Buenas tardes.

En el prólogo a uno de los libros de fotografía de Roberto Salas, el reconocido escritor Reynaldo González redactó estas frases: “Justicia de la imagen, poesía de la imagen”. Me gustaría apostillarlas, de manera sintetizada, unir los conceptos y decir que esta tarde, más que a la entrega de un premio muy merecido, estamos asistiendo a un acto de verdadera justicia poética.

Y es que la obra de este fotorreportero, fotógrafo independiente y artista visual logró articular el registro documental de la historia y el ensayo fotográfico en su mejor vertiente, con la gestación iconográfica de una estética indiscutible. En cualquiera de esas maneras suyas de gestar imágenes se trató de arte. Se trata de arte.

Roberto Salas con solo dieciséis años produjo una fotografía que, de haberse hecho en el presente, la era de las tecnologías de la comunicación, hubiese dado la vuelta al mundo en solo segundos o como se dice hoy, hubiese sido viral. En 1957 no existía Internet, sin embargo, la noticia y la imagen fueron publicadas en cuatro de los siete periódicos más importantes de Nueva York. Me refiero a “La señora y la bandera”, fotografía resultante de la audaz acción en que un grupo de revolucionarios del Movimiento 26 de Julio colocó en la cabeza de la Estatua de la Libertad la enseña del movimiento. Mejor acción divulgadora se me antoja imposible.

“Y es que la obra de este fotorreportero (…) logró articular el registro documental de la historia y el ensayo fotográfico en su mejor vertiente, con la gestación iconográfica de una estética indiscutible”.

Después, el joven Roberto, que había nacido y se había criado en el Bronx, viajó a Cuba en los primeros días del triunfo de enero de 1959 (el día 2 para mayor precisión) y se instaló, pues no tenía hogar en La Habana, en el edificio del Palacio Presidencial, en el cuarto de revelado que antes había sido del fotógrafo de Fulgencio Batista. Desde allí tomó otras imágenes extraordinarias, como es “Enero” (también conocida como “Fidel y el Che”), su preferida, que registra un momento de complicidad entre ambos comandantes en aquellos primeros días del triunfo, para lo que aprovechó el instante perfecto (como diría Cartier Bresson) del encendido de un tabaco, llama mínima que resolvió la suficiente luminosidad para obturar. Días después, su padre, Osvaldo Salas, uno de los más grandes fotógrafos cubanos, y bajo cuya sombra se inició nuestro artista, regresó a la Isla y juntos trabajaron reteniendo momentos cardinales del turbión revolucionario.

Como pretendo con estas palabras resaltar al Salas artista, llamo la atención sobre dos ensayos fotográficos realizados por su voluntad libérrima en sus inicios dentro del oficio, es decir, no cumpliendo indicaciones de trabajo, sino respondiendo a esa demanda interior que gobierna a todo creador. Me refiero a El último Cabildo de Yemayá y la muestra Tumba, Bembé y Batá. La segunda resultó ser su primera exposición en una galería y es desconocido casi universalmente que la muestra recibió numerosas críticas elogiosas entre las que destacaron las de Roberto Fernández Retamar, Sandú Darié, Mariano Rodríguez y Argeliers León, quien escribió el texto del catálogo. Ambas series de fotografías fueron realizadas en 1961 y 1963, Roberto con 21 y 23 años de edad respectivamente. Estamos hablando de un joven buscándose a sí mismo, alguien cuya mirada deseaba un horizonte más vasto que el que le proporcionaba el periodismo, Roberto escapó del trabajo dirigido del fotorreportero para experimentar en la fotografía testimonial libre y creativa. Puntualizo esto porque considero que Salas, como artista en ciernes, tuvo que tomar tempranamente algunas decisiones estéticas para comenzar a labrar su obra. El arte es también eso, decisiones personales a cada instante en favor de la creación. Pudiera pensarse que estos ensayos mencionados fueron ejercicios de aprendizaje y se cometería un error; resulta que, vistos hoy con rigor y ojo crítico, son dos excelentes conjuntos de fotografías que revelan una gran madurez en la mirada del muy joven Salas. También revelan su temprano interés por el ensayo sociológico y cultural. Todavía en el presente son trabajos prácticamente desconocidos por el gremio fotográfico y la crítica especializada (las fotos de El último cabildo de Yemayá se exhibieron por primera vez 47 años después de tomadas). Sobre este ensayo, un crítico de arte tan avezado como Orlando Hernández, escribió que se trataba de “imágenes extraordinarias”, juicio con el que coincido plenamente.

A los fotógrafos de la denominada fotografía épica (afortunada etiqueta debida a María Eugenia Haya, Marucha) se les encasilló en un primer momento y de manera indiscriminada como meros registradores de historia documental. Después, los estudiosos de nuestra fotografía reaccionaron y se dieron cuenta de que ese registro había sido realizado con mucho talento y artisticidad; se percataron de que en otras latitudes grandes maestros de la fotografía del siglo XX lo habían hecho de manera similar y los nuestros, en ningún caso, habían sido inferiores. En realidad, se reunió en aquel momento, la década espléndida de la Revolución cubana, los años sesenta del pasado siglo, un puñado de talentosos fotorreporteros que dejaron un legado hermoso de la turbulencia de una sociedad virada al revés con la quimera de construir un mundo nuevo. Ellos lo hicieron inconscientemente, obturaron el lente una y otra vez y las imágenes resultantes destinadas a periódicos y revistas presentaron una calidad relevante. Hoy son el testimonio insuperable de aquellos tiempos de fundación.

“No es posible mantenerse indiferente ante esas fotografías registradas con mano y mirada maestras por nuestro artista”.

Roberto acompañó al líder de la Revolución en innumerables viajes dentro y fuera del país logrando muy buenas fotografías que hoy pertenecen al legado iconográfico de la imagen de Fidel Castro. Repito aquí lo que le dije en varias oportunidades a Roberto: en esas fotografías se advierte que el modelo se sentía muy cómodo con el fotógrafo.

En la revista INRA y luego Cuba, en el periódico Revolución y luego en Granma, las instantáneas de nuestro artista dejaron un diorama de escenas del país en su momento más intenso de construcción de una sociedad otra. Sobre la estancia en Revolución merece la pena recordar que aquel fue un espacio cultural por excelencia y que tanto los fotógrafos como los reporteros maduraron aceleradamente. En ello fue determinante Carlos Franqui, al promover debates de ideas sobre formatos visuales y estética periodística, junto a las exigencias de la propaganda política. Salas reconoce que ese aprendizaje fue duradero en su formación.

Hay otros ensayos fotográficos que a mí me parecen fundamentales en su obra. El primero data de finales de los sesenta y primeros años de los setenta, cuando Salas, después de solicitarlo a Celia Sánchez, estuvo varios años en Viet Nam documentando la guerra de su pueblo contra la agresión norteamericana. Al término de su labor, recibió una alta condecoración estatal con la que ese pueblo y gobierno agradecieron su servicio. Esta nueva etapa de su vida profesional arrojó resultados notables, incluso, a juicio del propio Salas, son esas imágenes con las que se siente más satisfecho de toda su extensa obra como fotorreportero. Se puede o no coincidir con él, dada la extensión y calidad de su producción visual, pero lo cierto es que ese conjunto de impresionantes fotografías contribuye a entender mejor la estética de Roberto Salas y su ética personal y artística.

Hay fotografías que, de haberlas conocido, estoy seguro le hubieran arrancado una opinión elogiosa a Susan Sontag, una de las más reconocidas estudiosas de la fotografía y que, en su interesante libro El dolor de los demás (2003), volumen sobre la fotografía, las guerras y la violencia, dijo que cuando hay fotografías que lo testimonian, lo bélico se vuelve más real, negando la concepción muy generalizada en Occidente de concebir la guerra como un espectáculo. Las imágenes que tomó Salas en Viet Nam condenan la barbarie de la guerra y la remiten a su condición única posible, la de aberración del hombre y de la política. No es posible mantenerse indiferente ante esas fotografías registradas con mano y mirada maestras por nuestro artista. Los niños sentados en el borde del cráter producido por una de las millones de bombas lanzadas por los aviones estadounidenses en ese país nos estremecen; los niños sonríen y oponen su ingenuidad y alegría propias de la edad a la huella de la destrucción. Es una pieza fundamental de la fotografía cubana. Para Salas, Viet Nam fue una experiencia personal única, de esas que transforman y gravitan por siempre en el ser.

“…este es un premio extensivo a la fotografía cubana en general”.

En 1972 Roberto decidió convertirse en artista independiente, decisión que contribuyó a moldear su obra, pero fue en 1994 cuando dio un giro temático inesperado en su trabajo y comenzó a realizar fotografías de hombres y mujeres desnudos, ya sean solas o combinadas con las nervaduras de las hojas del tabaco o la violencia de peleas de gallos o la arquitectura citadina o con el agua torrencial, en clara alusión a que el cuerpo humano es la metáfora visual del universo. El cuerpo y sus significaciones concentraron su atención, y su mirada se involucró con curvas, pieles, rostros y poses. Se estaba produciendo en ese momento el trance del fotógrafo reportero al artista en estado puro, al gestor de imágenes que buscan la belleza y el sentido poético para consagrarse. Y es que este hombre ha poseído y ha sido poseído por una indetenible sed de belleza. Fue una sorpresa para muchos y para él un desafío en solitario del que salió muy bien parado. Comenzaron por esos años a publicarse los libros con sus nuevos trabajos: Tabaco, el erotismo de un aroma (1999) y Epigramas (2004), que dieron cuenta de esa mutación.

El otro ensayo al que me quiero referir es Así somos los cubanos, de 2007. Su propósito evidente fue crear un retablo de fisonomías del país, gente común que el artista identificó con sus ocupaciones sociales a partir del vestuario y de algunos aditamentos propios de sus oficios y profesiones. No hay nombres, no hay títulos al pie, solo rasgos, poses y miradas; con estas imágenes Roberto documentó la identidad visual de la población cubana, al utilizar un set común para todos los modelos. Siempre me pareció y aún me parece que es un trabajo fuera de serie dentro de nuestra fotografía. En su caso, fue la demostración de un gran interés por conocer y profundizar en nuestra sociedad y nación desde la visualidad.

Dos libros más recientes condensaron panorámicamente la obra de este artista: La mirada infinita (2017) e Imágenes de la memoria (2020), con lo que su producción iconográfica y la crítica sobre la misma quedaron debidamente registradas. En el más reciente de esos volúmenes se compilaron 62 exposiciones personales y 75 colectivas, datos que refrendan una muy activa e intensa vida artística.

Puedo estar hablando mucho tiempo sobre el trabajo de Roberto Salas, pero no es la oportunidad. Ojalá la Universidad de las Artes se decida a analizar la propuesta que le hice hace ya un buen tiempo (más de siete años) de otorgarle el Doctorado Honoris Causa por su obra, tal como se le otorgó en 2004 a otro gran maestro del lente, Raúl Corrales. Ojalá se haga posible que la alta casa de estudios de la cultura tome esa decisión, sería la oportunidad de ampliar estas consideraciones en un medio académico.

Deseo añadir antes de concluir que este es un premio extensivo a la fotografía cubana en general. De 33 premios nacionales otorgados desde 1994, solo dos habían beneficiado a artistas del lente, hoy son tres con este, lo que equivale a menos del 10 por ciento del total, muy pocos para un género artístico de una gran vitalidad. Y es que la fotografía cubana despegó desde finales de la década de los noventa del pasado siglo con una fuerza increíble; otro grupo de creadores, jóvenes en ese instante, produjo la ruptura: René Peña, Abigail González, Marta María Pérez, Cirenaica Moreira y Juan Carlos Alom, entre otros, protagonizaron ese punto de inflexión que colocó a la fotografía artística en zona de avanzada de nuestras artes visuales. Personalmente creo que pudo haber habido otros premiados más en esa saga, como por ejemplo Alberto Díaz Korda, quien el año previo a su fallecimiento fue finalista, pero el jurado decidió dárselo, después de fuerte brega, a un relevante pintor, pues ha sido la pintura el género mayoritariamente premiado. En esta ocasión, también en reñida pelea dentro del jurado, salió seleccionado finalmente Roberto Salas, quien llevaba muchos años siendo nominado por la Biblioteca Nacional José Martí. Como ya expresé, se hizo justicia poética.

“…el legado de Roberto Salas es en sí una recreación antropológica del cubano en su totalidad artística, sociológica y estética”.

Si unimos los puntos nodales del recorrido delineado en estas palabras, si hilvanamos los cruces de caminos que se producen en la obra de Roberto Salas y que he marcado rápidamente para su identificación, no habrá mucha dificultad en concluir que han sido el hombre y la mujer, el ser cubano, el centro de su trabajo. Ya sean los rebeldes que hicieron posible derrotar a la tiranía batistiana, las personas que en Nueva York apoyaron la causa revolucionaria, la población que de manera apoteósica recibió el triunfo de 1959 como algo propio, los cubanos que, modestamente desde sus puestos de trabajo, intentaron levantar una sociedad nueva, los fieles religiosos en el culto y devoción sinceros a sus deidades afrocubanas, los cuerpos de mujeres y hombres que evocan en sus hermosas y exultantes anatomías otros símbolos plásticos, eróticos e identitarios, si establecemos esa conexión, insisto, se podrá apreciar que el legado de Roberto Salas es en sí una recreación antropológica del cubano en su totalidad artística, sociológica y estética. Y cuando hablo de totalidad trato de resumir en ese concepto lo que define mejor su trabajo, pues es una obra total, una mirada poliédrica y escrutadora a nuestro país, una manera muy personal de recorrer su piel, sus hombres, su cultura y su historia y convertirlos en imágenes desde los secretos de la fotografía.

Felicidades querido amigo, al final se hizo justicia y el Premio Nacional de Artes Plásticas se enriquece y prestigia con tu nombre y con tu obra. Enhorabuena. 

*En acto celebrado esta tarde en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana, fue entregado el Premio Nacional de Artes Plásticas 2026 al destacado artista del lente Roberto Salas.

En representación del jurado el crítico de arte Nelson Herrera Ysla leyó el acta; posteriormente Salas recibió el diploma acreditativo, un lienzo de Nelson Domínguez y, en representación de la Uneac, Yuris Nórido le entregó una obra de José Omar Torres. A continuación, el crítico de arte y miembro del jurado, Rafael Acosta de Arriba, leyó el elogio. Roberto Salas pronunció palabras de agradecimiento. Cerró el acto el maestro Frank Fernández con tres piezas al piano. Un nutrido público estuvo presente en la ceremonia de reconocimiento.