Venerable

Nadie repara en él, porque él no repara en sí mismo.

Aforismo Zen

Pasó, y queda entre nosotros

algo como un eco

y una extraña y leve presencia,

algo así como la leyenda

de Beda el venerable o el maestro Anesaki,

y nada más.

Acaso cantó, pintó algunos signos

o dejó algunos escritos;

pero apenas quedan grabadas sus verdades,

arrastradas por un viento circular

y algunos pequeños milagros,

cuentas hechas al azar,

collar de aguamarinas

en lo profundo de la memoria,

como la voz resplandeciente y ronca de los niños

y de mi gallo cuando canta al otro lado del canal.

 

1980

(pág. 12)

 

Geometrías


Oscuro rompecabezas

hecho de mil recuerdos

que deberás reconstruir

hasta su antiguo espacio de luz

pues un juguete desarticulado

es ajeno al espacio

como una rueda

Pero tú perteneces al instante

entre la risa y el olvido

locura de los retornos

eres la silueta que se perfila

y acude desde la playa más distante

el oleaje que siempre recomienza

que esculpe y define a la roca

el viento que arrastra este polvo

el viento que aleja los ruidos

entre mil geometrías absurdas

el hálito de vida

 

1969

(pág. 13)

 

Un sobre con una carta


Pasáronse estos días volando, como se

pasan los años que están debajo

de la jurisdicción del tiempo

Miguel de Cervantes


Se te ocurre de pronto limpiar un rincón de la habitación en que das un poco de descanso a tus huesos (esta frase la usa el muy querido Rudy, a quien ya no volveré a ver), y te encuentras ¡oh sorpresa! Con retazos de tu vida pasada. Con las cosas que me he tropezado hoy puedo (y sólo yo puedo) reconstruir más de diez años de mi vida, posiblemente los más importantes, aquellos en que mas cosas he liquidado y vuelto a empezar. Raro todo. Limpiar un rincón de este cuarto, al que he regresado después de unos cuatro años viviendo en otros lugares. ¿Por qué el abandono, por qué el regreso? Largo de contar, molesto, superficial acaso, y sobre todo, ¿vale la pena? ¿Servirá a alguien, aparte de mí? ¿Y me servirá en algo a mí mismo, o más bien tendrá la virtud de envenenarme con más recuerdos?

Hay muchas cosas tristes aquí, pero el cuarto, si bien a veces estaba materialmente inundado por la tristeza, ya no es triste ni alegre: es sólo un cuarto. Hay aquí viejas fotos, cartas de amigos y familiares, cartas extrañamente mías a mi ex mujer,  todo acumulado en viejas gavetas utilizadas como especie de basurero de una historia muy personal. Lo más extraño: un sobre del extranjero usado en una ocasión, por el reverso, para un mensaje doméstico que dice: En el refrigerador hay langosta. ¿Cuándo fue eso? ¿Langosta en casa? Más que sorpresa, y por más que trato de recordar, no asocio esta casa con el sabor de la langosta. Estoy a punto de ir al refrigerador y ver si queda algo, pero han pasado algunos años… Quizás el tiempo no sea como lo imaginamos usualmente y ahora sea cuando esté ahí la langosta. En todo caso hay algún error monstruoso, parece que el mensaje fuera hecho, entonces, para ser leído hoy. El otro lado del sobre indica que la carta fue enviada desde Praga. La firma es de Rudy, asesinado como Humberto y otros tantos amigos en las selvas de Bolivia.

Leo la carta de Rudy y hasta me río con alguna de sus ocurrencias. No hay duda, es él, está aquí conmigo y vive de nuevo unos instantes. Viene a verme a fines de año a La Habana, para pasar unas semanas en la tierra de Fidel, me anuncia. Lo había invitado a que parara en casa, junto con su mujer. Por fin viene: estoy a punto de contestarle. ¿No lo hice antes? Es increíble que tantas cosas no se recuerden. Es inmoral. Mi querido hermano Rudy, gracias por llamarme hermano en tu carta, gracias por tu generosidad, gracias por tu presencia, gracias por la conmovedora humildad con que me sugerías que tu estancia aquí pudiera ser una molestia o un engorro económico para mí, como si hubiera existido alguna época de mi vida en que la economía doméstica jugara un papel. Ahora mismo voy al refrigerador. Quizás pueda obsequiarte a tu llegada con un trozo de langosta.

 

1970

(pág. 23)

 

Música

A Sergio Vitier y a Rey de la Torre


El tambor late desde las noches estrelladas

y en las horas sorpresivas del día:

Pulsaciones del animal y el vegetal, de los minerales,

y el flujo de las mareas,

el tambor reta a la luna inmóvil y blanca

(mientras el gong nos enmarca en el gran ojo

y convierte ojo y objeto en una flor gigante,

            en una paz descomunal y estrellada).

Sigue el cuerno al tambor, respeta su orden,

dirige urgentes mensajes de vida y muerte, cataclismo

   y lucha.

Pero la flauta dorada, la flecha solar del pastor

horada el cielo. Vuela, pasada la hora del reposo,

conjuga las yerbas y los cometas,

provoca las lluvias y los relámpagos diurnos,

provoca la fatal caída

con su lucidez salvaje y montañosa, con su fuego:

Terror en los valles serenos

y el resurgir del mar y las viejas tierras de aluvión

Solo la guitarra, paisaje de paisajes

música de santos lugares, espacio breve

de luciérnagas y brasas en la noche

al pie de un árbol robusto y callado:

Cordura fundacional, llena de promesas y atardeceres,

espacios concéntricos que en una quieta vibración,

interior a todo,

provocan la compresión pitagórica.

¡Tambor vegetal, a ti, entre los ríos

             lleguen el mediodía y el rocío!

¡Flauta, el fluir de cada gesto de la mano tensa en el arco

       tenso, es la razón que dirige y fundamenta tu

euforia, tu viaje a la eternidad y ese prodigarte en la

Tierra mientras recorres el ciclo de los espacios cósmicos!

¡Y tú, guitarra, fundes en tu lejana voz profunda, en tu

      cuerpo manso y modulado, en tu espacio de

      círculos en sombras, los ardores bélicos, las marchas

      pastoriles y el sueño del Gran Ojo del Este!

Aquí, en medio del Océano, por así decirlo,

en este jardín olvidado, tu música conjuga

la embriaguez necesaria con el reposo del peregrino,

el delirio de lo Uno-múltiple

y la lucidez de lo múltiple-Uno.

Sea ésta, música de mi pueblo, la intérprete lejana

        de los rumores subterráneos

            y de todos los rituales y trasmigraciones.

 

1967

(págs. 32, 33)

 

Guerrero el samurái


Es como si intentara alcanzar a un Disparate

Lewis Carroll

 

Señor, lo que significa ir este caballero desta manera dígalo él, porque nosotros no lo sabemos.

Miguel de Cervantes

 

Quien no haya conocido a Guerrero perdió una oportunidad única: conocer a un personaje recién salido de los dibujos animados, o acaso debemos decir «un personaje animado por la filosofía de los animados», aunque esto último resulta un poco farragoso. Aparte de caricaturista y dibujante, Guerrero fue narrador de primer orden. Nunca sabré si escribía sus cuentos o silos almacenaba en la memoria, y acaso los improvisaba para luego el viento propagara sus ecos entre remolinos. Su gruesa colección de cuentos (varios volúmenes en rústica) refleja un mundo de puertas interiores, huecos que alojaban a la humanidad entera, galerías y laberintos del absurdo cómico y el absurdo serio. ¿Serio? Sí, repito, serio como el propio Guerrero. 

De estatura mediana y algo rechoncho, con barba y melena negras, Guerrero era inconfundible, aunque a veces utilizó una gruesa armadura de carey, quizás para despistarse a si mismo. Su sonrisa perenne y apenas perceptible hacia pensar en los antiguos sabios del Tao. (Es posible que en estos momentos otro discípulo de la misma escuela, H. Zumbado, esté recopilando sus cuentos, chistes y anécdotas.) Lo que nos interesa explicar es la extraña escuela filosófica que parecía fundir el pensamiento de Lao Tsé o Chuang Tsé con los dibujos animados de un Walt Disney, filosofía que nadie como Guerrero encarnó y vivió hasta sus últimas consecuencias.

Todos en nuestra época estamos familiarizados desde la infancia con los dibujos animados y su mundo tan especial, semejante al de los cuentos de hadas, en que la casualidad es violada a cada momento (Chesterton se felicitaba de estas ocurrencias). Una situación típica es la del perseguido que llega al borde de un precipicio y sigue corriendo por el aire, hasta que mira bajo sus pies y sólo entonces cae, o bien regresa al borde del precipicio. Es decir, el peligro sólo surge cuando el personaje se da cuenta de que existe, pues mientras no se daba cuenta seguía caminando por el aire. La conciencia de sí mismo y del peligro es lo que provoca el peligro. Mientras hay inconsciencia (o inocencia) es posible flotar como Lieh Tzú, quien «caminó por el aire» al alcanzar el satori. Esto nos recuerda también lo que decía Chuang Tsé:

Un borracho cae de un carruaje y, aunque puede quedar herido, el accidente no es fatal.  Sus huesos son como los de otros hombres, pero no sufre los mismos daños porque su espíritu es integro. No tiene consciencia de viajar en el carruaje ni de caer de él. La vida y la muerte, las preocupaciones y los temores no angustian su pecho. Si incluso el que alcanza la integridad del espíritu por medio del vino puede hacer tal cosa, ¡cuánto más fácil resulta para el que ha logrado la integridad del espíritu a través de la Naturaleza! El Sabio se refugia en la Naturaleza, por lo tanto está por encima de todo daño.

Pero hay otro recurso preferido de los muñequitos animados, y es el que utiliza el héroe perseguido en un callejón sin salida: se detiene ante un muro, extrae un creyón del bolsillo y pinta una puerta por la que escapa. El perseguidor se estrellará contra un muro sin puerta: porque solo el perseguido conoce el camino a su propia ciudad y porque, en él, pensamiento y acción participan de una misma sustancia, o carencia de sustancia, como en el Zen. Y esto es lo que hacia Guerrero con tan asombrosa naturalidad, porque con sólo extraer el creyón de su bolsillo daba cuerpo a los recovecos y galerías subterráneas de sus cuentos. Y siempre sonriente y enigmático, nunca se molestaba con esas pequeñas cosas que nos molestan a los comunes mortales. Simplemente, se orinaba en ellas y seguía su camino.

Un día nos jugó una broma descomunal. Guerrero dibujó una puerta más y se marchó por ella, esta vez para no regresar.

 

1969-1985

(págs. 35, 36, 37)

 

El jardinero

 

El jardinero pasaba todos los días

frente a mi casa, bajo mi balcón;

su sombrero de yarey era el rostro de la tarde,

sus grandes tijeras podadoras

eran la voluntad y el orden,

su andar acompasado

imprimía al barrio un sello de antigua sabiduría.

Su vida, al apagarse como una brasa en el monte,

será como una estrella del camino

regalando sus dones a la tarde

 

1967

(pág. 39)

 

La tumba de Kafka

 

Llegamos ante su tumba.

Pero no es propiamente su tumba, sino su lugar preferido para la meditación.

Su única plegaria, si acaso, consiste en inclinarse hacia el espejo de mármol, en la tierra.

En un lugar semejante, durante horas enteras, concebía seres que vivían, a pesar de que él los vio salir de  estas propias tumbas.

Aquí concibió al hombre que primero debió haber muerto para poder triunfar. Hombres que formaron un mundo de esqueletos metálicos y cascaras de nueces.

Sus Leyes, sin embargo, eran de papel. Quedan aún leyes de papel, pero el nos enseñó a subir escaleras y buscar las aberturas por donde penetra el aire hasta las galerías mas recónditas.

Los túmulos se arremolinan. Son luego largas lápidas verticales, trágicamente coronadas. Unas miran hacia el Norte, otras al Este, a cualquier parte, pero tienen un centro preciso, una pequeña elevación del terreno de unos dos metros como máximo.

Aquí yacen generaciones de hombres que guardaban la Ley y la Sabiduría, y que finalmente fueron exterminados. Pero no es cierto que resuciten los exterminadores ni que puedan construir un mundo que no sea despedazado por la furia impaciente de los vivos.

Tuviste la desdicha de vivir en años nefastos del reinado.

Tuviste la desgracia de estar oscuramente vivo.

 

1962

(pág. 65)

 

El tintero


Solo con nuestras flores nos alegramos.

Netzahualcóyotl

 

A Ernesto González Puig

 

Un escritor se preocupaba enormemente por el sentido de sus obras, por el mensaje que debía llegar a la posteridad, y escribía sin cesar, y pulía y tachaba y volvía a componer de nuevo lo que antes había escrito, sin escatimar esfuerzos ni fatigas. Le gustaba compararse a Jacob luchando con el Ángel, a Lutero luchando con el Diablo, o a Job luchando contra las plagas que resultaron de la apuesta entre Dios y Satán. Y también se comparaba a Kierkegaard en su lucha contra la angustia, a Rodin empeñado en duelo con la muerte, a Goya luchando contra el sueño. Finalmente comprendió que el único valor de sus obras residía en el hecho de que lo mantenían vivo: lo que importaba era su gesto de lucha perenne consigo mismo y con el silencio. Y entonces escribió, no para la posteridad, sino para sí mismo:
 

Todas tus obras son menos que el tintero

lanzado al rostro del Diablo por Lutero

 

1969-1985

(pág.66)

 

Declaración de principios


A Eduardo Galeano


1


Si de la boca del escorpión

brota la chispa que prende el bosque

no ha sido mi mérito.

 

2


Si el Ojo de la Aguja desciende

hasta perderse en los cráteres de Saturno

no es por mi culpa.

 

3


Si los palacios, templos y pirámides

se trocan en teorías laberínticas,

es cuestión de arquitectos.

 

4


Si las escamas del salmón rompen

en súbita lluvia radioactiva

nunca estuvo entre mis predicciones. 

 

5


Aunque estemos

en fin de cuentas

bajo la misma filiación totémica

y admitiendo

(como admito)

sus reglas y constelaciones

el Verbo fue después

 

1973

(págs. 68, 69)

 

Agradece

 

Agradece infinitamente

las sonrisas sinceras

el reconocimiento del recién llegado

la alabanza justa del amigo

el calor de una fugaz mirada de mujer

los recuerdos piadosos o regocijantes

todo lo que te golpea

con el martillo de la esperanza

todos esos signos misteriosos que

como los dados y los números telefónicos

nunca sabrás utilizar

 

1970

(pág. 70)

 

Fiesta con Roque

 

Por supuesto, Roque se nos sumó a la fiesta que nunca terminaba, eran días y días de fiesta; las noches se sucedían y eran como un espacio aparte, aunque los días de trabajo y de lucha a veces se entremezclaban y todo era un mismo bullicio y una misma luz (aquí recuerdo a México, el banquete del camarada recién salido de la cárcel: ¡Que traigan tequila y parque!) Roque está en una mesita con unas amigas, y Nicolás y yo terminamos la tanda musical en el club Flamingo y nos sentamos con él, que para mi sorpresa me extiende un librito que yo escribí quién sabe cuándo y me pide que se lo dedique pero a condición de que le dibuje un saxofón y se lo dibujo y sigue la fiesta.

Roque puede pasarse noches enteras recitando la historia de la humanidad: «Vasco de Gama, navegante oscuro…» O esa estrofa que comienza: «Un sabio egiptólogo británico…» O aquella, irreverente, que rezaba: «Una monja con afán prolijo…» Tuvo tiempo para enhebrar esta hilarante historia que ya, desgracia, no podremos oírle recitar más. Tres veces estuvo preso y condenado  a muerte, se fugo las dos primeras, la tercera fue una pequeña ayudita de los dioses náhuas, la tierra tembló y tras las grietas en la tierra se fueron ensanchando las grietas en las murallas de la prisión hasta que el flaco e incansable poeta, émulo de Fray Servando, salió de las grietas a fundirse con la luz, salió sonriendo ante la inefable travesura cósmica que le jugaban al simiesco régimen, él y los grandes dioses telúricos y un ejército de diosecillos aparentemente muy menores, pero crecientemente fuertes y solidarios.

Ahora vamos a mi apartamento, hay ron y buenos discos, y luego la más rubia de nuestras amigas propone continuar la fiesta en su casa, tiene de comer y un tinto argelino y por supuesto hay tocadiscos y Charlie Mingus, Joao Gilberto, Coltrane y Ravi Shankar. Pero Roque ya se acostó y ahora duerme como una roca. Recuerdo que le quitamos los zapatos y le aflojamos el nudo de la corbata, encuentro papel y lápiz y le dejo una llave, la puerta hay que cerrarla por fuera, aún le quedan años de combate y tendrán que esperar para asesinarlo. Dejo el mensaje junto a este cercano Roque hecho de metal incandescente y risa descomunal, te escribo dónde estamos por si despiertas antes de lo previsto, por si decides sumarte nuevamente a la fiesta, porque Roque, hermano, esto no se acaba nunca, los balazos y la revoluciones y la fiesta continúan y continuarán mientras dure la impaciencia del hombre y cuando Vasco de Gama vuelva a ser un Navegante Oscuro.

 

1968 – 1985

(págs. 73, 74)

 

Matías


Y echando suertes, la suerte cayó sobre Matías.

Actos, I, 26

 

La multitud espera el milagro

impaciente, bajo el sol, en la explanada,

a que Matías emprenda su salto a la inmortalidad

y sea incluido en el Libro de los Nombres.

Pero Matías, tragado por la vorágine,

es sólo un soplo en el desierto,

una diminuta llama,

una chispa en el mar, un signo que aparece

en letras de imprenta, que se trasmite

de boca en boca, que grita

en fieros anuncios lumínicos.

Ahora bien, Matías no es solo un nombre:  

Matías puede ser un gran perro negro

que salta sobre las butacas

de una sala de conciertos vacía,

aunque los carteles no anuncien este acto

y el público ya se ha marchado.

Matías puede ser el mensajero

que nos hace vivir la triple tentación:

¿la belleza, el poder, la libertad?

¿O fueron otras visiones las que tentaron al santo?

Pero es hora de que comience el Coro angélico:

ahí está él, Matías del Bosque Verde, de los verdes

   prados,

Matías de las pompas de jabón,

¡cuánto has trabajado! 

En la escuela

Matías era apenas menor que yo

y ya estaba tras una reja de hierro

en el aula destinada al castigo.

Sus manos se aferraban a las rejas, mirábamos

su rostro inocente,

sus dientes partidos y cabellos revueltos,

y entonces él gritaba

y blandía aquellas sonoras palabras obscenas,

aquel descubrimiento nuestro de lo prohibido

gracias a Matías, pequeño hermano turbulento y puro

que murió un extraño día de verano

y supimos entonces

que también los niños podían morir.

 

1966 

(págs. 80, 81)

 

Mis muertos


Al polvo digo: permanece.

Y al sol: seguid rodando.

Jalaleddin Rumi

 

Hablo con los muertos,

con mis muertos queridos, uno a uno

oigo, calladamente la voz de los muertos,

siempre que no me aturda la gritería de afuera.

Visto la ropa de los muertos: zapatos, chaqueta,

   camisa,

y son suyos mis gestos, mis ideas y mi sangre.

Vivo con los muertos,

los veo y los interrogo,

los increpo y presiento

y no dejo de quererlos.

Muertos acaso ilustres

o apenas con nombres que nadie podrá fijar en esta

   tierra

con tantas estrellas que nos queman las plantas

ahogándome a veces la voz

o haciéndome bailar con el gozo radiante de los muertos.

Hablo ante todo con mis padres, hermanos, tíos y

   abuelos;

ausencia anterior a todo gesto,

anterior a los que me hablaron con una voz

que es ya la de mi hijo, ¡qué tristeza!

Hablo a diario con Pepe, con Humberto, con Rudy,

hablo con Oscar, con José Antonio, Víctor e Israel,

hablo con Sara y Froylán, con Enrique y José

y les pido

que su quemante imagen sonriente pueda calmar mi sed.

Sólo nos pertenece aquello que decimos a los muertos

y que nos comunica su sagrada furia:

confrontación y diálogo ―quizás― del vacío y el

   vacío, 

de la roca y la fuente.

Los muertos en combate,

los muertos por la muerte.

 

1974

(págs. 88, 89)

 

Silencio

 

Sólo tengo un deseo:

que no pronuncien mi nombre en voz alta,

que pueda ser sordo a las palabras

para escuchar solamente

la música aún no inventada.

 

Mis preferencias:

caminar por calles empedradas

o que asciendan en un giro imprevisto y casual

mientras alguien surge en la noche,

silba una melodía desconocida

y desaparece.

 

Pero mejor que todo hubiera sucedido aquel día único

y presenciar la salida del sol,

y observar, niño ahora, cómo desciende

tras la barrera de pinos,

al otro lado de los cerros.

 

1967

(pág. 91)

 

Antiprograma a un recital de jazz


A Bobby Carcassés y a Cecilia


Estimado público:

Se nos ha encomendado la difícil tarea de hacer, o más bien de decir, las notas al programa de este recital, idea con la que estamos absolutamente en desacuerdo. ¿Por qué un programa? Si la música fue antes que nada un grito, una palmada, el sonido de un caracol que encierra al mar, o el soplo de un cuerno para llamar a los vikingos, ¿por qué la Música, en mayúscula? El pitazo de una fábrica  a la 1:00 p.m. puede ser música, y también el zumbido de la abeja. Golpeamos la cabeza de un enemigo y lo que sale es… música. ¿Para qué tantas complicadas leyes de armonía, contrapunto, fuga, e infinitas teorías para explicar la Música, sin explicarla nunca, porque la música abarca hasta el mismo infinito? La diferencia entre música y ruido es ésta: el ruido es sólo ruido. Un instrumento musical puede que sólo consiga hacer ruido; un equipo electrónico, también. La electrónica no tiene nada que ver con esto, ni tampoco el instrumento. Sólo son herramientas. Nada se avanza o retrocede con ellas: continuamos en el punto de partida. El radio, el disco, la cinta magnetofónica, son útiles para copiar o emitir ruidos, y a veces también música. Para que haya verdadera creación tiene que circular el soplo de alguien, que si antes fue dios o demonio, hoy podría ser el barbero o el limpiabotas, pero ciertamente es ALGUIEN.

Parodiando a Ellington y Armstrong y al autor del Discours, el maestro Cortázar dijo: swing, ergo soy. En efecto, el jazz es sólo una de las maneras de hacer música, inventada por unos señores negros. Pero lo preferimos a otras formas de música de este siglo porque, en primer lugar, esos excelentes y traviesos negros no trataron de hacer ninguna forma de música nueva, lo cual nos parece lo más natural y fructífero. Además, si se nos ocurre una idea, ¿por qué la vamos a escribir?  Cuando esté en el papel todo será distinto, ya no será la misma idea. Por eso vamos a improvisar, lo que equivale a la acción directa. La música no explica ni trata de demostrar nada, y por lo tanto convence. A veces da a conocer lo ya demostrado, como el rugido del pez o el cocodrilo, el diálogo de los cangrejos o los vientos que soplan desde los cuatro puntos cardinales. Unimos asiamé con asiamá y tenemos la contradicción viva: el hombre que da palmadas, que sopla por una caña, que rasca la cuerda o golpea el tambor. O que simplemente da golpes con el pie el piso, que es la base de todo, lo que nos sostiene. EL FUNDAMENTO, en fin, la realidad. Hacer música es GOLPEAR LA REALIDAD HASTA QUE SUENE. Es muy sencillo.

Dicen que la melodía nació en Asia, la armonía en Europa, el ritmo en África. ¿Qué más da? Los negros jazzistas le llamaron a todo eso JAZZ en vez de llamarle música, porque su idioma era distinto (en este punto haría falta un traductor). Los jazzistas, como todo artista verdadero están por la REVOLUCIÓN  y toda revolución tiene que comenzar por el CERO y por revolucionar también el cero.  ―ON NAMO AMITABHAYA BUDHAYA, AUN MANI PADME HUM, ON O MI TO TO, NAMO AMIDA BUTSU―. (Aquí de nuevo el traductor que transmute el carbón en diamante.) ROMPER EL CERO.

Una palmada, a ver… (Aquí, dar una o varias palmadas, un poco a la manera de los andaluces)… Así, ya estamos haciendo música, estamos rompiendo el cero. Tratemos de producir algunos ruidos, no demasiado molestos, claro está, a ver si espontáneamente se van organizando hasta formar algo que alguien pueda identificar como música. No hay títulos para las piezas, por supuesto, como no hay programa, porque si bien pudiéramos basarnos en una melodía conocida, ¿por qué no podemos basarnos lo mismo en un chasquido, en una palabra, en un botellazo, en un color, en una consigna, en una piedra, en un mantra, un arcoíris, una cucaracha voladora, en una rosa, en un estornudo? Lo más importante es que sea capaz de convertirse en música, y esto lo veremos por el CAMINO. Muchas gracias.

 

1970.

(págs. 95, 96, 97)

 

Inexistente


Si así ocurrió pudiera ser, quien sabe

pero como no ocurrió, no es. Esto

es lógica

Lewis Carroll

 

Nunca has llegado de ninguna parte y sin embargo

siempre has estado.

Nunca me has dicho adiós y estas hecha de ausencia.

Nunca nos hemos conocido,

pero ¿dónde hallar conocimiento tan completo?

Es preciso buscarte

detrás de ese temblor remoto,

detrás de las sonrisas,

en los aires fugitivos y las canciones oídas al pasar

en bailes y recepciones inexistentes,

o en la triste calle húmeda que nunca reconocemos, 

tras la puerta que no se abre,

detrás del sucederte de los días,

de los días previstos por el almanaque, clasificados

por pronósticos de sabios y expertos.

Hay que buscarte bajo la otra lluvia

entre láminas de viento,

en el instante que convierte el hastío en otoño

y el silencio en luz callada que

paso a paso

    va saltando

        los peldaños.

 

1974

(pág. 102)

 

Poemas del libro El sueño del samurái, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1989. Selección cortesía de Margarita González Sauto, viuda de Leonardo Acosta.

 

FICHA

Leonardo Acosta: escritor, poeta, ensayista, investigador y músico cubano. La Habana, 1933-2016. Durante los primeros años de la década de 1950 se vinculó a importantes orquestas de música popular en Cuba, Estados Unidos y Venezuela. Incursionó en grupos de jazz y acompañó a cantantes del movimiento feeling. Al triunfo de la Revolución, integra el equipo de corresponsales de la Agencia de Noticias Prensa Latina.  En su labor periodística colaboró con los periódicos Hoy, El Mundo así como con las revistas Bohemia y Verde Olivo. Formó parte del Grupo de Experimentación Sonora (GES) del ICAIC. Fue merecedor del Premio Nacional de Literatura en el año 2007 y en el 2014, compartido con Sergio Vitier García-Marruz, del Premio Nacional de la Música.