¡Ay, La Habana!

Laidi Fernández de Juan
16/11/2018

Según cuentan, lo que conocemos como La Habana ni se llamaba así, ni fue fundada hace 499 años, ni se ubicaba donde está hoy. Nacida en 1515 —específicamente el 25 de julio, día de San Cristóbal, su santo patrono— a orillas del río Mayabeque, nuestra ciudad vio la luz por primera vez bajo el mando del conquistador Diego Velázquez.


Atalaya. Fotos: Sonia Almaguer

 

El primer historiador de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring, aclaró atinadamente ciertas dudas sobre el nombre y los involucrados en la fundación de la ciudad: “El nombre de La Habana, dado a una de las villas que fundó Velázquez en esta isla, lo tomaron los castellanos del cacicazgo, región o provincia india de ese nombre, que al recorrerlo Pánfilo de Narváez y el Padre Bartolomé de las Casas en 1514 estaba gobernado por el cacique Habaguanex, según refiere el propio Velázquez”. Roig agrega que “fue Las Casas el único de los españoles de la época de la conquista que se identificó con los aborígenes, estudiando su vida, sus costumbres, y defendiéndolos en todo momento de las crueldades de Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez y sus gentes”. El padre Las Casas siempre escribió Habana, pero muchos otros, Havana.

Debido a las enfermedades de la época y al ambiente poco propicio para los recién nacidos, se decidió trasladar la muy joven comarca hacia una zona más beneficiada por aire sano. Se ubicó la villa en la desembocadura del río Casaguas (hoy Chorrera o Almendares), y un poco más tarde, en 1519, se hizo el traslado desde la Chorrera —que conservó por algún tiempo el nombre de Pueblo Viejo— al punto donde hoy se halla; conociéndose desde entonces por La Habana, pues antes solo se decía Villa de San Cristóbal.

De una forma o de otra, con un nombre largo u otro reducido, con fecha y geografía oficial de fundación no precisas del todo, lo cierto es que La Habana, o mejor aún, “Labana”, y para algunos, “La Poma”, es un sitio mágico, y aunque sus cumpleaños sean meras excusas para agasajarla, todos los días debemos amarla como lo que es: nuestra cuna y nuestra futura lápida.

He dedicado muchas páginas a reverenciar La Habana, igual que han hecho muchísimos artistas de todas las ramas de la cultura. Canciones, poemas, novelas, cuentos, crónicas y reportajes, películas, testimonios, obras teatrales: mucho se ha hecho desde el arte, y también muchos hemos alzado la voz para denunciar el estropicio, el abandono y la desidia que sufre la capital de Cuba. Hoy, en vísperas de uno de sus probables onomásticos, ahorraré tales críticas. Más bien quiero dejar constancia de mi amor incondicional hacia ella, esa obstinación en encontrarla única, majestuosa, incomparable. No es retórica: cada vez que tengo la oportunidad de visitar otro país, pido que me muestren “su parte más vieja”, en un afán inconfeso por compararla con el centro histórico que debemos a ese imprescindible batallador llamado Eusebio Leal.


Caballero
 

Puedo dar fe no solo del trabajo extenuante que implica restaurar construcciones antiquísimas; sino de la enorme cifra de dinero que se requiere, y de la necesaria integración de muchos oficiantes, expertos, albañiles, conservadores, arquitectos, diseñadores e historiadores de arte, para que una obra de la magnitud que se requiere, ofrezca más tarde resultados veraces por un lado y confortables al mismo tiempo. Todo eso lo he aprendido contemplando la labor del equipo de la oficina del historiador de La Habana a lo largo de muchos años, y eso mismo persigo en los sitios que visito. La parte vieja de Montevideo, por ejemplo, es árida, fría, como un terraplén inhóspito que apenas conserva huellas armamentísticas de la época de la conquista. El Panamá antiguo consiste en unas ruinas españolas de monasterios, de largos pasillos para el recogimiento, y de unas cuantas torres desde donde podían atisbarse posibles invasiones. La Casbah, de Argel, famosísima a nivel mundial por el papel que desempeñó durante la insurgencia del pueblo argelino contra los franceses (fue allí donde Gillo Pontecorvo filmó su monumental película La batalla de Argel) y declarada Patrimonio Cultural por la UNESCO en 1992, ahora mismo se tambalea. La arquitectura de la Casbah, que data del momento del dominio por los turcos, peligra, y las autoridades no han encontrado aún el modo de afrontar su restauración.

Me refiero a estos ejemplos para explicar la inmensa suerte que tenemos los cubanos, con el centro histórico habanero impecable, hermosísimo, y al mismo tiempo vivo, inquieto, incitador. Recorrer la parte vieja de San Cristóbal es revisitar nuestra historia, y es, a la vez, el paseo más anhelado por la familia cubana.


Mirador
 

Ciertamente, no puedo obviar del todo mis habituales reclamos para que la ciudad llame la atención de las autoridades, en aras de que sea recuperada su proverbial elegancia; pero asimismo reconozco nuestra parte de culpa. Si La Habana no luce el esplendor que merece, es responsabilidad de todos. Pero, repito, no se regaña a nadie cuando está a punto de cumplir años. En lo personal, confieso que me resulta indiferente si fue fundada en 1515 o en 1519; si nació al sur o al norte, ni cuántas veces fue trasladada. Yo la amo sin condiciones, sin fechas, sin nombres, sin escudos, sin banderas y sin himnos. Con basura, moscas, altavoces terribles, grietas y arrugas y desconchados, yo amo a “Labana”. Me declaro enferma de habanidad, condición que, como diría Mañach, es algo inmutable. ¡Felicidades, amada mía!, (otro día sigo protestando para que te arreglen, te lo prometo).

 

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