En el recuerdo más antiguo que tengo de él —quién sabe cuán alterado por los años—, lo veo sentado en la hoy oculta escalerita que conducía a la biblioteca de la Casa de las Américas, dibujando un elefante que me regaló. En el siguiente está en su propia casa, mostrándonos a mi hermano y a mí una “bomba-piña” sin explotar que había traído de su reciente viaje a Vietnam.


 

Luego viene el salto, primero el acceso a sus libros, y años después a su conversación, al trabajo conjunto: un privilegio, por cierto, que distorsiona la mirada. Fue a Boaventura de Sousa Santos a quien le escuché decir por primera vez que quienes trabajábamos tan cerca de Retamar, resolviendo problemas cotidianos, perdíamos de vista lo que él significaba para el pensamiento contemporáneo. Hace apenas unos días la historia se repitió, cuando en la conferencia que ofreció a su paso por La Habana, Homi Bhabha agradecía la presencia en primera fila de Roberto (a quien tanto debía, dijo) y le dedicaba su intervención. A mi lado, Víctor Fowler comentaba la ironía de que aquel viniera a recordarnos lo que nosotros mismos solíamos perder de vista.

Ahora que Roberto cumple 85 años (y 65 de la aparición de Elegía como un himno, y 50 de su llegada a la Casa de las Américas) es bueno recordar eso que los demás ven tan claro y que la cercanía, con frecuencia, desfigura. Tal vez ha llegado el momento de preguntarle si alguna vez supo dibujar elefantes o si aquella bomba existió más allá de mis difusos recuerdos.

 

Nota:
Este texto fue escrito para el cumpleaños 85 del poeta e incluido en el libro Buena suerte viviendo, de Ediciones Matanzas, publicado en 2017.