Influencias del son en la timba cubana contemporánea
Lo son, lo sonero, “lo soneao”; es un modo de hacer y decir estético, musical, cultural, y quasi un modo de vivir para aquellos que salvaguardan una de las más raigales manifestaciones de nuestra cultura popular.
El nombramiento del Son como Patrimonio de la Humanidad el 10 de diciembre de 2025, llega con cierta demora si atendemos a su valor histórico y cultural para Cuba y la región caribeña, así como a nivel latinoamericano e internacional. Ahora bien, dicha dilación solo resulta aceptable si se tiene en cuenta la necesidad de abarcar la diversidad existente de prácticas, repertorios, formatos y variantes soneras, conservadas por familias portadoras y comunidades, y susceptibles de ser registradas en regiones recónditas de la nación por equipos interdisciplinarios que integraron a musicólogos, historiadores, lingüistas, sociólogos, entre otros.
Al respecto, es comprensible el largo período de espera que antecedió a este reconocimiento tanto para el Son cubano como para sus fieles cultores, proceso que llevó consigo una ardua investigación, cuya impronta se expresa en el ímpetu del equipo involucrado. En este sentido, debido a su llegada a feliz término, podemos afirmar que la mencionada declaratoria se ha concretado en el momento justo.
“Lo son, lo sonero, ‘lo soneao’; es un modo de hacer y decir estético, musical, cultural, y quasi un modo de vivir para aquellos que salvaguardan una de las más raigales manifestaciones de nuestra cultura popular”.
Esta ínsula, llamada desde antaño Antemural de las Indias Occidentales, está colmada de punta a cabo por un sinnúmero de melodías soneras. Algunas, en desuso u olvido inminente; otras, renovadas o reavivadas constantemente por cultores originarios lo mismo que por artistas profesionales que otorgan al son un lugar preciado en su propuesta estética. Con toda seguridad, se observa una creciente tendencia hacia la búsqueda en la savia hispánica que conforma lo cubano, y entre sus elementos más distintivos, el son.
De hecho, la timba, un género que ostenta su preferencia en el actual gusto popular, promueve nuestra cultura con un trasfondo que alude a la praxis originaria del son. En este sentido, desde las más establecidas hasta las más novedosas y recientes orquestas cuyo eje fundamental ha devenido en la estética timbera, muestran influencias de fórmulas soneras a distintos grados de profundidad.
Un breve paneo debe comenzar necesariamente por Los Van Van, cual vuelta al pasado, hay que recordar que al trabajo de Juan Formell y José Luis Quintana “Changuito” debemos la solidificación de un estilo que mezclaba el rimo del funk norteamericano con música cubana, concretamente, con estructura sonera, y fue denominado songo. Novedoso en su tiempo, y aún empleado como patrón fundamental en la sección de percusión de la timba, tanto este género como el posterior y amplio trabajo de Los Van Van construyen su edificio sonoro, entre otras influencias sobre variantes soneras contemporáneas.

Desde el oriente cubano, específicamente, de las lomas y pueblos de difícil acceso geográfico, el changüí ―por su antigüedad y riqueza― constituye una de las más distintivas músicas y danzas soneras. Su interpretación, tanto en el espacio tradicional como en grabaciones y performances de tono más contemporáneo, destaca como hecho artístico con personalidad propia. La intersección de esta variante sonera con la timba se hace palpable bajo la égida de Elio Revé y su Charangón, heredero del changüí. En la producción sonero-timbera de esta orquesta, se avista la mezcla con lo afrocubano, sobre todo a nivel rítmico. Ello se evidencia en los contundentes y característicos “bloques” a modo de patrones concurrentes que utiliza esta agrupación en sus arreglos, para introducir secciones músico-bailables denominadas históricamente como “masacote” y “bomba”.
Si bien, lo afrocubano y lo sonero no se desligan en ejemplos como el de la Revé, lo sincopado es, también para las muestras a continuación, tópico que adquiere y aporta identidad, y se halla ―sin temor a la exageración― en casi todos los sones; pues la síncopa ha devenido en signo retórico de lo cubano expresado en ritmo y música. En consecuencia, dicho tópico, lo sincopado impulsa a nivel estilístico las secciones timberas, mientras que la clave de son ―con su perenne disquisición del dos-tres o el tres-dos― promueve, lidera y sustenta una multiplicidad de arreglos concebibles ―por extrema que pudiera resultar esta aseveración generalizadora.
En el campo de lo sonero tradicional, Adalberto Álvarez y su Son se convirtió en modelo a seguir. Su música absorbe y, a la vez, devuelve la sonoridad histórica del son santiaguero, rememora a Matamoros al tiempo que muestra un mosaico sonero a mayor escala: de orquestación grandilocuente y temáticas idóneas para todos los tiempos.
En línea similar, pero extendida y modernizada, agrupaciones como El Noro y Primera Clase o El Niño y la Verdad beben claramente del son montuno como estilo independizado. Como voceros de una generación posterior a la concreción de la timba, ellos resultan exponentes de una especie de Son de barrio, ya no el “son de la loma”, sino citadino, portador de una fuerza social intrínseca e intangible que necesita ser externalizada. Su significación y, sobre todo, proyección a nivel socio-cultural pudiera resultar homóloga a la del rap, cuyo impacto esperado es siempre multitudinario y transformador.
Por otra parte, desde una estética completamente opuesta, la agrupación Jóvenes Clásicos del Son deviene también en ejemplo de este proceso de hibridación entre el son y la timba; pero en dirección contraria. Es decir, desde la conservación y práctica de los sones tradicional y montuno, la agrupación propone un formato contemporáneo que respeta las fórmulas existentes ―por ejemplo, el bongosero que toma la campana en el montuno― y, a su vez, adopta determinadas sonoridades timberas en sus conciertos en vivo. Decisión que está marcada por el conocimiento de los gustos y estándares del público timbero contemporáneo.
Dentro de este tapiz de propuestas que bien pudieran agruparse bajo la categoría de sonero-timberas, existen dos ejemplos insoslayables: Alexander Abreu & Havana D’Primera y Alain Pérez y La Orquesta. El primero representa la eclosión de la timba contemporánea alrededor del año 2010, con una estética que asumió y entrelazó disímiles géneros: la salsa al estilo puertorriqueño, la rumba cubana, el merengue dominicano, e, indudablemente, el son cubano, entre otros. Decodificar el trabajo sonero-timbero de Havana D’Primera requiere exceder estas líneas; pero brevemente podemos aseverar que la agrupación abarca el son desde todos sus aspectos, incluido uno escasamente abordado hasta ahora: el repertorio de sones que conforma nuestro cancionero hispánico tradicional.

En otro sentido, Alain Pérez propone una maquinaria en la que se centrifugan disímiles elementos, a través de procesos compositivos que abarcan la entremezcla, ensamblaje y posterior devolución de aquellos en cada álbum. En su búsqueda de lo sonero, Alain realiza un viaje a la semilla, y redescubre prácticas raigales del son en su pueblo natal, del que también su padre asimiló la savia que luego devuelve en las letras de muchas de las canciones grabadas por Alain. Asimismo, Pérez se acoge a la timba como macroestructura para la mayoría de sus temas, y, a su vez, a una línea indiscutiblemente cubana que solidifica la fórmula sonero-timbera: la rumba. Bien decía acerca de este tema el musicólogo Danilo Orozco, que la rumba y el son, o las rumbas y sones cubanos, caminaban en paralelo; pero no alejados entre sí, e influían prácticamente en todas nuestras músicas populares.
Esta selección ―realizada de forma respetuosa y sin incurrir deliberadamente en la exclusión de otras orquestas, conjuntos y agrupaciones actuales, sino por causa de tiempo y espacio―, permite afirmar que el son como género, lo son como giro y movimiento del corazón, y lo sonero como categoría y cualidad estilística devienen en un arquetipo dinámico, capaz de articular, asimilar, desarrollar, retrotraer e influir notablemente en la concepción y transformación de otros géneros como la timba.
Ahora que el Son ha sido declarado Patrimonio Inmaterial de Cuba y para el mundo, resta preservarlo, grabarlo, desarrollarlo y explorar desde él nuevas estéticas, a fin de que su práctica permanezca viva en la loma, el llano, la ciudad y más allá de las Antillas.
