La figura de Maceo, y la de toda su estirpe, no es más que un reflejo de la porción más refinada, pura de la cubanidad. Cuando vemos a trasluz la estatua del hombre con el machete y las diferentes sombras del bronce, entendemos de qué material estaba hecho aquel que, como dijera Martí, llevaba en sí la vergüenza de muchos. Todavía resuenan las palabras de Baraguá, el sitio donde, ya dormida por promesas, despertó Cuba y dijo: abolición de la esclavitud con independencia. Hasta los generales más doctos han debido reconocer no sólo el arrojo de Maceo, sino estos desprendimientos.

 Todavía resuenan las palabras de Baraguá, el sitio donde, ya dormida por promesas, despertó Cuba.
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El propio Martínez Campos, Capitán General de la Isla, no pudo hacer otra cosa que reconocer en el mulato al hombre que llevaba dentro de sí una nación. Los demás, cubanos y españoles, aún murmuran por lo bajo o en las reuniones históricas el nombre de Antonio tan temido, admirado. Hasta su exilio fue Martí, llevando mensajes de buen augurio, de seguro que conversar con Maceo fue para el Apóstol el caminar entre las maniguas, el ver cómo cae un mambí del caballo y otro levanta la bandera de la estrella.

Maceo no solo era su nombre, sino un apellido que había que saber llevar, pues sus hermanos dieron lo mismo por Cuba libre. Lamentablemente, la nación que se hizo con sangre esclava, caña de azúcar y sudor, debía hacerse a sí misma de una manera similar y era la mano de Antonio como un adagio bajando y subiendo entre un mar de bayonetas, llamados, alaridos, terrores. Así, en medio de aquella bahía de la vida, cuando como él mismo gritó “¡esto va bien!”, se nos fue el Titán.

Muchas historias corren, ninguna llega a apresar el instante necesario, ni el gesto justo, si leemos “Cecilia Valdés” de Cirilo Villaverde, veremos hasta qué punto los Maceo representaron la sangre redimida del afrodescendiente. El color que fuera llamado con despectivo asomo “sacos de carbón”, la cosa traída a la fuerza, se levantó más humana que nunca para hacer una nación. Había que nacer en esta isla para comprender a hombres como estos, capaces de salir, casi desnudos, a la manigua.

No importa que se le reproche al Titán cierta fuerza desmedida, la cual no fue mella para su hidalguía, incluso en el trato con el enemigo. Si uno hubo que se fue puro, sin las marañas de otros generales y doctores, fue este. No alcanzó a ver a los cubanos divididos en la Asamblea del Cerro o en la Constituyente, cuando unos votaron sí y no por una Enmienda extranjera. Nadie sabe a qué arrojos hubiese llevado Maceo su ímpetu, ante una independencia poco lúcida.

El brillo de Antonio, este que no logran captas las crónicas ni las biografías ilumina una avenida de La Habana, pareciera revivir.