Doy por seguro que de todos los que integramos este panel, soy la persona menos indicada en cuanto a estudios o conocimientos de la obra de Aida, a tenor del título que nos convoca. Solo la socorrida patente de corso de la amistad, y las filias y padecimientos beisboleros con los equipos orientales que compartí con Jorge Luis —una vez en que coincidimos en el aeropuerto Antonio Maceo me confesó que se quitaba de la pelota porque su salud estaba primero, y con conocimiento de causa le di toda la razón—, justifican mi “intrusismo profesional”, como rezan las normativas de uso. Evoco al recordado Jorge en mis primeras líneas por aquello de que “detrás de cada gran mujer siempre hay un gran hombre”.

“La única responsabilidad del escritor es hacer la mejor literatura de la que sea capaz”. Imagen: Tomada del sitio web de Editorial Oriente

Lo que pretendo compartir con ustedes es una especie de puzle con piezas de diferentes lecturas; o mejor, un palimpsesto, escribiendo sobre lo ya escrito. Nuestra amistad, La Gaceta de Cuba, afectos comunes, la literatura, Jorge Luis y algunas anécdotas se intercalan en este esbozo que ante todo pretende rendir tributo a la persona que es Aida Bahr. En mi caso no voy a hablar de su literatura, aquí hay voces mucho más autorizadas para hacerlo, sino del ser humano que reconocemos y queremos en su pasión creadora, “a tiempo completo”. La que junto a sus libros, sus hijos, su familia y sus colegas ha desarrollado como promotora incansable, traductora y crítica, editora y directora durante años de la Editorial Oriente —donde dejó un legado que siempre se recuerda—, y como interlocutora transparente, en toda su hermosa y a veces beligerante honestidad a plena voz, pero que siempre inspira respeto a quienes la conocemos.

En el número de La Gaceta de Cuba que dedicamos a la década de los 80, Aida nos regaló una crónica (“Recuerdos de una época feliz”),[1] cuya lectura se agradece como otras que le publicamos, algunas de ellas mencionadas aquí. Por cierto, tal vez un acuerdo de esta reunión, como toda que se respete, es que ella se decida a reunir en un libro sus textos dispersos en esa variante que me gusta llamar “prosa varia”, o, al decir de Benítez Rojo, “género anfibio”, donde se entremezclan memorias y juicios críticos, y donde se reconoce la porosidad que existe en los vasos comunicantes de la escritura. Si se anima, me comprometo a ser su prologuista, como verán ya he cavilado al respecto.

En ese texto recrea su Santiago de Cuba en esa larga década de los 80, sobre todo la dinámica cultural. “Llegué a Santiago en 1976, cuando matriculé en la Universidad de Oriente. (…) Me impresionó cuando comencé a participar en la vida cultural de la ciudad la estrecha relación entre los escritores y los artistas”. Y ahí están junto a la universidad y la residencia estudiantil los sitios en que fue feliz. En primer lugar, el noble hogar de Chila y Soler, y con ellos la Casa de Heredia, la de la Trova, la flamante sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el Taller Cultural, y me imagino que también “la ciudadela de los artistas”, el Parque Céspedes, el Tivolí, la Isabelica… y más allá de todos, ese sitio universal que fueron para ella la amistad y los colegas de todas partes.

“Me impresionó cuando comencé a participar en la vida cultural de la ciudad la estrecha relación entre los escritores y los artistas”.

Junto a toda esta “educación sentimental”, empezó a valorar establecerse en la hospitalaria ciudad, “no cuando Jorge Luis comenzó a enamorarme, sino un año antes, porque Ramiro Herrero me preguntó si me gustaría una plaza de escritora en el Cabildo. Mi madre, convencida de mi futuro como profesora universitaria, (…) quedó espantada al saber tal propuesta y me preguntó: ‘¿Y a ti te gusta eso?’”. La respuesta de la hija le develó su definición como futura escritora: “Pero, ¿no te das cuenta de que me pagan por escribir?”.

A propósito del comienzo de su romance con Jorge, aprovecho para una digresión. Hace años me contó —cito de memoria, por lo que de seguro con razón me enmienda la plana— un pasaje de sus inicios con el que sería el padre de sus hijos. Una de sus tías, holguinera de pura cepa y chapada a la antigua, le preguntó cómo era eso de casarse con un hombre unos cuantos años mayor, divorciado y por más señas, santiaguero. A lo que la sobrina tuvo a bien aclararle, sabiendo por dónde venían los prejuicios: “Es algo mayor, pero no es un viejo; es divorciado, pero no tiene hijos; y es santiaguero, pero parece blanco”. Ellos dos construyeron una familia y literalmente un hogar, pues se aplicaron —entre otras tareas ingentes que les deparó una vida juntos, sin reclamar nada a nadie— a “hacer una casa” con “las mismas manos”, para citar a dos imprescindibles de nuestra poesía.

En el número cinco de 2008 iniciamos una sección que se llamó sucesivamente “Hablar sobre el otro”, y después, “Conversar sobre el otro”; sección que nos acercó a figuras emblemáticas ya fallecidas de nuestra cultura en las voces autorizadas y cercanas a los evocados. Entre los nombres que recuerdo están las entrevistas sobre Servando Cabrera, Raúl Martínez, Guillermo Cabrera Infante, Enrique Moret, entre otros. Esta iniciativa tomó cuerpo y título con la encuesta a Aida (“Cuando la luz ciega y el aire ahoga. Junto a Aida Bahr por el laberinto literario de Jorge Luis Hernández”),[2] acercamiento medular al amigo, al esposo y al escritor.

“La pasión callada”,[3] así tituló el ensayo sobre una zona de la narrativa del que fue compañero esencial de su vida, publicado justo en el último número impreso —hasta el presente— de La Gaceta de Cuba, correspondiente a mayo-junio de 2019: “Me he abstenido durante muchos años de escribir un estudio crítico sobre la novelística de Jorge Luis Hernández, por temor a que se mirara con recelo mi evaluación, pero he terminado por preguntarme quién es más prejuiciado: los posibles lectores o yo”.

Lo que escribe de este acercamiento al novelista que fue su esposo, a tenor de sus tres novelas conocidas —amén de la importancia ya canónica de Un tema para el griego, vale la pena reconocer las virtudes de La evasión de Cristián Pied y Últimos mensajes, más allá de reconocerlas como obras inconclusas— podría ser válido para ella, pues su escritura toda “tiene como objeto estudiar al ser humano” con una pasión que en vez de callada, podríamos decir que en su caso, como el envés del todo que constituyeron, compone una pasión vehemente, buscando incansablemente junto a sus personajes “la confirmación de sus valores, el lugar que ocupan en el mundo que les toca”.

En la nota[4] de presentación del dosier que le solicitamos que organizara como editora invitada con motivo del centenario de su querido José Soler Puig —donde se incluye además el texto suyo “Los hombres de nuestro mundo”—, nos recuerda el “afecto y la admiración personal por la evocación de quien fuera no solo un gran escritor, sino un ser humano excepcional”, reconociendo en el magisterio del intelectual íntegro que fue Soler la lección de “saber que a veces lo que se calla es más importante que lo que se dice, que la búsqueda es más enriquecedora que el hallazgo y que la única responsabilidad del escritor es hacer la mejor literatura de la que sea capaz”.

En los 55 años de La Gaceta nos regaló una crónica[5] donde con generosidad —ella, revistera por naturaleza (Sic)— subraya su vínculo orgánico con la publicación: “Agradecerle a La Gaceta (…) que tenga presente que su apellido es de Cuba, y por eso mismo procure valorar la cultura cubana en su conjunto, más allá de la locación específica de residencia de sus creadores, dentro y fuera de las fronteras de la Isla”. Y pone como ejemplo el dosier dedicado a su admirado Joel James, alguien tan importante para ella y para Jorge, “uno de esos raros casos en que es difícil deslindar al intelectual del hombre de acción, entendiendo ‘acción’ en su más amplio sentido”.

“El arte tenía que llegar al hombre, porque para eso se había hecho la Revolución”.

Otra faceta de la amiga que nos convoca es ser consecuente con sus ideas. Por eso en “Recuerdos de una época feliz”[6] enuncia el espíritu de la época en que se formó, cuando rememora cómo nos sentíamos protagonistas de la misma. “El arte tenía que llegar al hombre, porque para eso se había hecho la Revolución, y esto no solo quería decir dar la posibilidad a todos de disfrutar el arte, sino además, y en primer lugar, explorar al ser humano en toda su grandeza y su miseria para entenderlo y mostrarlo, porque el hombre es la medida de todas las cosas”. Aquí traigo a colación lo que me contó una amiga en común —por más señas, escritora cubano-americana—, quien de la mano de Aida visitó por primera vez el cementerio Santa Ifigenia, y en ese recorrido —me confesó impresionada— la había conmovido la pasión auténtica mostrada por su guía, en palabras y gestos, al revelarle aquellos sitios del altar patrio.

Hace justo 13 años, “en la terraza de su casa”, como subrayaría en la dedicatoria de Ofelias, da testimonio tanto de su proverbial sencillez —y quienes la conocen saben que puede pecar de “llevarse recio”—, como de su afecto a mi familia, cuando nos ofrece a los tres “estos cuentos que deberían ser mejores para corresponder a su amistad. Un abrazo enorme”. Su culto a las personas queridas siempre está presente en ella, sentimientos de los que he sido testigo por algunos muy cercanos como los Fornet-Gil-Capote; sus conversaciones con Gisela, mi esposa; sus escalas habaneras en la casa, de relativa vecindad con la mía; su recordada amiga la cineasta Lourdes Prieto, y los recuerdos de otros buenos amigos de la vieja guardia como Waldo Leyva —de los primeros, cuando aún ella vivía en Holguín—, Miguelón Mejides, Pedro Pablo Rodríguez y Arturo Arango, quien además estuvo presente en todo cuanto tuvo que ver ella con la revista.

Heredera de la mejor tradición feminista, la autora relata en este libro ocho historias marcadas por el miedo y el dolor. Imagen: Tomada de Internet

Al primero le pedí una breve evocación de ese inicio, líneas que comparto: “Recientemente volví a ver la foto donde el ministro de Cultura, Apidio Alonso, estaba condecorando a Aida Bahr. Recuerdo que esa mañana, mientras esperábamos de pie, en los lugares asignados para la ceremonia, yo tenía al lado a Aidita y me dio por recordar aquellos lejanos días, cuando ella vino de su Holguín natal para la universidad. Entonces era una muchacha tímida, o por lo menos eso me parecía; muy reservada. En ese entonces me acompañó un breve tiempo en la redacción de la revista Mambí de la Universidad. Allí empezó una amistad que dura hasta hoy. Esa amistad, y mi admiración por su obra y su talento se profundizaron con el vínculo que nos unió a Soler Puig y sobre todo a Jorge Luis Hernández, ese hermano que nos dejó demasiado pronto. EL matrimonio de Jorge Luis y Aidita fue para nosotros, pienso en Soler, en Joel y otros amigos de entonces, algo que nos llenó de alegría. Era la unión de dos excelentes personas, escritores de talento indiscutible y ambos arraigados en lo esencial de nuestra identidad. Un abrazo, Waldo”.

A propósito de afectos de larga data, de Abel Prieto publicamos en su momento, como adelanto de los cuentos completos de Jorge Luis Hernández, su prólogo[7] a este libro. Un texto emotivo y lúcido, relectura que corresponde en su honestidad intelectual a todo lo que él siempre ha reconocido en Aida y Jorge. Ella lo comprometió a que lo escribiera, y ambos, fieles gaceteros, nos dieron la primicia. Abel termina con unas palabras que sintetizan esa amistad: “Tengo que agradecerle a mi querida Aida este encargo: Me hizo bien. Me dio ‘luz’. (…) Me obligó a leer buena literatura como hay que leerla. (…) Y me permitió aprender mucho de Jorge Luis. Y admirarlo más”.

Centrada en el universo femenino, Felicidad narra 24 horas en la vida de Susana, una mujer común que explora su mundo interior en conflicto constante con el exterior que la rodea. Imagen: Tomada del sitio web de Editorial Oriente

Empecé con Aida y Jorge, y como se imponía, concluyo con ellos dos. El compromiso que enuncié al principio basado en la amistad —la palabra con razón más repetida en estos apuntes— es algo que al final también debo agradecérselo a ella, porque me obligó a retomar algunos de sus textos; me hizo bien y me dio “luz” —aunque en mi caso no es tanto la de Isaías M. Romero o Madame Blavatsky, en el talante de Abel, o en el de los cordones espirituales de mis ancestros manzanilleros—; me motivó a aproximarme más a la persona honesta y genuina que es ella, y, consecuente con esto, poder decir con la misma vehemencia que la caracteriza, cuánto se merece este homenaje, y sobre todo, cuánto la queremos.

Presentación en el panel “El autor y su obra”, dedicado a Aida Bahr. Biblioteca Nacional José Martí, 26 de octubre de 2022.


Notas:

[1] Aida Bahr: “Recuerdos de una época feliz”, La Gaceta de Cuba, noviembre-diciembre de  2013, pp. 16-19.

[2] Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco: “Cuando la luz ciega y el aire ahoga. Junto a Aida Bahr por el laberinto literario de Jorge Luis Hernández”, La Gaceta de Cuba, septiembre-octubre de  2008, pp. 12-16.

[3] Aida Bahr: “La pasión callada”, La Gaceta de Cuba, mayo-junio de 2019, pp. 8-12.

[4] Aida Bahr. “Mundos de Soler Puig”, La Gaceta de Cuba, julio-agosto de 2016, p. 2.

[5] Aida Bahr: “Tal vez una de las mejores cosas…”, La Gaceta de Cuba, marzo-abril de 2017, p. 20.

[6] Aida Bahr. “Recuerdos de una época feliz”, ob. cit. p. 19.

[7] Abel Prieto: “A manera de prólogo”, La Gaceta de Cuba, mayo-junio de 2014, pp. 45-50.

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