Con Daniel Chavarría, como con otros amigos que se han ido, tengo que dejar pasar un tiempo para poder mencionarlos en un texto. Es como si no acabara de creérmelo, y en su caso, tal vez, como si no hacerlo ayudara a no pensar que es cierto, que ya no están su cultura enciclopédica y su vida llena de peripecias para hacer de cada conversación un viaje maravilloso y divertido.

Daniel Chavarría
Foto: La Jiribilla
 

Una vida que en su humildad, él creía carecía de atractivo para poner en unas memorias que después de mucho insistirle al fin le pude convencer para que escribiera, como él ha contado en el prólogo al libro Y el mundo sigue andando, recordando exactamente las palabras ante las que no tuvo más remedio que ceder.

Tuve el premio de su amistad, y conocer esa humildad capaz de responderme “es un honor”, cuando le solicité presentara mi libro Sospechas y disidencias, de someterme al manuscrito de alguna de sus novelas para que le diera mi opinión, o de pedirme que dijera las palabras de lanzamiento de sus cuentos en una Feria del Libro.

Cuando en el año 2000 recomenzamos desde el Instituto del Libro la celebración del Sábado del Libro, Daniel Chavarría fue el autor que lo protagonizó con su novela El rojo en la pluma del loro.

Ese día, tras concluir la presentación, conversando con quien terminaría siendo para mí El Chava, hablamos de sus libros La sexta Isla, Joy y sobre todo de El ojo de Cibeles, o Dyndimenio, esa novela monumental que cuenta de modo erudito la Grecia de Pericles desde la mirada de un mendigo y una prostituta. Recuerdo me dijo más o menos: “Hice esa novela cuando se cayó la Unión Soviética y aquí comenzó a faltar todo.  Yo  me negué a escribir sobre lo que se hizo moda, las carencias y los problemas que ellas nos trajeron. Nadie pensaba entonces que la Revolución iba a sobrevivir; llegué a pensar que Fidel estaba loco en plantear que resistiría, pero yo no lo iba a dejar solo”.

Después, la primera vez que fui a su casa en la calle N del Vedado habanero, vi que en la sala solo había una foto y era de Fidel. Por eso disfruté mucho las veces que luego lo vi conversar con el Comandante y especialmente el día en que, como él ha contado, le propuso fotografiarse junto a varios intelectuales del modo en que lo suelen hacer los equipos de fútbol y el mismo Chava se puso con una rodilla sobre el piso al frente de la literaria formación.

Porque El Chava siempre fue del equipo de Fidel, ahí está el artículo que me envió a La pupila insomne tras la muerte del Comandante, donde cuenta lo que respondió a “un provocador” que le interpelara sobre “qué va a ser ahora de Cuba sin Fidel”: “Nunca habrá Cuba sin Fidel, como tampoco hay Cuba sin Martí, y ninguna nación sin sus padres fundadores”.

Daniel Chavarría se sintió parte de esa nación a pesar de haber nacido en otra; jugó en nuestro equipo y jugó muy bien, como “escritor cubano nacido en Uruguay” se definía. Sus libros y sus artículos, junto su memoria alegre y coherente, nos seguirán acompañando en los partidos por venir.