Por Rubén Darío Salazar

¿De qué habla el teatro para niños y niñas de la isla más grande de las Antillas? ¿Qué encuentra el público infantil en los espectáculos que los profesionales y aficionados de la escena nacional les ofrecemos? ¿Qué necesitan ahora mismo nuestros espectadores infantes? Son preguntas que van y vienen en mi mente, en medio de los desafíos cotidianos que enfrenta la familia cubana.

Hemos pasado, hace ya buen tiempo, de las influencias absolutas de las historias de los cuentos clásicos y sus planteamientos llenos de magia, al intercambio de aquellos relatos con textos de nuestros autores de hoy, piezas dramáticas que abordan (no todo lo que se precisa) problemas como el racismo, las desigualdades sociales, los evidentes cambios climáticos, la aparición de enfermedades y epidemias difíciles de combatir, la nefasta utilización de la inteligencia artificial que reduce el cerebro y el alma de nuestros pequeños y pequeñas, más la existencia de tensiones geopolíticas que dividen a los países y provocan guerras que establecen zonas de amigos y enemigos sin esperanzas de concilio.

“Estamos obligados a desarrollarnos constantemente, a elevarnos ante cualquier atisbo de puerilidad, mediocridad o vulgaridad. Podemos conseguirlo. Será necesario marchar de conjunto, sin convertirnos en islas dentro de una isla”.

En medio de tanta calamidad social y humana, nuestras producciones escénicas deberían intentarlo todo. Estar atentos a la vitalidad y calidad artística de lo que entregamos es poder ofrecer un resultado que permita a los públicos emociones legítimas, de esas que incitan la imaginación y el desarrollo intelectual. Hacer que se comprendan las diferentes perspectivas y realidades para conseguir una mejor convivencia. Vigorizar con nuestro trabajo la autoestima y la autoconfianza de nuestros pequeños y pequeñas. Lograr que nuestro arte ayude a reducir el estrés y la ansiedad generada por este difícil período. Resguardar de los fuertes vientos la memoria cultural de lo que hemos sido, somos y seremos, tanto a nivel teatral como de país ante la creciente superficialidad global, hacer conciencia sobre la inutilidad de conflictos bélicos que solo provocan maltratos y muertes a nuestros infantes.

Me encantaría poder hablar con más optimismo en este mensaje, más lo utópico gana terreno. Cada vez son más ineficaces las invocaciones, embrujos, y los hechizos de los cuentos antiguos. Soy consciente de que el teatro para niños, niñas y jóvenes cubanos no podrá conseguirlo en solitario, o sea, sin el apoyo de las instituciones responsables y de los propios artistas y técnicos, público incluido. Demasiado que reparar, cuidar y mantener. Estamos obligados a desarrollarnos constantemente, a elevarnos ante cualquier atisbo de puerilidad, mediocridad o vulgaridad. Podemos conseguirlo. Será necesario marchar de conjunto, sin convertirnos en islas dentro de una isla.