La celebración del Día Mundial del Teatro, el pasado 27 de marzo, nos condujo inevitablemente a la vivienda donde reside el dramaturgo y director teatral Gerardo Fulleda León.

Nada más parecido a un santuario, por su intimidad, que el sitio donde sostuvimos este encuentro con el ganador del Premio Nacional de Teatro en 2014. Solo que en ese “refugio”, como él lo llama, no observamos estampillas ni tampoco ofrendas. Y sí, en cambio, decenas de textos de reconocidos dramaturgos, entre los que saltan a la vista Shakespeare, Moliére, Lorca, Virgilio Piñera, Héctor Quintero, Neruda y el propio Fulleda. Frente a estos volúmenes, conservados como reliquias, que realmente son, resguardados tras los cristales de grandes cuadros, se aprecian títulos, premios, diplomas, reconocimientos e innumerables medallas que sintetizan las distintas etapas de incesante labor creativa de quien, merecidamente, es uno de los más grandes maestros de la escena cubana.

Programa de Plácido. Foto: Internet

A sus ochenta años de edad, este laureado dramaturgo describe sus comienzos en el teatro como si los hubiera vivido ayer mismo. “De niño, y como todos ellos jugaba, en las empinadas calles de mi natal Santiago, esos tradicionales entretenimientos de bandidos y ladrones. Jugaba también a los escondidos, a la pelota y a los trompos. Pero una dolencia en las piernas me alejó por completo de esa gran diversión. Mis divertimentos pasaron a ser entonces el cine y la lectura.

“Comencé a leer mucho, sobre todo libros infantiles de héroes y villanos y no pocos de Historia. Siempre me veía representado en los héroes, porque soñaba con ser como el Generalísimo Antonio Maceo.

“En sexto grado tuve un profesor de Historia que militaba en el Partido Auténtico, era muy seguidor de las ideas y el pensamiento de Martí. Nunca olvido el día en que nos leyó en el aula ese poema épico y maravilloso que nuestro Héroe Nacional tituló Abdala. Mientras el profesor lo leía me fui emocionando tanto que, cuando él terminó la lectura, comencé a llorar. Y esa admiración por Abdala me permitió ganar por primera vez el premio El beso de la Patria, por la participación en un concurso con un poema que escribí y que fue leído en la tumba de nuestro Apóstol, en el cementerio Santa Ifigenia, el 28 de enero de 1953, año marcado por el heroísmo de la Generación del Centenario liderada por Fidel, que realizó el histórico Asalto al Cuartel Moncada.

“Poco tiempo después vine a vivir a La Habana, donde me sostuve durante muchos años limpiando zapatos, en la calle 21 del Vedado. En ese lugar se vendían periódicos y revistas, los cuales leía ávidamente cuando no tenía ningún cliente a quien lustrar los zapatos. Así fue surgiendo en mí un gran interés por la literatura, que muy pronto se transformó en una necesidad”.

“Junto con la literatura, me comenzó a interesar el teatro, y por aquellos años asistía a la presentación de varias obras. Poco a poco el arte de las tablas fue incorporándose a mi vida y se adueñó totalmente de ella cuando yo apenas había cumplido los veinte años de edad”.

Visiblemente emocionado, Gerardo Fulleda asegura: “el triunfo de la Revolución me sorprendió embarrado de tinta y betún. Convertido en un limpiabotas con unos deseos inmensos de estudiar. Pero si dejaba de trabajar para ir a la escuela, cómo me alimentaría entonces. Era en realidad un problema difícil de resolver que se acrecentaba además por el color negro de mi piel. Sufrí como muchos cubanos la discriminación racial que, justo porque caló muy hondo dentro de mí, aparece reflejada en algunas de mis obras.

“Junto con la literatura, me comenzó a interesar el teatro, y por aquellos años asistía a la presentación de varias obras. Poco a poco el arte de las tablas fue incorporándose a mi vida y se adueñó totalmente de ella cuando yo apenas había cumplido los veinte años de edad”.

Con manifiesto orgullo rememora su participación en el encuentro sostenido por Fidel con la intelectualidad cubana, en la Biblioteca Nacional, en junio de 1961. Y enfatiza en “aquel trascendental discurso de nuestro Comandante, conocido como Palabras a los intelectuales, que marcó un antes y un después en la política cultural de esta nación. A raíz de aquel encuentro se creó la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, Uneac, y tengo el privilegio de pertenecer a aquella vanguardia artística que fuera su fundadora”.

Más adelante explica que su inclinación creciente por el teatro, mezcla de realidad y fantasía, obedeció a “la amistad con esa consagrada maestra de las tablas, Bertha Martínez. También tuvo mucho que ver la gran admiración que sentí siempre por Virgilio Piñera, quien en aquel momento dirigía un Suplemento Cultural nombrado Lunes de Revolución.

“Aconsejado por unos amigos comencé a enviar a ese Suplemento algunos poemas que había escrito. Virgilio los publicaba a pesar de que no nos conocíamos. Fue en aquel encuentro con Fidel celebrado en la Biblioteca Nacional, cuando lo conocí personalmente. Al verle besé su mano en señal de respeto y agradecimiento”.

Uno de los primeros desempeños profesionales de Gerardo Fulleda en el teatro fue como apuntador. Su constante superación hizo posible que muy pronto se convirtiera en asesor teatral de una de las compañías más aplaudidas en Cuba en los años 60: el grupo de teatro Rita Montaner.

Programa de La querida de Enramada. Foto: Internet

Acerca de esta prestigiosa agrupación, que precisamente por estos días está celebrando su aniversario 60, Fulleda refiere: “En mi opinión es esta una de las agrupaciones teatrales más sólidas y profesionales con que cuenta el teatro cubano. Con creces honra el nombre que lleva y el de su fundadora, la experimentada teatrista y directora de programas de televisión Cuqui Ponce de León.

”El debut de esta agrupación fue en el teatro Hubert de Blanck, con la obra Propiedad privada, y en esa misma sala tuvo lugar una de sus puestas en escena más aplaudidas, la obra Las yaguas, de Maité Vera. Ya para 1965 se traslada para El sótano, que ha sido históricamente su sede oficial.

”De asesor teatral pasé a ser el director de esa compañía, y al frente de ella estuve durante veintitrés años. Aunque el grupo Rita Montaner representa una gran escuela donde aprendí mucho de teatro, creo que fue demasiado el tiempo que permanecí en esa agrupación.

”Tanto como la vida y la sociedad, el teatro tiene que estar en constante cambio, en continua renovación. Cuando uno permanece durante mucho tiempo haciendo lo mismo, se estanca, envejece aun cuando gane en experiencia. Eso lo he aprendido y demostrado en los distintos talleres que he impartido en Cuba y en otros países como Argentina y Alemania. Hay que renovarse cada día, y cada día igualmente alimentarse de lo nuevo, lo novedoso. Se aprende mucho de los jóvenes, que llegan a los escenarios llenos de energía y entusiasmo, de ideas innovadoras.

”Para que se tenga una idea de la solidez profesional y artística de la compañía Rita Montaner hay que decir que con excepción de estos últimos años, totalmente atípicos por la pandemia, esta agrupación ha ofrecido sus funciones de martes a domingo en su habitual sala con muy buena asistencia de público. Eso es difícil de conseguir, no obstante, el Rita Montaner lo ha logrado sistemáticamente, por su constancia y la renovación permanente de su amplio y variado repertorio. Para conmemorar sus sesenta años prepara un gran espectáculo que tendrá como escenario principal a El sótano”.

¿Y qué es para usted el teatro?

Durante muchos años sostuve el criterio de que el teatro era un espectáculo, un divertimento. Las experiencias vividas, las enseñanzas aprendidas, me hacen ver ahora el teatro como un espacio imaginario para la interpretación reflexiva y lúdica de los acontecimientos reales. Tal vez mañana cambie de parecer, pero ese es hoy el criterio que tengo de esta manifestación del arte.

¿Dónde se siente más pleno, más realizado profesionalmente, como director de una agrupación teatral o como dramaturgo?

Donde siento mayor satisfacción es como dramaturgo. Es decir, escribiendo nuevas obras que permitan enriquecer la escena cubana, porque ello me permite realizar nuevos descubrimientos, al abordar temas que hablen de los demás.

“Hablar de uno mismo se convierte en algo muy aburrido. Nunca me he conformado con lo de ayer, siempre estoy buscando en el mañana. Es muy cierto que he escrito acerca de la realidad que viví, pero principalmente de la realidad cotidiana que vive este, aquel, el otro y el otro.

”El espectador tiene que sentirse representado en cada puesta en escena, ver reflejada su realidad o la de otro. Solo así logramos conseguir su simpatía, su aceptación. Mostrarles que su realidad puede cambiar, que puede y debe ser mejor”.

Con manifiesto orgullo rememora su participación en el encuentro sostenido por Fidel con la intelectualidad cubana, en la Biblioteca Nacional, en junio de 1961. Y enfatiza en “aquel trascendental discurso de nuestro Comandante, conocido como Palabras a los intelectuales, que marcó un antes y un después en la política cultural de esta nación”.

Autor de diecinueve obras, para niños y adultos, solo tres de ellas no han sido estrenadas. Este Premio Literario Casa de las Américas, en 1989, destaca entre sus títulos más relevantes las obras Cal en las tumbas, que “tiene mucho que ver con uno de los primeros poemas que escribí titulado La muerte diaria. Este poema alude al asesinato de uno de los primeros jóvenes revolucionarios en Santiago de Cuba.

Betún, que esboza esa parte triste de la vida cuando era limpiabotas; Azogue y La querida de Enramadas, una obra que me ha dado mucho placer y con la cual viví una de las experiencias más emocionantes de mi vida cuando, al concluir su estreno en el Teatro del Estado, en Suecia, el público puesto de pie, unas quinientas personas, repetía en perfecto español: Cuba, Cuba, Cuba. Es ese uno de los momentos más hermosos que he vivido, porque amo inmensamente a mi país y, de una manera muy especial, a mi Santiago de Cuba.

”Otra de mis obras es Ruandi y Levi, estrenada en Alemania con igual acogida por parte del público. Asimismo, se presentó en New York, Estados Unidos. Esta puesta me toca muy de cerca porque está relacionada con la discriminación racial. Muchos la consideran como una de las obras más hermosas que he escrito. Además de Alemania y Estados Unidos se ha presentado también en Francia. Mientras que en Cuba la han acogido cuatro agrupaciones.

”Representativa es igualmente Los profanadores, estrenada por la compañía Rita Montaner en El Sótano.

Chago de Guisa es otro título relevante y con el cual me congratularon con el Premio Casa de las Américas, evento en el que participé posteriormente como jurado. Esta obra centra su trama en la vida de un niño negro sometido a los horrores de la esclavitud.

“…explica que su inclinación creciente por el teatro, mezcla de realidad y fantasía, obedeció a “la amistad con esa consagrada maestra de las tablas, Bertha Martínez. También tuvo mucho que ver la gran admiración que sentí siempre por Virgilio Piñera…”.

”Todas estas obras han partido de mis propias vivencias, aunque siempre teniendo en cuenta que no sean repetitivas, que cada una narre una historia novedosa, atractiva. Cada una de ellas es un nuevo peldaño”.

A modo de primicia nos confiesa que trabaja arduamente en la redacción de otro título, al que ha dado el nombre de Peregrinaje al Cobre, en el cual aborda el tradicional recorrido de los santiagueros, y cubanos en general, a ese emblemático sitio donde se venera a la Virgen de la Caridad, reconocida, por su aceptación popular, como la Patrona de Cuba.

Los premios, entre otros, Gitana Tropical y Pelusín del Monte, los sellos conmemorativos 50 y 60 aniversario de la Uneac, la medalla José María Heredia, además de varios reconocimientos por su presencia en las distintas ediciones del certamen santiaguero Máscaras de Caoba, avalan la trayectoria artística de Gerardo Fulleda León, al tiempo que “representan galardones que agradezco y me enorgullece haberlos recibido.

”Sin embargo, ninguno de estos premios hubiera sido posible sin la participación de directores teatrales, de actrices y actores que han acogido e interpretado mis obras, que han dado vida a mis personajes. A ellos y a otras muchas personas agradeceré eternamente, por haberme entregado el mayor y más importante galardón al que puede aspirarse: los rostros emocionados de los espectadores, sus aplausos reiterados al finalizar la puesta en escena de una de mis obras”.

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