El son es lo más sublime también en el decir
Se ha declarado por la Unesco la práctica del Son cubano Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Unido al recuerdo de los grandes maestros que le aportaron formas melódicas y armónicas propias que hasta hoy nos hacen bailar, bien valdría un aparte sobre lo que en materia lexical el son ha regalado, incluso, a los no bailadores.
Esta expresión músico-danzaria, heredera del decir trovadoresco, adoptó para bien un léxico que se adaptó a sus nuevas maneras de aprehensión de la realidad. Tras su ascenso y expansión incluso allende los mares, lo idílico se transformó en realidad; los símbolos más elevados, en poesía cotidiana y tangible; las utopías, en verdad diaria que al atravesarlas se convertirían en cotidianidad. El son soñó con una realidad y en eso se convirtió: en una expresión del habla y sentir populares, que alcanzó a hombres y mujeres de todas las razas, condiciones sociales y educacionales y con diferencias etarias. Vino de la loma y se colocó en el llano hasta trascender a otras regiones y culturas con esa armónica combinación de acompasada danza y una directa manera de decir.
Temas universales como el amor, el desamor, la mirada costumbrista, la evocación a la figura femenina, visión, en ocasiones denunciante de la sociedad, adopción de términos provenientes, incluso, de la religión afrocubana, son algunos rasgos que destacan en la tradición sonera de la isla antillana.
El son como reflejo de una realidad adecuó la manera de llevar a la mayor cantidad de personas el qué decir de manera sencilla, con textos no siempre apegados a una métrica precisa, aunque siempre clara, haciendo prevalecer el tono narrativo. Si bien son sencillas sus expresiones lexicales para abordarlas, prevalecen los términos métricamente llanos, los favorecen la suavidad del acento y por tanto la accesibilidad de lo escuchado.
“Como fenómeno idiosincrático, y dado su carácter popular, su tono desenfadado en muchas ocasiones calzado por la sátira, otro rasgo a destacar es la visión picaresca de un asunto”.
El discurso en primera persona o una tercera equisciente prevalece en muchas ocasiones en tanto la voz discursiva es la que preferentemente protagoniza cada historia narrada o la cuenta de manera próxima. Es como si cual cámara mostrara los sucesos con la convicción que serán entendidos luego de ser ofrecidos todos los detalles. Por tanto, el son se convierte en un fenómeno empático en la cadena emisor-mensaje-receptor porque aun cuando no se conozca la historia, entre introducción y luego estribillo (cortos y pegajosos) se manejan todos los resortes de la comunicación.
En tal sentido, amén de la diferencia de sus tantos exponentes es un género con marcado valor de crónica de su tiempo, rasgo que se ha mantenido inamovible hasta nuestros días. Pensando en Miguel Matamoros, por ejemplo, su sentido de cronista social, pasando por Ñico Saquito, el rey de la picaresca, encontramos temas como “La mujer de Antonio”, “Cuidaíto Compay Gallo” respectivamente. En ambos casos esa primera persona recrea una realidad a la que impone su percepción y lo hace logrando la empatía con el receptor. Esto significa que mientras se baila este último, a la par, si lo desea, tararea y canta de manera cómplice con lo que escucha. Es un puente que se incorpora de tal manera en el imaginario popular que llega a formar parte del discurso conversacional de manera espontánea.
El son invita e insta al escucha a integrarse a la historia. Adalberto Álvarez, el caballero del son, desde Son catorce primero, y luego con su orquesta homónima, desde “Calle Enramada”, pasando por “El son de la madrugada”, hasta hacer repetir a todos “Voy a pedir pa´ ti, lo mismo que tú pa´ mí”, logró una voz colectiva a partir de un sentimiento individual. Eso también es el son, elemento aglutinador, cohesionador a través de una idea que se torna parte de un todo común.
“Desde el pasado siglo hay un juez que baila, canta y disfruta llenando los espacios donde el son suena y reina, ese es el público; el máximo responsable de que el género reciba en este momento tal reconocimiento internacional”.
Luego encontramos propuestas como la de Tony Ávila, que con la “Choza de Chacho y Chicha”, entre otros tantos títulos, homenajea al inmortal Guayabero, sonero de pura raíz y juglar de convicción. Este tradujo y llevó a alta escala la ética del doble sentido para mostrar la esencia misma del carácter burlón y dicharachero del cubano. Con sus rimas de “A mí me gusta que baile Marieta”, borró las fronteras idiomáticas, tras su cadencia musical y verbo de tranquilo tono.
Para Ávila la revisión de la realidad que le circunda igualmente adopta los colores del son. Con el uso de símbolos, una de sus características locutivas más significativas, este prolífero creador se apropia de los sustantivos para otorgarles dimensiones importantes; entre ellos sobresalen, loma, cima, amigo, azul, luz, a los cuales inscribe en contextos muy particulares para afirmar la valía del ser humano en medio de las más distintas circunstancias.
En ese hurgar también aparece un Pedro Luis Ferrer, hacedor de una tradición trovadoresca que llega al son desde sus formas más ancestrales. Sus temas llevan consigo, además de buen gusto y probado sentido del humor, toda una labor de investigación de las diferentes expresiones del género. Sones como “En espuma y arena”, “Inseminación artificial” (conocida como La vaquita Pijirigua) y “Fundamento”, así lo demuestran.
Desde el pasado siglo hay un juez que baila, canta y disfruta llenando los espacios donde el son suena y reina, ese es el público; el máximo responsable de que el género reciba en este momento tal reconocimiento internacional. La praxis social del son lo sacó del patio de casa y lo colocó en escenarios internacionales vestido de largo, traje y tacón, porque el son es actitud y aptitud ante la vida, es reconocimiento de una nación que a través de generaciones ha demostrado que es lo más sublime para el alma divertir y también en el decir.
