Huyendo (Gran Premio)

Iván González (España)

Conmovido, pero turbado, se arañó los pies como remontando hacia el fetichismo original de una niñez que no era, ahora súbitamente podía recordarlo, ni viril ni femenina, sino niñez ameba e invertebrada, niñez de hambruna paleozoica.

A Eduarda la encontraron semanas después enterrada y sin hueso, con los pies arañados.

Y todavía hubo quien escribió: como una lengua de gato. Pero no de gato. Lengua ameba de can invertebrado, lengua de luna: perruna y precámbrica.

 

Última voluntad (Mención)

Ihoeldis Michael Rodríguez Basulto (Cuba)

―¡Que no me maten! ―se apresuró a responder el condenado.

El jefe del pelotón de fusilamiento, un capitán ni joven ni viejo, sonrió confundido. Una brisa rizó las hierbas altas, trayendo sonidos de monte. Cuando el capitán habló, la incredulidad todavía le bailaba en la boca.

―Tal digresión ―dijo al fin―, tiene una sola manera de justificarse a sí misma: sea, pero no podrás desear nada más en toda tu vida. Esta era tu última voluntad y nosotros te la hemos cumplido.

Y volviéndose a los soldados:

―Muchachos, retirada.

El hombre que había salvado la vida los vio alejarse por el camino que bordeaba el bosque.

 

Sueño con serpiente (Mención)

Alexander Ramón Jiménez del Toro (Cuba)

Reptaba entre mis piernas y un poco más adentro. A Mami le dijeron que mis sueños eran trastornos causados por la separación familiar. Mi padrastro no quería que yo hablara de eso, me castigaba. Resolví acabar con el problema: guardé una tijera debajo de la almohada y fingí estar dormida. Al día siguiente la casa se llenó de policías. Mi padrastro no me volvió a castigar.

 

El feo (Mención)

Víctor Toledo Reyes (Guatemala)

Con la mano temblorosa el actor apenas lograba sostener un arma que, en cualquier momento, podría caer al piso.

―¡No puedo! ―lloriqueó―. Con una voz que se ahogaba. ¡No puedo!

―¡Pusilánime! ―gritó el director―. ¡Tienes que hacerlo, o te irás de la obra!

―Está bien―musitó―. Está bien. Trataré  nuevamente.

―¡No quiero otro intento! ―le advirtió.

Repitieron la escena. Después de un largo silencio el actor se llevó el revolver a la garganta y acto seguido, disparó. Se desplomó de rodillas y luego de bruces. Fue tan real su caída que una actriz se acercó, y al ver que gotas de sangre caían en las tablas, con las manos en la boca obstruyó una sórdida exclamación.

―No es posible ―intervino el director―. No lo puedo creer. Había conocido actores exhibicionistas pero este es el colmo.

―Pero, es que, está muerto―masculló la actriz.

―Sí, ya me di cuenta ―respondió―. No soy ciego. Al menos tuvo  la delicadeza de cercenarse ahora y no en el estreno de la obra.

―Yo me retiro―continuó―. No quiero saber nada más. Los suicidios son de mal gusto. Quería arruinarnos el ensayo y se salió con la suya. Malnacido ―finalizó.