José Martí fue un utopista. “¿Quién no ha reconstruido en su cerebro la Utopía de Moro, y la Occeana de Harrington?” —confesó en 1883. Creyó en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud; en la evolución del hombre sobre la base de la superación educacional y cultural. Luchó con una esperanza, por la perfección moral del alma cubana; por la posibilidad del Homagno, un “hombre nuevo” y un “pueblo nuevo”, emancipado y emancipador, para Nuestra América.

“Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad”. Foto: Tomada del sitio Unsplash

En esa tremenda “lidia humana” que es la “Batalla de los cascos y los lirios”, creyó posible matar a las fieras y domar el furor de los hombres soberbios, de los hombres fieras. Lo anunció  en su poema “Homagno”, más allá del pesimismo que algunos señalan. El “homagno sin ventura” es aquel incapaz  de descubrir sus máscaras y artificios,  el peso dominador, “como silla a lomo de caballo”, de sus rezagos de animal, de hombre primitivo, esas “memorias de la bestia” que lo hace morder y golpear. En el poema, Martí usa el recurso simbólico de desdoblarse: en el cuerpo-animal y en la conciencia, en el  “homagno sin ventura” y en el poeta;  a los que  presenta en diálogo. La conciencia, como fiscal, tiene ojos que queman, y ha de buscar persistentemente la  luz,  en la naturaleza y en el corazón. Solo ella, en la arena personal, es capaz de diagnosticar esa contradicción que al Poeta atormenta: “¿Por qué, por qué, para cargar en ellos/ Un grano ruin de alpiste maltrojado/ Talló el Creador mis colosales hombros?”.

“La elección, como un sino, se presenta al hombre desde que nace”.

En la arena pública los hombres son como “esclavos gladiadores”,  y el pueblo y el rey son los fiscales: “El pueblo y el rey, callados miran/ De grada excelsa, en la desierta sombra./ Pero miran!”. Elegir es un acto definitorio de vida o muerte para el gladiador, a la vista del poder y del juicio colectivo. Cuando versa: “No es la vida/ Copa de mago que el capricho torna/ En hiel para los míseros, y en férvido/ Tokay para el feliz. La vida es grave,/ (…) Y hasta el pomo ruin la daga hundida,/ Al flojo gladiador clava en la arena”; está aludiendo a esa causalidad entre las decisiones-actos y al lugar (social o moral) donde tus actos te colocan.

La elección, como un sino, se presenta al hombre desde que nace. En “Pollice verso” la disyunción se platea entre las virtudes y los vicios: “Junto a cada cuna una invisible/ Panoplia al hombre aguarda donde lucen,/ Cual daga cruel que hiere al que la blande,/ Los vicios, y cual límpidos escudos/ Las virtudes”. En este, pide Martí a su pueblo levantar el escudo, es decir, las virtudes, porque el cobarde “que en la contienda/ Bajó el escudo, o lo dejó de lado, / O suplicó cobarde, o abrió el pecho/ Laxo y servil a la enconosa daga/ Del enemigo”, su propio acto lo condena a la muerte —que significa la condición de siervo—, a llevar el yugo como buey, y al desprecio, “como a raza ruin, menguada y floja”.

En “Yugo y estrella” los símbolos a elegir, “insignias de la vida”, son otros dos: uno más pedestre, creado por el hombre para dominar la naturaleza, y el otro bien elevado, celeste, de la naturaleza indomable. La elección tiene una connotación más debajo de la piel, biológica. No se elige entre daga o escudo, atributos de la segunda piel, de la vestimenta; ni las consecuencias son la aprobación o la desaprobación moral, el pollice verso; sino que el castigo es más profundo, la involución humana. Se trata de la ascensión virtuosa hacia la plenitud humana o de la degradación ominosa hacia la bestia. Entre la cómoda sumisión o el altruismo.

Quien elige la estrella, al iluminarse y soltar sus alas  y su naturaleza humana, hace más  bella a la naturaleza toda.  “Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad; y va como empañada y turbia (…) allí donde los hombres, al despertar cada mañana, ponen la frente al yugo, lo mismo que los bueyes”; así expresó en “El 10 de abril”, emotivo texto acerca de la Constitución de Guáimaro. Al iluminarse, sabe más de sí, profundiza en su condición humana, como conciencia de la naturaleza.

“La humanidad asciende cuando adelanta”. Imagen: “Retrato de José Martí” (1926), Manuel Díaz Salinelo/
Tomada del sitio de Habana Radio.

Elegir es un acto de valor, de dignidad y también de sabiduría, que no es, para el Apóstol,  instrucción extranjeriza, sino educación de la mente y del espíritu; sobre todo de su armonización con el espíritu del país y de su tiempo. “Esos son los que de veras traen caudal al país, los que no van a los colegios a ponerse sobre la frente una carrera, como se le pone a un buey un yugo, ni a sacar patente de sabiduría con que dar barniz de cultura a la riqueza, sino a hacerse de armas para el combate de los hombres: o a ejercitar el alma, que pide luz y vuelo” —anota en una de sus cartas a La opinión pública, de Montevideo. El que “cría la mente en los pueblos del Sur” no ha de mirarse “como comparsa del mundo”, ni como comparsa de la “civilización egoísta y áspera de Norteamérica”.

Cuando se imita, se sigue “como buey, a cabeza de  títeres”, se elige mal  y se deserta de la ascensión humana hacia la luz. “Va allá lo humano, siempre fuerte; pone los ojos ante sí, pero caminaría aunque fuese ciego. La humanidad asciende cuando adelanta”, expresó. “Cada hombre es un colaborador. El que pudo ser antorcha, y desciende a ser mandíbula, deserta”. El “hombre que al buey sin pena imita, / Buey torna a ser, y en apagado bruto/ La escala universal de nuevo empieza”.  “Y el vivo que a vivir no tuvo miedo, / Se oye que un paso más sube en la sombra”. En esencia, la disyunción está en crear o imitar.  “El que la estrella sin temor se ciñe, / Como que crea, ¡crece!”. Y solo puede crear aquel que  cultiva su cuerpo y su mente; de ahí la importancia de la educación y la cultura.

No adelanta al ser humano el “apagarse con las propias manos la luz con que se viene al mundo, o que se debe al mundo”. Para Martí el talento es el deber de servir, y como  “ala desplegada” debe ponerse en función de elevarse y elevar a los demás. “Los mejores amigos de los hombres” —escribe en 1883 en una de su cartas al director de La Nación—, son los hombres que “no tienen por cierto ni por bueno que el cerebro humano, como el testuz del buey, tome su molde en yugos; los que oyen dentro de sí, en permanente pregunta y arrebato, voces de rey y mandamientos imperiales; los que no saben de recortar alas, sino de desplegarlas”.  El talento ha de ponerse en función de “revelar a los hombres su propia naturaleza”.

En su crónica “Maestros ambulantes” planteó: “La mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra. Comieron y bebieron; pero no supieron de sí. La cruzada se ha de emprender ahora para revelar a los hombres su propia naturaleza y para darles, con el conocimiento de la ciencia llana y práctica, la independencia personal que fortalece la bondad y fomenta el decoro y el orgullo de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo”. En su prólogo al libro Cuentos de hoy y de mañana, de Rafael de Castro Palomino, elogió a quienes revelan, “en suma, la ley ineludible, la razón triunfante, el porvenir seguro, la esterilidad de la precipitación, la reacción que acarrea la rebelión inculta, el triunfo definitivo de la calma activa”. Hacerlo es ser caballero de los hombres, obrero del mundo futuro, cantor de alba, y sacerdote de la Iglesia nueva”.

“El talento ha de ponerse en función de ‘revelar a los hombres su propia naturaleza’”.

Pasar dormidos por el mundo es pasar sojuzgados por el instinto, no alcanzar la poesía, la intuición que se alcanza con el cultivo de la sensibilidad. Evolucionar, ascender hacia la luz, amerita incrementar las capacidades de percibir y de interpretar el mundo en toda su complejidad; de traspasar las veladuras del espacio y del tiempo; de expandir el presente hacia el futuro y trascender todas las sombras, la noche y el pesimismo; de derrumbar todas las paredes y los muros que comprimen y detienen la expresión humana, cuya manifestación más ilimitada es la de soñar, imaginar mundos y hacer realidad sus utopías. Eso distingue al ser humano de los animales. Por ello, se ha de cultivar ese otro órgano de los sentidos a través del cual asciende al mudo “imposible”, invisibilizado por determinada indexación histórica o cultural. Esa capacidad utópica que se cristaliza a través de las metáforas, puente cognitivo entre dos mundos.