De la chatarra ideológica en el arte

Jorge Ángel Hernández
4/12/2018

¿Por qué ciertos códigos del arte han insistido en no dejar atrás los tópicos comunes de guerra fría? ¿Cómo es que la crítica no solo pasa indiferente a este fenómeno, sino que en ocasiones se encarga de sesgar algún que otro espaldarazo a manifestaciones que se hallan por completo fuera de un concepto artístico, por generoso que pueda parecer el reconocimiento? ¿No hay en estos momentos estudios, búsquedas históricas, ejercicios críticos, que sepan ver la diferencia entre el gesto de ruptura de una acción performática, una obra objetual o un simulacro conceptual y una trasnochada acción plagiaria que pretende usufructuar la necesaria denuncia social?

Todo arte, incluso aquel que se pretende fuera de la realidad, implica una relación de criterio respecto al entorno en que crean y se desenvuelven los artistas. Sin embargo, los tópicos de recepción de guerra fría, en su discurso post, insisten en focalizar ciertas acciones de activismo soso, invertebrado y hasta mercenario, como gestos artísticos de notable vanguardia. El desempeño de los monopolios de la información global se encarga de pasarlos como arte a través de un grupo de simulaciones críticas y, sobre todo, valiéndose de patrones de recepción ideológica que han sostenido a sangre y fuego. El doble discurso de valoración acerca de lo que se produce en los países donde estas publicaciones se originan y el que asume la noticia en países como Cuba, Venezuela, Nicaragua o Ecuador (aunque este último país ha “perdido interés” tras el insólito despliegue del inimaginable Gorbachov Moreno), muestra cuán poco relevante es el papel del arte cuando de defender hegemonías ideológicas se trata.


“En el caso de Cuba, las válvulas de escape respecto a prejuicios y podas institucionales
se rompieron desde la década de los ochenta”. Obra Colibrí, de Eduardo Roca, Choco

 

En el caso de Cuba, las válvulas de escape respecto a prejuicios y podas institucionales se rompieron desde la década de los ochenta, poco tiempo después de los escándalos provocados por las obras. Nuestra crítica de arte, sobre todo la que se ha formado bastante después de esas fechas en nuestros centros académicos especializados, no solo no se ha desprendido de ese trauma, sino que sigue reciclando en él los tópicos de guerra fría. La revisión de los escritos insta a pensar en dictados con muy leves variables, como si de ejercicios escolares se tratara.

Sin embargo, la mayoría de los artistas que entonces confrontaron el peligro de censura no solo ganaron la batalla de la libertad de exhibición y expresión, sino que han aceptado el reconocimiento institucional a través de los premios de importancia que en el país se conceden, sobre todo el Nacional de Artes Plásticas. ¿Pasa esto ajeno a nuestros profesores? ¿Es legítimo reclamar un reconocimiento plural de las modalidades y direcciones axiológicas del arte sin dar fe siquiera del propio vuelco institucional que mantiene a toda costa, y contra toda miseria y atentados económicos, la posibilidad de seguir educando, de seguir construyendo las posibilidades de crear y continuar ampliando el diapasón receptivo de nuestra población?

Como decía la crítica, poeta y ensayista francesa Annie Le Brun, a propósito de la publicación de su libro Lo que no tiene precio, un ensayo que arremete contra la mercantilización del arte actual, el arte contemporáneo se ha convertido en un “reciclaje de basura”, del mismo modo en que lo fuera la campaña electoral de Margaret Thatcher, organizada por Charles Saatchi, a quien ella misma no duda en considerar “el promotor más grande de arte contemporáneo”. La mercantilización espuria del arte se une a la comercialización de la política; una y otra se suplanta según los intereses de las corporaciones que financian los poderes globales.

El arte cubano, que proviene desde hace tiempo de una formación artística de calidad, de la que no se puede prescindir por ciego que se quiera ser, más informada que la propia propaganda negativa que se le adjudica, está recibiendo con fuerza las invasiones de chatarra ideológica y el impacto de esa mercantilización espuria, ideológicamente orientada a campañas de posguerra fría. Esa es la principal de las causas de que ciertos tópicos de guerra fría occidental persistan a la hora de asociar burdas campañas de gestos que en sí mismos se diluyen, sin acercarse ni siquiera al arte. No solo la crítica, o el estudio avizor, sino también el ojo de consumidores y asiduos debían llamarse a honestidad y asumir los patrones de valoración de los que son capaces y que, por más señas, estas acciones de chatarra ideológica merecen.

 
 
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