La solidaridad y la resistencia de los pueblos
Todos los cubanos debieran saberlo. Pero las palabras se achican ante las vivencias. Puedo decir que en un teatro de Berlín, sentadas en las butacas y en el piso, en la platea y en el balcón, hasta no caber un solo ser humano más, casi 700 personas, y sobre todo, cientos de jóvenes, se reunieron para escuchar a dos cubanos recién llegados hablar de Cuba, de su resistencia, y ofrecerles su apoyo incondicional. Una de las interlocutoras era una mujer singular; no por sus vínculos de sangre con un héroe mítico, aunque también por eso, sino por su conducta como médico internacionalista y su apoyo a las causas más justas. Para un pueblo nuevo, al decir de Darcy Ribeiro, la pertenencia no se obtiene por vía sanguínea, sino por elección y entrega: hay cubanos nacidos en otras tierras o hijos de extranjeros, que son más cubanos que algunos mal nacidos aquí con una larga ascendencia en el país. Solo algunos ejemplos: José Martí, Máximo Gómez, Alejo Carpentier, Ernesto Che Guevara.
Nacimos en Cuba, pero elegimos ser cubanos, hijos de su Revolución. En cada ciudad de Alemania donde estuvimos, encontramos la misma avidez de saber, el mismo sentimiento solidario, la misma certeza de que representábamos a un pueblo con historia, a un país enorme en sus breves límites geográficos, cuya extensión no se medía por tierras conquistadas o subordinadas, sino por la solidaridad compartida, el pan único repartido entre dos, entre todos, por la estrella solitaria de la bandera que se multiplicaba, hasta hacer efectiva la sentencia martiana: Patria es Humanidad.

Así fue en Berlín, donde Aleidita recibió el premio Rosa Luxemburgo en nombre del pueblo cubano, en Leverkusen, en Frankfurt. Así fue en Berna, Suiza. Cientos de personas en cada espacio, venidas de cualquier ciudad. Mientras en otras capitales europeas, miles de manifestantes salían a la calle para defender el derecho ganado por Cuba a decidir su destino. Estábamos allí por unos pocos días, y la solidaridad que brotaba espontánea nos recordaba lo importante que es Cuba, su resistencia, para todos los pueblos. Palestina, Irán, nos necesitan; nosotros los necesitamos a ellos. Los manifestantes de Minneapolis nos necesitan. El mundo que nace nos necesita, y desde hace muchas décadas está poblado de médicos y enfermeros, de maestros e ingenieros, que construyen en silencio la hermandad futura. Allí y aquí convocamos la paz, pero sabemos que la guerra es una posibilidad real. Y queríamos estar aquí, con los nuestros, para vivir y vencer o morir con los nuestros. Conocí o reencontré a gente maravillosa, amigos que podemos no ver en años, pero que nos acompañan siempre. En Alemania, compartimos las jornadas con Jonas, Katja, Petra, Patrick, Andrea, Nick, Soren, Ariane, el cubano Justo y muchos más; en Suiza, con Sami y Magdalena, una pareja de suizos consagrados a la solidaridad. Otras voces se escucharon, como la del médico suizo Franco Cavalli, la venezolana Julieta Daza, o el intelectual hispano-francés Ignacio Ramonet.

Por eso repugna tanto la actitud de los que piden la invasión a Cuba, la destrucción y la muerte de las instituciones y las personas que los formaron y trabajan en la isla donde nacieron, maldicen los apagones y al imperio que los provoca, pero se yerguen cada mañana con la decisión de no claudicar. Sorprende y repugna que algunos salten del barco a tierra firme, porque calculan mal y ya no creen que se sostenga en alta mar. Puedo entender la cobardía de esos ex marineros, la decisión personal de quienes se apartan por cansancio o razones personales de cualquier índole, la incomprensión de que hipotecan el futuro propio y de sus familias. No tienen por qué colaborar con el agresor, contribuir a la confusión con declaraciones repentinas que los sitúan en las antípodas de lo que siempre fueron. Hay quienes se declaran martianos, viven de Martí, pero asumen el lenguaje y hacen suyas las acusaciones del imperialismo. No piden la invasión, pero la facilitan, apoyan la guerra cultural que nos fracciona. Traicionan el sentido más profundo de su prédica, porque todo lo que hizo, según dijera, fue para impedir que los Estados Unidos se apoderaran de Cuba y cayeran, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. No se es martiano o marxista por saberse cada texto de sus respectivas obras; para serlo —y en ello confluyen ambas doctrinas emancipadoras—, hay que ser antimperialista. En tiempos difíciles siempre aparecen zanjoneros que abogan por la paz sin independencia, es decir, sin socialismo; pero son más los necios que protestan ante las carencias, y piden su AKM para defender la Patria. Es un pueblo que piensa y siente: rebelde ante los errores propios, pero intransigente ante el invasor. Es la dicotomía de las tempestades: los que abandonan y los que resisten, luchan, y crean.

Cuba es un símbolo y es un país real. “A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás”, escribía José Martí. Hay un país de hombres y mujeres reales, dignos, dispuestos a salvar la Patria







