Cuando se cumplió el sueño largamente acariciado y Teatro El Público pudo añadir a su repertorio esta pieza de Rainer Werner Fasbinder, La Habana se asomó al Teatro Trianón para ver este espectáculo. Por esas contradicciones de la vida, siendo probablemente el montaje de Carlos Díaz que con mayor unanimidad ha recogido elogios a lo largo de su provechosa carrera, es también uno de los pocos que, a pesar de la acogida del público y la crítica, no pudo sumar las cien funciones que en la compañía definen el peso de sus éxitos, dejando siempre abierta la posibilidad de una temporada futura que cerrara ese ciclo. La puesta de Díaz empleaba, a su manera ya conocida, hombres en algunos papeles femeninos, y ello, que ha sido un recurso de otros directores cuando vuelven a los diálogos que muchos conocemos a partir del guion cinematográfico de Fasbinder, acá tenía una doble intención: romper la norma, pero también recordarnos que el amor, como tránsito de placer, dolor, pérdida y rehabilitación, no entiende de sexos ni género cuando nos ahoga en todo su poderío.


Cartel promocional de la obra. Diseño: Robertico Ramos Mori

 

Notable fue el vestuario de Vladimir Cuenca y el diseño de espacio escénico de Roberto Ramos Mori, que destacaban las luces de Carlos Repilado Beltrón, y un elenco afinado y tenso, con Fernando Hechavarría a la cabeza, sin tapujos ni pacatería para convertirse en una Petra de estatura casi trágica. En el Festival de Camagüey correspondiente, la obra, sin embargo, fue víctima de una de esas vendettas que el teatro y el arte cubano se propinan de vez en vez, y no recibió un solo galardón del jurado central, a pesar de las ovaciones y la confirmación de su excelencia como resultado artístico. Como asesor de la puesta, también me atreví a quebrantar una regla de oro: no salir en defensa de lo que hace mi compañía, pues al ser parte del proceso creativo ya estoy ligado a ella definitivamente, pero en aquel momento no me quise callar, porque se trataba de una injusticia mayor. El tiempo ha pasado, y ahora que Las amargas lágrimas de Petra von Kant se encamina al Kennedy Center, con varios actores de la puesta original (Yanier Palmero Rodriguez como esa Marlene intachable), recuerdo todo eso como una anécdota que me repitió las advertencias sobre ciertas pequeñas miserias, que el artista de veras ha de enfrentar con la conciencia de quien sabe firme su propósito. Espero que no le falten aplausos a Petra von Kant, regia y catártica, histérica y fría, amorosa y desgarrada, en ese nuevo escenario. Y que La Habana pueda disfrutar de nuevas funciones con este elenco que la rescata.

A muchos años de su famosa Trilogía, Carlos Díaz demostró en aquel 2008, justo hace casi ya una década, que le bastaban unos pocos actores de talento y el escenario del Trianón para seguir desenmascarando fantasmas y prejuicios. Y que ciertas cosas no se pactan, ni tienen que ver con las líneas estrechos del deseo ni la diversidad que proclaman algunos, cuando de pasiones de alta temperatura son las que entran en el juego. En alguna función, estuvo Hanna Schygulla, la musa de Fasbinder y una de las intérpretes del filme original. Busqué para ese montaje las grabaciones de Marta Strada y Mina que luego aparecieron en su banda sonora. La Habana ha seguido preguntando cuándo regresará al Trianón Petra von Kant. Que lo haga ahora, de vuelta de una de sus giras por las “grandes capitales”. Que el teatro cubano (que tendrá otro embajador en el Festival con la muy celebrada puesta de Diez millones, de Argos Teatro), se sepa en el Kennedy Center bien representado por este montaje que nos recuerda el talento y la valía de nuestros creadores, por encima de tantas lecturas equivocadas y tendencias pasajeras, y que nos vuelve a advertir que todo deseo es equívoco. Lo fue en los años 70, cuando Fasbinder dirigía su película. Lo es también ahora, nos lo dice el nuevo elenco, parafraseando a Marta Strada cuando entonaba sus himnos de batalla, en “Días como hoy”. No dejen de verla los que puedan. Y cómo no, al final, pidan autógrafos.

Fast Fasbinder Fax:

Notas al programa de Las amargas lágrimas de Petra von Kant, estreno de Teatro El Público a partir del original de Rainer Werner Fasbinder, 2008.

Querido Rainer:

Recién acabo de leer tu carta en la pides disculpas por no haber podido asistir a la apertura de mi más reciente exhibición. Filmas, escribes, actúas, quemas tu vida: eso me dices, y comprendo tus pretextos. Yo también quise ser inmortal, quise ser amada a través de mis obras, aunque no fueran más que vestidos para una colección de invierno o verano. No hay nada que disculpar. Así como algunos usan nuestras obras como prendas que ya el próximo año nadie querrá usar, hay otros (y yo pertenezco a esa clase de personas), que conoce y ama la piel de los amigos. Esa es la única vestidura que podemos apreciar.

Tus líneas me hicieron volver a tus películas, a los años de amistad en los que diseñaba para tus obras teatrales, y pasabas horas en mi apartamento, trayendo a esa gente extraña, forasteros y actores, a los cuales te empeñabas en inventarles rostros, historias, de la misma manera en que yo me empeño en inventar un nuevo cuello, una manga inusual, una prenda íntima y seductora. Qué extraño ver de nuevo esos filmes, “los grandes filmes”, leer tus obras de esa Alemania que ya no existe y en la que, sin embargo, vuelvo a mencionarte para comprender la falta de piedad que se esconde en el dolor. Qué egoístas nos hace el dolor, querido Rainer, mi amigo Rainer. El dolor que es la muerte, tras un poco de alcohol y unas pastillas.

Tú conoces mi historia, sabes una a una la brillantez de mis lágrimas, juraste contarla alguna vez. Cuántas veces me hablaste de mujeres humilladas hasta la soledad, de víctimas y monstruos a los que yo podría arropar en vestuarios magníficos, mientras el amor y la traición hacían volar esos trajes imposibles. Yo conozco tu historia, Rainer querido. Pero solo conozco tus lágrimas a través de tus personajes. A través de mis propias lágrimas. No hay entonces nada que disculpar, te digo. Vendrá el próximo año y yo anunciaré una nueva colección. Y mi secretaria te hará llegar una invitación, dentro de un sobre color rojo sangre, para que vengas, al menos por unas horas. Espero que esa colección, ese rojo sangre, no lleguen a ti demasiado tarde.

Si he aprendido el valor de la soledad, es porque hablamos tanto de ella que creemos dominarla. Tú, a tus personajes. Yo, a mis modelos. Mujeres de rostro impenetrable y perfecto, en las que el amor se hace imposible y abrasador. Así te recuerdo, abrasador e imposible. En una ciudad alemana donde todos se visten según imagino y hablan con los diálogos que tú firmas día a día. Me gustaría diseñarte un último traje. Pero sé que no vendrás y eso también lo comprendo.

Ahora es suficiente. Tengo otras cosas que hacer. Tú, otras películas. Cuando me deprimo, me voy a un cine a ver Lili Marleen. ¿Qué haces tú cuando te sientes de ese modo, cuando ya no puedes más y también el amor por ti mismo te asfixia?

Te quiere y espera siempre

Petra von Kant.

Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Rainer Werner Fasbinder, con puesta en escena de Carlos Díaz para Teatro El Público, versión de Norge Espinosa Mendoza, diseños de Vladimir Cuenca, Roberto Ramos Mori y Carlos Repilado Beltrón, se presenta en el Kennedy Center el 16 y 17 de mayo como parte del Festival Artes de Cuba. Actuaciones de Fernando Hechavarría, Yanier Palmero, Roberto Romero, Luis Manuel Álvarez, Alicia Hechavarria y Clara González.