El apodo de Rapindey le acompañó toda la vida; vivió a su manera pensando que no era la vida la que estaba viviendo. Madero de nave que naufragó, piedra rodando sobre sí misma, alma doliente vagando a solas de playas, olas… Así era el que puso música a la letra inmortal concebida por Bienvenido Julián Gutiérrez: Marcelino Guerra.

En Cienfuegos, el 26 de abril de 1912, hace 114 años, nació Marcelino Guerra Abreu: un creador que supo dejar huella en la música cubana con un repertorio que abarca guarachas, boleros, sones y guajiras; figura que se impone como una de las más singulares y versátiles de la tradición musical de la Isla, como una especie de puente entre la trova, el filin y el jazz afrocubano.

Su vida, marcada por la orfandad temprana y la crianza junto a su abuela, estuvo atravesada por la música desde la infancia, cuando integraba pequeños conjuntos inspirados en el Septeto Habanero. El apodo “Rapindey”, que lo acompañó toda la vida, tiene varias versiones: algunos lo atribuyen a la rapidez con que hacía mandados de niño, otros a ocurrencias familiares que terminaron por fijar un nombre artístico inolvidable.

“Su vida, marcada por la orfandad temprana y la crianza junto a su abuela, estuvo atravesada por la música desde la infancia”.

En 1931 se trasladó a la capital, donde comenzó a vincularse con agrupaciones de relieve como el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Aquí se consolidó como guitarrista y segunda voz, y pronto se destacó también como compositor; talento que lo llevó a colaborar con Bienvenido Granda y otros intérpretes de la época, y a escribir piezas que se convertirían en clásicos del repertorio popular.

Un viaje a Nueva York, hacia 1944, contratado por Robbins Music como arreglista, resultó decisivo para su futuro, ya que en la escena neoyorquina trabajó con Machito, Mario Bauzá y Chano Pozo, participando en la efervescencia del jazz afrocubano, protagonizando según muchos expertos, el fenómeno de la fusión cultural que dio origen al latin jazz.

¿Qué decir de su catálogo? Amplio y diverso. Boleros como Convergencia, escrito junto a Bienvenido Julián Gutiérrez, se consideran una especie de antecedente del filin por su riqueza armónica y su sensibilidad lírica. “A mi manera”, de fuerte carácter autobiográfico, revela su capacidad de introspección y su estilo personal; mientras, “Pare cochero”, consumado éxito dentro del repertorio de La Aragón —con letra de Miguel Ángel Banguela—, forma parte de lo más granado y versionado de su inspiración.

Marcelino Guerra “Rapindey”, figura esencial de la música cubana que supo innovar desde el son hasta el latin jazz, dejando un legado de versatilidad y profundidad lírica.

Como dato curioso, aquel que rezaba Me voy pa’l pueblo, hoy es mi día, voy a alegrar toda el alma mía…, aparece registrado con el nombre de Mercedes Valdés como autora —no confundir con Merceditas, la pequeña Aché—, pero en realidad fue un regalo a su amantísima esposa de entonces, de un amadísimo esposo, Marcelino Guerra.

Voces emblemáticas a lo largo de las décadas han dejado constancia de su arraigo por esos himnos legados por Rapindey; no importa su se llamaba Miguelito Cuní, Pablo Milanés o la Vieja Trova Santiaguera; y no solo estos temas, sino otros de amplia difusión, evidencia de versatilidad y dominio de diferentes géneros, como: Buscando la melodía —estrenada por Pablo Quevedo—, Maleficio y La clave misteriosa, compuestas junto al compositor, actor, bailarín y coreógrafo Julio Blanco Leonard, compañero de juergas artísticas desde mediados de los años 30 del siglo XX.

Hace 50 años se estableció en Alicante, España, donde vivió sus últimas cuitas; y se recuerda durante la década de 1990 aquellas grabaciones con Compay Segundo y Omara Portuondo bajo el sello Nubenegra, lo que permitió rescatar parte de su obra para nuevas generaciones y reafirmar su vigencia.

“El relieve de Rapindey —fallecido en 1996— se mide por su capacidad de innovación y su versatilidad (…)”.

El relieve de Rapindey —fallecido en 1996— se mide por su capacidad de innovación y su versatilidad, ya que no solo introdujo elementos del jazz en la armonía de sus boleros, anticipando el movimiento del filin, sino que fue, además, guitarrista, cantante y compositor, capaz de moverse con naturalidad entre géneros diversos.

Quizás sea cierto que sus obras no tuvieron fama masiva y contundente entre sus contemporáneos, pero sí son fundamentales para comprender la evolución del son y la guaracha hacia formas más modernas; tanto así, que su música sigue siendo interpretada y versionada en diálogo permanente con distintas generaciones.

Puede que entre tanto ir y venir, entre tanta riqueza cultural de orilla en orilla, jamás haya sido consciente de su importancia; pero este periodista quiso buscar señales —solo fabulo a partir de la letra de “A mi manera”, creada por un tal Panchito Carbó— cuando el hombre tomó en cuenta ciertos rumores de que no era vida la que él estaba viviendo, y que lo que sentía no parecía amor; llegando incluso a achacarle el defecto de la altivez porque indiferente cruzaba ante el dolor.

Así respondió el bardo: Yo no engaño a nadie porque soy sincero, y cuando me entrego en una pasión, no me importa cómo, quiero cuando quiero, porque a mi manera doy el corazón.

Recordémoslo hoy, por sus huellas, esas que merecen ser celebradas y estudiadas hoy, con la misma pasión que él las grabó.