Cuando aquellos pequeños recipientes de pintura, difícilmente reunidos con mil gestiones —y hasta los recipientes eran entonces escasos— se derramaron desde el andamio sobre el que Ramsés Bernal, estudiante de diseño y Vicepresidente de la Federación de Estudiantes de su Instituto, olvidando su operación a corazón abierto, pintaba, jamás pensó que iba a durar tanto y mucho menos que iba a ser tan fotografiada y reproducida. Yo, que lo auxiliaba desde abajo, tampoco. Por supuesto, menos aún el corresponsal extranjero que se acercó para preguntarnos por qué hacíamos aquello y que al redactar su despacho se concentró más en la precariedad de nuestros medios que en la pedurabilidad del hombre que emergía de la pared. 


En los muchos muros de La Habana hay rostros de Ernerto Che Guevara

 

Sin embargo, si usted pone en el buscador de imágenes de Google las palabras “Che Guevara” hay —entre las muchas de la Plaza de la Revolución de La Habana o los testimonios fotográficos del paso por la vida del comunista asesinado en La Higuera hace ahora 50 años— una que está entre las más repetidas: la que resiste el paso del tiempo sobre el muro de la Terminal Sierra Maestra del puerto de La Habana. 

No es un monumento, no tiene protecciones contra la lluvia y el viento ni ha sido jamás restaurada o retocada, pero ahí está desde hace casi un cuarto de siglo esa alegoría con una estrella que se proyecta más allá de la foto que Alberto Korda hiciera del Che en el entierro de las víctimas asesinadas por la CIA en 1960 a pocos metros de allí. Si se cruza la calle perpendicularmente se verá que cae exactamente en el arco del edificio que en la acera de enfrente alberga la Asamblea Municipal del Poder Popular en La Habana Vieja, asombroso resultado que Ramsés no se propuso y del que no dejo de sorprenderme cada vez que paso por allí. 

Corría el segundo semestre de 1993, para muchos el año más duro de la Revolución cubana tras la desaparición del 75% del comercio exterior y la caída del 35% del PIB, fruto de la abrupta desaparición de las relaciones económicas con los países de la Europa del Este y sobre todo con una URSS que enviaba petróleo, equipos y alimentos a cambio de azúcar y cítricos. Apagones de 12 horas, alimentación limitada a los poco variados e insuficientes granos del racionamiento, extraños “cárnicos” como el picadillo de soya y el perro sin tripa, junto a un pan diario de cien gramos se volvieron la esencia del día a día en la alimentación del cubano, mientras se acercaban 26 años de que las balas de un sargento entrenado y dirigido por enviados de Washington dieran muerte al protagonista de la fotografía más reproducida del siglo XX. 

En Miami se hacían maletas para regresar victoriosamente a la Isla rebelde, no pocos se aprestaban a abandonar Cuba en cualquier objeto capaz de flotar y el neoliberalismo era proclamado como la fórmula que iba a conducir a Latinoamérica al Primer Mundo.

Si laborar en un contexto en que el peso cubano perdía su valor en picada era ya un acto de fe, qué sentido podría tener entonces el trabajo voluntario en aquellas circunstancias en que al día siguiente de concluir de pintar Ramsés cientos de jóvenes recordaron que la terminal Sierra Maestra era uno de los muchos lugares donde el Che ejemplificó con su cuerpo y su mente su concepción del hombre nuevo en esas imágenes en que lo vemos trasladando sacos con una carretilla. O que quienes eran niños muy pequeños o no habían nacido cuando ocurrió su asesinato acudieran a otros escenarios donde también el Comandante-Ministro encabezó jornadas para edificar una nueva Cuba. 

Han pasado 24 años. A Ramsés lo encontré hace poco terminando una imagen cerámica de Fidel a la entrada del estudio de televisión donde se realiza el programa Mesa Redonda. Y cuando veo a varios de esos muchachos que protagonizaron aquel octubre, trabajar con su talento para un proyecto colectivo, como Joel Queipo, Doctor en Ciencias y Físico Nuclear, entonces presidente de la FEU en su Instituto, que encabeza en estos días de huracán el Consejo de Defensa de un municipio habanero; a la Doctora en Ciencias Tania Crombet, entonces con similar responsabilidad en el Instituto de Ciencias Médicas de La Habana y hoy subdirectora del Centro de Inmunología Molecular, exponer en Estados Unidos las vacunas cubanas contra el cáncer; o a José Luis Perdomo que presidía la FEU en la CUJAE, Doctor en Ciencias en una Universidad alemana, impulsar como Viceministro de Comunicaciones los esfuerzos por informatizar el país, le hallo el sentido a aquel “grano de arena”, como le llamó Ernesto Niebla —hoy al frente del brillante grupo creativo Casa 4 y entonces presidente de la FEU en el Instituto Superior de Diseño— a la campaña que diseñó voluntariamente para aquella movilización, cuya huella permanece en la Avenida del Puerto o en cada centro donde se colocó la tarja que él concibió con la leyenda “Aquí trabajó”. 

Hasta el cartel que nombraba la calle ya no está; con el traslado de la actividad portuaria hacia el Mariel la Terminal Sierra Maestra no recibe sacos sino cruceristas, pero la “imagen constante” sigue allí, e incluso marca la pared donde la pintura ha desaparecido. Tal vez a alguien le sea incómodo y piense en que esa pintura mural ya no debiera estar allí y que el trabajo voluntario carece de sentido, pero si queremos seguir teniendo gente como Ramsés, Perdomo, Niebla, Queipo y Tania, como muchos que sostienen este país golpeado con frecuencia por los huracanes y las decisiones de los mismos en quien —según el Che nos dijo— no se puede confiar “ni un tantito así”, esa incomodidad resulta imprescindible.