De confesiones en un baño al grito genuino
Reconforta acomodarse en una butaca, seducida por el sugerente título de una puesta en escena, y disfrutar desde el principio y hasta el final del talento de cinco jóvenes actrices (una de ellas aún en segundo año y el resto, graduándose justamente con esta obra), y salir del teatro, luego de reír y llorar, con la certeza de que las mujeres poseemos una fuerza increíble.
Mujer es la autora del texto original, la japonesa y residente en Estados Unidos Jo Barret. Mujer es Lizette Silverio, directora de Estudio Teatral La Chinche, como mujer es Yadira Herrera, la asesora y la asistente de dirección Indira Valdés, por solo mencionar algunas de las que integran el elenco detrás del telón. Hombre es Alejandro Viñales, también asistente de dirección, “pero como soy padre y abuelo de mujeres, me uno a la cofradía de pensamiento y comprensión de esta pieza teatral”.

Hablo de la invitación que permanece abierta en la Sala Teatro El Sótano hasta el primer fin de semana de mayo, de viernes a domingos a las 2 de la tarde: ¿De qué hablan las mujeres en el baño?
Y no por feminista alabo de principio a fin la iniciativa de quienes encontraron aquel manual, escrito sin ninguna intención dramatúrgica para el escenario, y lo llevaron entonces a él. La alabo, en primera instancia, por el ingenio de abordar en tono de comedia temas tan serios que atañen a todas las mujeres del mundo, pues todas tenemos historias de violencia como las que allí se exponen, y muchas más.
La crítica elogia la obra ¿De qué hablan las mujeres en el baño? por su frescura, su tratamiento cómico de temas serios y el talento de un elenco femenino que transforma confesiones íntimas en un grito de fuerza colectiva.
Lía Romero, Leira Díaz, Sheila Castellanos, Mariannys Hernández y Amanda Acosta “bordaron” los personajes de Jazmín, Alejandra, Cristina, Susana y Carmen, respectivamente. Hicieron de ellas criaturas de carne y hueso, con el vestuario y el maquillaje que mejor podían caracterizarlas, y se apropiaron de gestos, frases, miradas, bailes y canciones para conducirlas en el viaje de introspección colectiva al que nos invitan.
La mujer, cual ave fénix, emerge cada vez de situaciones que laceran o destruyen sus capacidades, sus talentos, sus sueños, sus secretos… y lucha por defender su intimidad como terreno sagrado que no tiene por qué ser vulnerado. Las actrices, y los personajes, confiesan abiertamente sus preocupaciones, sus miedos, sus anhelos y la obra asiste a sus transformaciones como seres humanos con voz propia.

No hay espacio para el aburrimiento en una propuesta abordada desde la frescura de las edades de estas muchachas, asesoradas en todo momento por sus profesoras. Y por eso, como ingrediente vital, la música entrelaza lo dicho con lo pensado. Temas como “Quédate con ella”, de Natalia Jiménez; “Todos los ojos me miran”, de Gloria Trevi; “Te lo agradezco”, de Carín León; “El amor”, de Massiel; “No me queda más”, de Selena; “Hay que venir al sur”, de Rafaela Carrá y “Ella”, de Bebe, entre otras, conectan con el público.
Aplaudo el engranaje perfecto de cada elemento de la puesta, y les auguro más éxitos en otros escenarios a los que lleven la obra. La sororidad que protagonizan fuera de las tablas, quizá, es la clave de lo que son capaces de proyectar. Hacerse escuchar, esa es la esencia, y las mujeres del mundo entero deben comprenderlo cada vez más.

