Primero fue una etiqueta en mi Facebook, apareció negra y sorpresiva. Un amigo periodista anunciaba que la tarde sería triste. No podía usar su perfil para decirlo antes que su medio de prensa. Aún no en ese minuto, que no era ni siquiera el primer minuto, sino el minuto antes. Antes de que todos supieran, o casi todos, los que estábamos a esa hora ahí, en Facebook, dedicados a dar like y compartir cosas que parecían importantes. Parece que alguien ha muerto. Algún dirigente, algún artista, pasa todo el tiempo, la gente se muere todo el tiempo.

Foto: Internet
 

Una segunda etiqueta salió, ventaja de tener amigos periodistas, uno que se queja de enterarse tarde de las bolas, por tener su Facebook lleno de gente que no riega bolas. Un accidente, de avión, en La Habana. Correr al televisor, apagado, la lentitud de la cajita al encender, la maldición dicha como siempre. El timbre que suena, regresar al cuarto, contestar. Es mi mujer, que su tía volaba hoy a Brasil. La madre la había llamado, con susto. Trabaja en un hospital y todo está movilizado, le dijo, un avión, le dijo, más nada se sabe. Del trabajo de mi mujer averiguaron, le hicieron el favor, para saber, pero era un vuelo a Holguín.

El susto de uno, que ahora ya era la realidad de otro. La gente se muere todo el tiempo, pero no tanta y de una sola vez. No tan cerca. Eso fue el minuto antes. Colgar. Volver al televisor, esperar, una nota, una “nota informativa”, “nota oficial”, algo. “Última hora” aparece. Y se dice. Volver a la computadora, la conexión se quedó abierta y los minutos gastándose. Dar clic y actualizar, y empieza a aparecer, multiplicado en cada clic, y el muro se llena de lo mismo.

Un Boeing ¿de Cubana? No puede ser, ni que Cubana tuviera Boeings. Arrendado parece. Un avión arrendado. Sin bandera. Un logo si acaso. En la memoria, el regreso en que afanoso busqué mi bandera en la cola del avión. Después de años, volvía y necesitaba la bandera en la cola del avión. Pero no había bandera en la cola blanca de un avión blanco. Arrendado. Esperar. Llegar a Cuba para ver la bandera. En un avión arrendado. Y pensar, pensar en la gente que iba en ese avión, no en aquel, en este que se cayó. Habana-Holguín. La gente que consiguió pasaje, para no ir en guagua, que hizo la cola, que resolvió con un amigo, o con un amigo de un amigo, o con un conocido, que no es amigo, pero resolvió el pasaje. Es difícil el pasaje. ¿Por cuánto? 10 cuc por encima del precio, seguro. ¿O más? No importa, es mejor que ir en guagua. Gente acaso, que nunca se había montado en un avión. La gente que dice: “Nunca he viajado al extranjero, pero he montado en avión”. A Holguín. Dan caramelos en el avión. La foto de la niña, que la gente comparte en Facebook, una foto “de estudio”, sin zapatos bajo el filo del vestido blanco. ¿Se habrán fijado que la niña tiene los pies descalzos? Un par de años atrás yo tampoco me hubiera fijado. A los niños que aún no caminan no se les ponen zapatos. ¿Para qué? “No le pusieron zapatos para la foto”… “Como la de nosotros”, me respondió mi mujer. Mi mujer que ahora abre la puerta mientras escribo esto. ¿No ve que la puerta está cerrada? La niña duerme en el otro cuarto. Este es el de la computadora. Ya es de noche, la tarde fue igual, en este cuarto, en Facebook, gastando los minutos. ¿Serán los últimos? Seguro que este mes se acaban antes. No importa. Una foto más, compartir una foto más, comentar algo más, trabajar, no, después.

Empezó a llover, con rayos, hubo que desconectarse esa tarde. Esperar. Volver al TV, desconectarlo todo, total, están poniendo una película. Ya dijeron lo que iban a decir. Esperar. Pensar. El despegue, ese momento, el que más te gusta, en que corre por la pista y coge velocidad y velocidad y velocidad y sube, y tú sientes, ligerísimamente, cómo una mano invisible te empuja para atrás. El take off. Palabras que aprende uno cuando viaja, el landing y el take off, sí y el checking, y el delayed. Boberías que se le pegan a uno cuando viaja, y uno piensa en la gente que nunca se ha montado en un avión, o en la gente que sí, y que ese día se montó en ese avión. Donde no había first class, ni business class, ni tourist class, nadie pagó con tarjeta de crédito, ni reservó por Internet, ni acumuló millas. Recuerda uno, mientras espera a que pare de tronar para volver a conectar el televisor, ese poema de Ernesto Cardenal. ¿Cómo era el título? Imposible recordar el poema de Cardenal, el del avión. Y se queda uno, pensando como ahora en aquello que dijo Lula, que su gobierno logró hacer que los pobres viajaran en avión.