Hermaiony Villa pinta la otra orilla del silencio
A veces uno halla en las redes sociales algunas iluminaciones que valen la pena, incluso que quisiera conservar como si fueran apariciones protoplasmáticas en la memoria. Así me sucede cada vez que doy una vuelta por la obra de Hermaiony Villa Machado, quien se ha trasladado a los centros urbanos del país para hacer su arte y colocarlo donde merece. La artista, original de Villa Clara, es una muchacha a la que vimos crecer en exposiciones y salones locales y cuyo trazo, uso del color y potencia de la imagen ya marcaron mi memoria en una obra que concibiera para el evento Carlos Enríquez de Remedios a sus diecisiete años. En ese entonces, la silueta definible de una mujer, enmarcada en oscuridades, era una metáfora de la crisálida de la artista, un anticipo poético que no permitía que como crítico me quedase en el remedo de un juicio. Se trataba de una poderosa visión de la vida, concebida a partir de la poetización de la angustia y de una probable soledad impropia de sus pocos años, pero que sabía llevar con toda la sobriedad y el peso ontológico.
Sus redes muestran los más recientes trabajos y hay una serie que atrapa mi mirada, precisamente porque acrisola el gesto que ya se dibujaba en aquella lejana pieza de los salones de la galería de Remedios. Su juventud le ha permitido indagar con frescor en los conceptos de la existencia que se hunden en lo oscuro, en las sombras. Quizás pervive en Hermaiony un neobarroquismo que ella sabe mezclar con la hiperrealidad, el expresionismo y el horror vacui. A pesar de que existen espacios en negro, son los más locuaces, no parecieran estar vacíos, sino que adivinamos ahí, en las tinieblas, la presencia de criaturas que la autora prefiere no mostrar. Esa referencia quizás a Rembrandt (si este hubiera sido además un autor con un tinte entre surrealista y premoderno) nos pareciera demodés, si no estuviéramos hablando de una artista que conoce de historia del arte, que maneja los códigos y las psicologías del color y cuya composición evidencia —más que una intencionalidad académica o meramente mimética— el empuje que quiebra los muros de la formalidad y que nos entrega un arte figurativo, sí, pero deforme en su concepto interno. La serie que me detuvo para que escribiera estas líneas se titula Presas y es un conjunto de cinco pinturas que se mueven en la dinámica del retrato, pero violentando sus códigos. La frase pudiera parecer un cliché, pero lo cierto está en que Hermaiony no quiere que la veamos como una chica virtuosa en el sentido técnico —aunque dominio de la técnica le sobra— más bien ella asume un ropaje cambiante, performático, en el cual nos pareciera decir: miren, deténganse delante de la obra, cada minuto les irá diciendo mucho más, cada narrativa se irá revelando en la medida en que sean capaces de tener calma.

Hermaiony ha pintado la historia, en muchas de sus obras está la referencia a José Martí como un gesto preeminente. Sé de su esfuerzo por plasmar un héroe que no lo sea tanto, que no se quede en el puesto ferviente de los altares y en buena medida lo ha logrado. No veremos una de sus referencias a Martí en salones de protocolo, en recepciones o en solemnidades; más bien se sitúan en una esquina cotidiana. Ello no le resta peso ontológico a la obra, no la minimiza. Para ella, el Apóstol era más que nada un maestro que se dirige a todos en un tono natural, que tuvo una muerte rodeada de mística, pero que en el fondo conforma un capítulo orgánico dentro de la historia. Así mismo abordó la autora el tema de esta serie que nos propone. Desde el título hay un engaño que nace en la literalidad. La palabra “presas” nos conduce en efecto a la condición de mujeres que se hallan bajo condena en una cárcel; pero ya desde allí no podemos escapar a las capas de significación añadidas. El nombre de la obra opera como una prisión ontológica, nos lanza un concepto petrificante, que cosifica y a la vez libera. La contradicción está dada porque en la medida en que la persona físicamente no puede moverse, se abren otras posibilidades en lo metafísico. Esa es la región que explora Hermaiony en esta serie y que le permite un acercamiento existencial, humano, coherente. A pesar de que se trata de rostros y que ese tema está más que marcado por siglos de pintura profesional, ella logra arrancarle al espectador no pocas emociones: nos conmueve, nos atemoriza, nos interpela y empuja.
¿Qué historia ha colocado la autora para que la remarquemos? ¿La de cinco mujeres que están presas, pero que poseen su propia verdad individual que las libera? A pesar de que en la gestualidad de los personajes notamos el dolor de la opresión, no podemos pasar de largo por delante de cada cuadro sin una sensación que nos emancipa. Hay una esperanza construida desde la herida. La literalidad del título ha comenzado a lanzar sus dardos envenenados sobre nosotros y los vectores de sentido actúan como si fuesen entes coordinados con una magia subrepticia. Uno de los rostros aparece borrado, como si algo lo tocara desde el umbral más horrible. El gesto de censura suprime los rasgos, pero vemos una sombra marcada con restos de pintura en la cual se adivinan la placidez, el poder y la plenitud de una mujer. No es joven, unos mechones de cabello le salen de sus raíces en la sien y se pierden en la oscuridad. La barbilla es apenas un trazo negro que enmarca la sobriedad de la escena. Todo ha sido evacuado hacia un vacío que se esconde. La elisión del resto de la composición nos dice que Hermaiony está interesada en mostrar con el silencio. Pudiéramos decir que el tema de la obra es la censura de esa mujer quien, sin embargo, goza de gran locuacidad desde su quietud. Si nos acercamos, si nos detenemos, una sonrisa surge en los labios deformados. ¿Es la invitación a quedarnos del lado de allá del arte, donde hay secretos que solo se revelan a los creadores? La serie Presas no habla precisamente de la crónica de mujeres detenidas por transgredir la ley, sino de seres humanos que expresan su inconformidad con lo que les tocó y que van más allá de los barrotes. La ausencia de las celdas, la no mención al sistema carcelario, son datos cruciales que nos permiten cruzar el umbral más sencillo. La autora sabe que habrá capas de sentido y que —como mismo sucede con el retrato sin rostro— adivinamos debajo de la pintura un submundo. Esta obra, de alguna forma, es el marco que nos da la bienvenida y ofrenda la pauta de consumo para poder deconstruir el resto de la serie.

Presas no se detiene en ese instante, si bien el umbral es prometedor y hasta pudiéramos hablar de un sentido en sí mismo para cada pieza. La violencia, ese golpe seco que redefine no solo el espacio físico, sino la forma espiritual, irrumpe en otra obra en la cual vemos a una mujer destrozada literalmente. Los pedazos de piel y carne, la sangre, saltan y llenan la escena. Los ojos son dos manchas rojas que se deshacen, la boca es un gesto de dolor cercano a la muerte. Intuimos el odio que pudo hacer algo como esto, vemos el asco por la vida que avanza sobre la experiencia humana y la desprecia hasta suprimirla. Esta persona no solo está presa, sino que literalmente fue la presa de una fiera hambrienta que la desfiguró. Hay un disciplinamiento oscuro en la escena, un golpeteo sordo sobre la carne que busca mucho más que la carne. Si antes de esto el silencio nos sobrecogía, ahora se nos muestra la crueldad sin control de la especie, una violencia desatada sobre alguien a quien se deshumaniza, a quien se le considera otra cosa. La objetualización de la mujer dañada nos conduce a conceptos como el de los derechos humanos, la dignidad de la vida, la necesaria conciencia de que podemos acceder a un mundo donde estas cosas no sucedan. La maldad, desnuda gracias a la maestría de la artista, aparece ante nosotros y es más que una denuncia, se trata de un paso de avance sobre un territorio inestable, de intensos debates, al cual se accede para lanzar luz en las oscuridades que tanto nos duelen. ¿Estamos viendo el último estertor de vida de esta presa? En ese caso, la autora convierte la cárcel de la muerte en un destello de libertad. El personaje pareciera decirnos que, aunque se va de este mundo, insiste en ser como es, en manifestarse, en sobrevivir a través de una huella que vemos desde el quejido, desde la rabia.
La obra se torna un coro de voces. Por momentos se llega a creer que se trata del mismo personaje, pero sabemos que en realidad nos muestran la realidad poliédrica de una experiencia opresiva. La cárcel a la cual se refiere Hermaiony no es física, no estamos hablando de una prisión como resultado de transgresiones legales, sino de una que se construye a partir de la visceralidad estructural de la experiencia humana. Los personajes nos miran desde una libertad contradictoria, en la cual padecen y se disuelven. La paleta de la autora de alguna manera actúa como la sustancia que destruye el mundo para volverlo a mostrar bajo los presupuestos de la luz y el color. No hay otra perspectiva que la de la oscuridad de fondo y el mensaje resulta poderoso. ¿Nos hablan estas presas desde el más allá?, ¿nos trasmiten un legado? La advertencia de la crueldad queda hecha mediante las especulaciones artísticas que nos ha puesto Hermaiony y que para el espectador son como golpes de una irrealidad sangrante.

Presas es más que una crónica, es el acercamiento de una artista al dolor humano desde su significado. Se trata de un esfuerzo para que el sufrimiento no sea en vano. Allí hay un aliento de justicia y esperanza que sobrepasa la fealdad de las heridas. Y la belleza —que vence a pesar de todo a través de los siglos de arte— se reivindica a partir de mecanismos de deconstrucción de lo grotesco y deforme. Las historias de las cinco mujeres son a la vez un número mágico. No se puede sostener una verdad sin cierto misterio cabalístico. Cuatro o tres hubieran sido cifras que no cierran, pero con cinco nos acercamos a una frecuencia que reconecta con mitos numerológicos. La serie transcurre de esa manera desde la negación hacia la deformidad, pasando por la tristeza.
En una de las piezas, otra presa mira con el rostro sangrante desde la mitad de su rostro. Una sombra la cubre parcialmente, sin embargo, el ojo visible posee una sinceridad que raya en el humanismo más descarnado. Aunque el personaje aparece callado, tenemos la sensación de que comenzará a confesarnos lo que le pasa. El color negro sume la mayor parte de la pieza y casi no podemos distinguir las líneas del rostro. Hay una elevación del dolor hasta su esencia oscura que nos deja perplejos. La mujer nos dice que acaba de ser violentada apenas hace unos segundos, que la sangre está fresca sobre su cara y que más que el sufrimiento físico existe en ella una certeza existencial. Ese es el testimonio que Hermaiony quiere que nos llevemos para que lo perpetuemos mediante la crítica. El acercamiento no se queda en lo meramente formal, sino que actúa de manera monstruosa, es una criatura que a la vez que devora al personaje nos interpela. ¿Qué vas a hacer ahora que ya viste la violencia?

Este viaje es también etnográfico. Las mujeres no poseen los mismos rasgos culturales ni físicos. Una de ellas es asiática y —con el ojo hinchado a golpes— nos mira a la cara mientras se toca los labios. El gesto es confuso, no sabemos si es un coqueteo enfermizo, una señal de confesión o una clave para que nos detengamos también en ese testimonio gráfico de la frialdad y lo carcelario como elementos disciplinarios. Cuando percibimos el recorrido por las diversas etnias globalizamos la trama de la serie, la vemos desde arriba en todas las dimensiones planetarias y sabemos entonces la inmensa dimensión de este testimonio. Es como si la cárcel se tornara una urbe global, aldeanizando el dolor, la desidia y el olvido del ser que implica someterse a la injusticia de la violencia. Los golpes evidentes en la cara de la asiática no apagan su vida, más bien revelan una dimensión hasta cierto punto erótica. En este punto, hay que reflexionar sobre la manera en que distorsionamos la belleza y la confundimos con lo grotesco, en cómo el deseo puede tomar caminos oscuros. Hay perdición en el placer, hay horror en las cámaras más ocultas de la experiencia. La globalización es también una deslocalización de la vida, una que nos conduce a colocarla más allá de la frontera conocida. Aquí lo líquido de la modernidad choca con lo sólido del dolor. Ambas dimensiones de la sustancia humana conforman un contrapunteo. Hermaiony sabe que para detener la violencia habría que construir un paradigma estructural alternativo y eso solo se logra desde el testimonio más universal. Las mujeres de la serie están presas en una cárcel que se revela mundializada, de manera que no se trata de un sistema que las esconde, sino que las muestra como evidencia de su poder sobre ellas.
La serie que estaba mundializada regresa a Cuba en su última pieza con el rostro de una mujer de la raza negra sumida en la oscuridad. En su barbilla en apenas unos trazos la bandera nacional. Podemos intuir que la autora quiere que vayamos a metáforas insignias de la identidad cultural tales como la racialidad, la resistencia e incluso la insularidad que nos coloca en una postura si se quiere solitaria ante los dramas del universo. Lo cierto es que la mujer apenas se ve, lo oscuro la tapa y crea una capa de sentido a partir de la ausencia de detalles. Los ojos del personaje desaparecen en dos agujeros sin contenido, sin embargo no vemos aquí expresividad alguna. Hasta se diría que este rostro carece de vida. No obstante, la metáfora de la mujer colocada en las adversidades, puesta en el sitio de mayor resiliencia, es potente. De todos los personajes que conforman esta serie, se trata del más enigmático. No muestra daños físicos, solo una voluntad de permanencia. Precisamente nos detenemos ante ella y llegamos a pensar que se parece a esos momentos de la historia propia en los cuales echamos mano a la resiliencia, la empatía y el deseo férreo de seguir.

Presas es una serie poderosa, nos habla de temas como la feminidad tocada por el poder, el sitio de la mujer en la historia, la construcción de la resistencia desde el dolor o las metáforas de la vida entendida como una cárcel. Los barrotes invisibles que rodean a los personajes se poetizan y pasan a formar una especie de entramado simbólico. Los personajes que intuimos en las sombras son como visiones de un submundo al que pertenecemos y conocemos. No hace falta que Hermaiony los muestre. Este recorrido etnográfico por la universalidad del dolor no solo nos deja con una sensación de familiaridad —esto ya lo he vivido me dije para mis adentros— sino que acerca al espectador a un dolor que aprisiona a la vez que libera. Las presas no lo son en el sentido de la detención legal, sino en el de la ontología de la existencia. Hay un anhelo por lo auténtico en un mundo inauténtico y de ese quiebre salen los rostros deformados, los golpes, la sangre que brota y que mancha las paredes de la galería.
Hermaiony Villa Machado es una joven artista que sabe lo que hace, a quien además no le interesa que el circuito del arte la consuma o no. Quienes hemos conversado con ella sabemos de su interés filosófico y especulativo por la pintura. Cada entrega es como un acercamiento a la otra orilla oculta. El creador funciona como ese Caronte desprovisto de barca y monedas, cuya finalidad es no obstante el viaje. La traslación de esta autora se agradece, a pesar de lo grotesco, de la herida, de los tantos temas que se colocan en solfa y que no son la parte más amable de vivir.
