena así, parece hablar.

