Giselle es, probablemente, el clásico por excelencia del Ballet Nacional de Cuba. Estamos hablando de uno de los grandes títulos del repertorio universal. Pero en Cuba tiene además un extra: el magisterio de Alicia Alonso a la hora de reponer, de recrear una obra cumbre del romanticismo en la danza. Alicia fue una intérprete de excelencia del rol principal, sin dudas: una de las más grandes Giselle del siglo XX. No son pocos los que dicen que la más grande, pero no vamos a entrar en esas emulaciones. Más allá de los valores de una interpretación modélica, su aporte mayor fue traer la obra a la contemporaneidad sin alterar sus esencias, respetando la pureza del estilo sin renunciar a la vitalidad y a los puentes que todo clásico tiende hacia el presente.

En su versión de Giselle, Alicia reformuló en alguna medida el planteamiento dramatúrgico, eliminando la paja para dejar el grano. La historia se vuelve más diáfana, las motivaciones más comprensibles y las soluciones escénicas más orgánicas. No se trata de alterar la estructura original concebida por Jules Perrot y Jean Coralli, sino de depurarla, de afinar su lógica interna para que el conflicto amoroso y la dimensión sobrenatural convivan con mayor coherencia. Esa limpieza dramatúrgica es una de las claves de la perdurabilidad de la versión cubana.

“Alicia fue una intérprete de excelencia del rol principal, sin dudas: una de las más grandes Giselle del siglo XX”.

Desde el punto de vista del estilo, la apuesta es igualmente rigurosa. Alicia insistió en observar marcas precisas en la línea de danza, en la curva de la pose y del paso, en la delicadeza del movimiento y en el acabado de la gestualidad y la pantomima. Son rasgos distintivos del primer romanticismo, en el que se inscribe la obra, y que la diferencian del romanticismo tardío de otros grandes títulos como El lago de los cisnes. No se baila Giselle como se baila El lago…, y no todos perciben esa diferencia esencial. Alicia la defendió con firmeza, consciente de que en esa distinción se juega la riqueza del vocabulario y la autenticidad expresiva del ballet.

Puede que la historia de la campesina engañada y las wilis no esté anclada en matrices de la cultura cubana, y Alicia nunca pretendió forzar esa relación. Sin embargo, existe una manera cubana de asumir Giselle: en la intensidad dramática, en la entrega emocional, en la hondura con que se encarna el conflicto. Esa impronta no contradice el canon europeo; lo revitaliza desde otra sensibilidad. Ahí radica uno de los mayores logros de la escuela cubana: dialogar con la tradición sin mimetizarse, aportar sin violentar.

“…existe una manera cubana de asumir Giselle: en la intensidad dramática, en la entrega emocional, en la hondura con que se encarna el conflicto”.

Es saludable para la compañía que hoy dirige Viengsay Valdés regresar de cuando en cuando a Giselle. Poner en valor el gran repertorio, retar a los nuevos elencos, medir la madurez artística frente a un personaje que exige técnica depurada y verdad escénica. La Giselle de Alicia es mucho más que el acierto de una coreógrafa repositora: es la consolidación de una manera de dialogar con un acervo, con una tradición. Es, en definitiva, la realización de una escuela. Y por ello, patrimonio indiscutible de la cultura nacional.