La mañana en que La Habana paró por Raúl
El sol de las 7:30 de la mañana no calienta todavía. Es viernes 22 de mayo y la Tribuna Antiimperialista José Martí comienza a llenarse por la convocatoria de la Unión de Jóvenes Comunistas, las organizaciones de masas, los colectivos estudiantiles y los movimientos juveniles. La consigna flota en el aire, pegada a cada bandera: condenar un acto, despreciable e infame, en el que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos intenta imputar sin pruebas al General de Ejército Raúl Castro Ruz, Líder de la Revolución cubana.
Pero quien camina entre la multitud lo sabe bien: aquí se viene a abrazar una memoria, a reafirmar un compromiso, a decirle al mundo que “Raúl es Raúl” no es un eslogan, es una biografía.
A las 8 de la mañana, la Tribuna ya es un hervidero de rostros. Hay abuelos con gorras del Moncada, jóvenes con la estrella de los CDR en el pecho, niños sobre hombros que apenas entienden el bloqueo, pero intuyen. Las pancartas no piden perdón: “Ni amenazas, ni bloqueo, ni cerco energético, ni falsas acusaciones”.
“…aquí se viene a abrazar una memoria, a reafirmar un compromiso, a decirle al mundo que ‘Raúl es Raúl’ no es un eslogan, es una biografía”.
El presidente Miguel Díaz-Canel horas antes, en X, había escrito: “No se irrespeta a los héroes de la Patria; no se ofenden historia y tradiciones sin respuesta. No en Cuba”. Ahora, desde la tarima, lo que se dice es sencillo y total: “El General de Ejército es Cuba, y a Cuba se respeta”.
Luego toma el micrófono Gerardo Hernández Nordelo. Héroe de la República, coordinador nacional de los CDR. Hombre que conoce el peso de las acusaciones falsas porque él mismo vivió cadenas en el imperio. Su voz no tiembla. Es como un machete bien empuñado.
Lee un mensaje de Raúl Castro: “Mientras viva, continuaré marchando al frente del pueblo en defensa de la Revolución”. La multitud estalla. Entonces Gerardo suelta la frase que resume el día: “Mientras haya un cubano con el puño en alto, esa acusación será repelida”.
Y luego viene la pregunta que todos se hacen en silencio: “¿Qué país soberano toleraría 25 violaciones de su espacio aéreo sin tomar acción?”. Porque habla de 1996, de las avionetas de Hermanos al Rescate, de la legítima defensa. Habla de los Cinco Héroes. Habla de Guantánamo. Habla de Trump y de las 200 personas muertas en aguas internacionales por una sospecha. Habla, en fin, de una justicia que tiene dos medidas.
Cuando termina, nadie aplaude. La gente ondea banderas.
Entonces toma la palabra Betina Valenzuela Corcho. Es hija de Adriana Corcho Calleja, la funcionaria de la embajada de Cuba en Lisboa que murió el 22 de abril de 1976 al estallar una bomba. Betina tenía 12 años. Ahora tiene más de sesenta, pero su voz sigue siendo la de esa adolescente a la que le arrancaron la madre de golpe.
“Una adolescente que pierde a su madre a los 12 años, destrozada por una bomba con dos hermanos menores, no puede ser nunca más una muchacha como las otras”, dice. El silencio se hace líquido.
Habla de su madre: sencilla, costurera, afable. Y también heroica, porque avisó a los demás antes de que el artefacto explotara. Luego, Betina mira a la tarima y suelta: “Cuba entera está contigo, te seremos siempre fieles”. “Raúl es Raúl. Patria o muerte, venceremos”, concluye la oradora.
¿Por qué “Raúl es Raúl”? ¿Qué significa eso? ¿Por qué esa frase, casi familiar, casi secreta, circula de boca en boca como una contraseña?
Raúl es Raúl porque no es un título, es una historia. Porque asaltó el Moncada cuando apenas tenía 20 años. Porque fue expedicionario del Granma y combatió con siete fusiles. Porque fundó el Segundo Frente Oriental y aprendió la guerra en la Sierra, pero también la paz en los libros. Porque fue hermano de Fidel y su escudero más leal. Porque modernizó el ejército sin perderle el alma popular. Porque impulsó el diálogo con Estados Unidos sin pedir permiso. Porque después de décadas de desgaste, sigue marchando al frente, no por poder, sino por coherencia.
Raúl es Raúl porque en Cuba, cuando alguien dice ese nombre, no está hablando de un general retórico. Está hablando de un hombre que estuvo en la trinchera, que enterró a sus compañeros, que lloró en privado y ordenó en público. Es la síntesis de una generación que lo dio todo para que este pedazo de tierra no volviera a ser colonia de nadie.
Por eso el pueblo sale a la calle. Por eso la Tribuna Antiimperialista se llena antes del amanecer. Porque no defienden a un funcionario, defienden a un símbolo. Y porque saben, como dijo Gerardo Hernández, que la acusación contra Raúl no es jurídica: es política, es colonial, es torpe.
Raúl es la síntesis de una generación que lo dio todo para que este pedazo de tierra no volviera a ser colonia de nadie.
El sol ya está alto cuando la multitud comienza a dispersarse. Pero nadie se va del todo. Las banderas siguen ondeando en los balcones, las consignas se quedan pegadas en las paredes, el eco de “Raúl es Raúl” recorre el Malecón.
Alguien, levanta un cartel escrito a mano: “Aunque nos llamen terroristas por defendernos, seguiremos siendo libres”.
Y esa es la crónica, la de una mañana en que La Habana decidió parar para recordarse a sí misma quién es. Y para decirle a Washington, sin estridencias, pero sin miedo: Aquí no hay acusados. Hay un pueblo. Hay un General. Hay dignidad. Raúl es Raúl, y eso, señores del imperio, no lo van a entender nunca.

