Ray Fernández, el bardo neurasténico de la trova cubana, retorna a la discografía nacional con Mamá, ando contento (Egrem, 2017), un álbum que los fieles de su peña habitual de los jueves, en el piano bar Diablo Tun Tun de la Casa de la Música de Miramar, clamaban a gritos desde hacía ya mucho.

Y aunque me incluyo entre aquellos que, desde el día siguiente a esa infaltable misa y hasta el próximo jueves, deseamos la burla implacable y certera convertida en mp3, debo decirlo desde ahora: Ray Fernández no cabe en un disco. Ni en dos. Por muy bien producido y mezclado que esté el álbum. Por certera que sea la selección y la interpretación de las canciones. Por sugerente que sea el diseño.


Foto: Racso Morejón


En un disco, Ray Fernández muestra apenas una dosis ínfima de lo que es. Lo demás es escena, luces, panza al aire, improvisación, décima. Lo demás lo cuenta en “Artistaje”, tercer tema del álbum:

Imperceptiblemente me he vuelto un personaje,/ gozo de privilegios y estado de opinión/ comulgo con la crema y nata de las artes/ en la ciudad letrada me tildan de bufón./ Mi vida es un chiste/ lo admito en escena/ y son mis canciones más bien exorcismos/ como el penitente que se autoflagela/ yo purgo mis cuitas en cada estertor.

(…)

Soy metáfora hilarante/ sorna, sarcasmo, cinismo/ oxímoron urticante,/ soy un bellaco eufemismo.

Dicho lo anterior, volvemos: ya era hora de que Ray Fernández grabara otra vez. Antes de Mamá, ando contento, en la lejana fecha de 2010, el artista villaclareño-asentado-en-Alamar había grabado Paciencia (Egrem), su primer disco de estudio, y además de este, Ray cuenta con Entre la piedra y el sueño, fonograma resultante de un concierto que ofreciera en el Centro Hispanoamericano de Cultura, y El Conciertosky, DVD de un concierto en la propia Casa de la Música de Miramar en 2014. Poco, muy poco en comparación con su obra.

Es por eso que me sorprendió encontrar en Mamá, ando contento solo nueve temas. Temas que van, es cierto, desde la crítica social (“Mamá, ando contento”, “Hormigón armado”) y el amor/desamor (“No quiero verte así”/“Bolero negro”), hasta la autocaracterización en verso (“Artistaje”, “Al que fuma, bebe y canta…”), pero nueve escasos temas que sorprenden a quien termina de escuchar el disco buscando canciones en otros álbumes para seguir con Ray un rato más mientras llega el jueves.

Y luego está “El ausente”, un tema de una hermosura enorme dedicado a Bladimir Zamora, y que parte de un poema de Eugenio Florit, musicalizado por Ray, que dice cosas tan tremendas como esta: “Quién se murió para mi vida (…). Sobre qué muerto estoy yo vivo, sobre qué muerto estoy yo”. Hago silencio.

Un disco variadísimo. A juzgar por la propia descripción de los temas, en la contratapa del fonograma, hay batangas taínas, baladas, boleros chá, rancheras feministas, himnos fórmicos, pseudomazurkas, boleros monocromáticos, guajiras son y nematodo-corridos. Escuchar para creer.

Eso sí, en Mamá, ando contento, hay intérpretes de lujo. Además de los fieles músicos que lo acompañan hace ya algún tiempo (Miguel Valdés en el bajo, Roilán Carballoso en la percusión y Lorenzo Molina en la trompeta), Ray “se regaló” la invitación de Cucurucho Valdés al piano, William Roblejo en el violín, y Yibrán Rivero en la guitarra acústica, por solo mencionar algunos.

Para muestra, un botón. O un disco. Jueves entre las cinco de la tarde y las nueve de la noche. La cosa es allá. Y si, de paso, compran o copian Mamá, ando contento y estudian un poco los temas para cantar al compás, por lo que más quieran, tengan cuidado con esa coma.