La obra de Juan Moreira ha recorrido, y recorre, un intenso sendero matizado por ideas y por realidades que poco a poco han ido marcando el paso de su tiempo: los últimos 50 años del siglo XX cubano. Y más, porque ya despega hacia el futuro.

El amor al hombre (a la especie humana, más específicamente) y al cuerpo en el que habita la espiritualidad, han sido horcones que soportan, incluso, las variantes que impone en su ascenso su creación.  

Caballo de tres cabezas y sol, Juan Moreira.

¿Cómo fueron sus inicios en el arte?

Comencé hace tanto tiempo que ni me acuerdo. Tendría seis o siete años; eso nace con uno. Todo el tiempo dibujaba y me fijaba de los muñequitos.

¿Se fijaba de las historietas?

Sí, copiaba las historietas. Muchas veces no quería ir a la escuela porque prefería seguir pintando, y eso provocaba tremendas broncas con mi vieja.

¿Hubo algún camino profesional?

Cuando tenía como once o doce años, en la cuadra donde vivía, en la barriada de Santos Suárez, en La Habana, abrieron una compañía de vallas anunciadoras. Estaba en pleno apogeo la propaganda comercial. Un día les dije a “los viejos” que no quería ir más a la escuela, que lo que quería era entrar en ese taller.

Los pintores comerciales, que eran excelentes, pintaban figuras, cabezas, manos tomando refrescos y fumando… Dejé la escuela y me contrataron como aprendiz. Así conocí el oficio de pintor comercial. Triunfa la Revolución y comienzo a hacer las gestiones para entrar en la Academia de Artes de San Alejandro, pero entonces exigían el sexto grado. Tuve que matricular en una escuela nocturna, alcancé el sexto grado y fui directo para San Alejandro. Me gradué meteóricamente, y lo que me ayudó fue la experiencia acumulada en el trabajo de las vallas comerciales.

El oficio…

Entré en primer año, hice promoción y en ese curso terminé dos años. Después entré en tercero, hice promoción y terminé. En resumen, en dos años hice cuatro.

¿En qué especialidad?

En pintura, pero también recibí clases de modelado en barro. A través de los años he tenido muchos amigos escritores, pintores, músicos… He leído y me he preocupado por cultivarme.

“Soy feliz porque muchos de mis alumnos son hoy importantes pintores y sus nombres se inscriben dentro de lo más destacado de las artes plásticas contemporáneas”.

Ha sido profesor. ¿Qué importancia le concede a la figura del maestro dentro de la enseñanza artística, particularmente de la plástica?

Cuando me gradué, en 1963, me ubicaron en la Escuela Vocacional de Artes Plásticas de Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud) y allí permanecí dos años. Luego me trasladaron para el municipio de Güines, en la provincia de La Habana, donde trabajé en un taller vocacional para obreros, amas de casa y jóvenes estudiantes de las enseñanzas media y preuniversitaria. Tenía un carácter muy abierto. Permanecí cuatro años. He sido profesor durante 15 años, y de ellos, 11 en San Alejandro. Cuando uno es profesor, a veces los alumnos te ayudan. Hay discípulos muy buenos y otros no tanto, pero como generalmente son jóvenes, sus propuestas son muy interesantes. Puede que les falte la técnica o el oficio, pero tienen una gran imaginación.

¿Retroalimenta?

Así es. Y soy feliz porque muchos de mis alumnos son hoy importantes pintores y sus nombres se inscriben dentro de lo más destacado de las artes plásticas contemporáneas. Me gusta creer que hay algo de mí en ellos.

Considero que la enseñanza artística es fundamental. Mi ejemplo personal no es de los más felices, pero creo firmemente en el estudio. En Cuba existe una estructura que, aun con problemas, garantiza que el estudiante vaya escalando los diferentes niveles. Es bueno estudiar a partir de un sistema que incluye profesores y materiales; todo ello propicia y completa la más rápida formación de un artista. Es importantísimo, porque se les ofrece todas las posibilidades.

Y se ahorran tropiezos…

Y se llega más rápido.

Un crítico afirmó de su obra: “Cuando Moreira pinta es como si se estuviera copiando a sí mismo”, ¿coincide?

Pienso, por ejemplo, que el que pinta o el que escribe, inconscientemente, tiende a reflejar su vida, su sensibilidad, sus misterios. Quieras o no, aflora la forma de ser de uno, la idiosincrasia. No sé si respondo la pregunta.

“Cuando Moreira pinta es como si se estuviera copiando a sí mismo”.

¿Siente entonces que se está reflejando en su trabajo?

Sí, en la línea, en el color, en muchas cosas.

Usted se está viendo a sí mismo en varias etapas y de distinta manera, porque ha transitado por lo que se llamó “realismo mágico”, después por una etapa “erótica orgánica”, y luego se acercó a esculturas africanas e indigenistas. ¿Se trata de un retrato por tiempos?

El arte es como la vida. Hay un proceso de nacimiento, crecimiento y maduración. Uno no piensa exactamente igual cuando tiene 20 años que cuando llega a los 30, los 50, o los 60… Cuando pintas a los 20 años lo haces con un sentido, un sentimiento, y estás comunicando tu forma de ser a esa edad. Cuando vas madurando, tu arte va cambiando. Así pienso. Por ejemplo, la poesía de los grandes poetas no es la misma cuando son jóvenes que cuando tienen más edad. Está hecha por la misma persona, con la misma sensibilidad, pero el resultado es completamente distinto.

Sin embargo, hay un hilo conductor…

Sí, eso sí. Creo en la coherencia.

Entonces, en la etapa de “realismo mágico”, que fue la primera en que se movió, ¿cuáles eran los temas fundamentales y las inquietudes esenciales?

Los pintores pintan, y después viene la crítica y les cuelga un cartelito: que si esto es “realismo mágico”, que si es “expresionismo”, que si esto, que si lo otro. Cuando pinto nunca pienso, es decir, no me digo: “Voy a hacer esto que tiene que ver con este estilo”. No. Cuando tuve una etapa en que pintaba la naturaleza también reflejé la épica cubana y los patriotas de las guerras de independencia. Los críticos decían que era el realismo mágico, pero era eso: flora y fauna. Después, lo “erótico orgánico” —también le pusieron ese cartelito—, que es una pintura más plana de color, donde parto de la vegetación.

¿Erotismo a través de la vegetación?

Sí, todo son flores y árboles con colores planos. La forma es color plano. Alguien dijo que era “erótico orgánico”. Fueron etapas de muchos años, seis, siete, no sé. Lo que estoy haciendo desde hace varios años parte de las leyendas, las historias de los pueblos de Oceanía, de los mayas, los aztecas, los incas, de nuestro propio país, de las culturas africanas. He leído sobre ello y lo he procesado culturalmente.

No como un reflejo…

No. Somos un país de mezclas culturales: españolas, africanas, chinas… Todo eso influye en uno desde que es niño, así como la santería y mil manifestaciones más.

Caballo de tres cabezas en azul, Juan Moreira.

Lo que sí está claro es que el hombre se encuentra en la médula de su quehacer.

Siempre he tratado al hombre; es lo que más me interesa. El hombre es el centro de la vida. No me refiero al género masculino o femenino, sino a la especie humana.

A pesar de la etapa que los críticos llaman “erótica orgánica”, creo que el erotismo está, de una manera u otra, presente en todo momento en su obra.

También lo creo. Se habla de pintura erótica, pero no es más que el amor al cuerpo, al ser humano, que es, en definitiva, amor todo.

“Siempre he tratado al hombre; es lo que más me interesa”.

Hablaba de colores planos…

El color en la etapa de lo “erótico orgánico” era más plano; nunca ha sido muy fuerte ni muy brillante. En la etapa actual influyen más los tonos sienas, azules y ocres. Van saliendo solos.

Veo que utiliza mucho acrílico. ¿Lo prefiere antes que al óleo?

He trabajado el óleo durante años. Hace mucho que utilizo acrílico porque permite las transparencias. Como el acrílico es más rápido y se diluye en agua, aplico una veladura y a los 15 minutos puedo dar otra. Con el óleo hay que esperar días para que seque.

¿Esa prisa a la hora de trabajar no pone en riesgo la obra?

No se trata de prisa. Das una veladura y a los 10 o 15 minutos puedes aplicar la otra, y ellas son las que conforman el claroscuro, el volumen. Utilizando óleo, el mismo cuadro demoraría un mes; con acrílico, una semana.

¿Tiene premura al trabajar?

No es que tenga premura, es que siempre aparecen proyectos nuevos.

Sé que muchos artistas piensan que el óleo tiene un misterio especial que es incapaz de descifrarse…

Cuando ves una obra mía, el resultado es el mismo con óleo que con acrílico. Hay un elemento que tiene que ver con el estilo de cada cual: si usas mucha pasta y eres más expresionista, a lo mejor puedes trabajar más cómodo con óleo. Por ejemplo, en los casos de Flora Fong o Nelson Domínguez es más permisible, más afín, porque ambos trabajan a base de manchas, de expresión. Esa manera de hacer también hay que tenerla en cuenta.

Hubo un tiempo en que la Habana Vieja fue inspiración de su obra…

Hace muchos años, no recuerdo exactamente cuántos, tenía un estudio en Mercaderes no. 2, al doblar de la iglesia de la Catedral. Ahí viví un largo tiempo. Me encanta la Habana Vieja, es una ciudad inspiradora. Allí realicé las diferentes ediciones de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicado por el Instituto Cubano del Libro.

Entrevista publicada en La Jiribilla en 2002. Integra el volumen Luces y sombras, publicado por Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

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