“Cuando un público enérgico aplaude,
 la mediocridad tiembla”.
Candela
, obra de Jazz Vilá Project.

“Las expectativas son muy altas”, le dije. Asintió sonriente. “Lo sé, y seré coherente con ello, como siempre. Aspiro a que la próxima obra que haga supere a la anterior, aunque se trate de historias diferentes”. Sonaba seguro, convencido, y despertó aún más mi curiosidad.

Candela es mi obra más profunda, y es la de todos”, afirma Jazz Vilá.

Saber que el actor/director/productor Jazz Vilá presenta una nueva puesta en escena ya es motivo de interés. Conocemos su impronta, su manera de hacer teatro, su aprovechamiento orgánico de toda variante de marketing y promoción, su perfecto mélange entre lo artístico y lo “comercial” y, por sobre todas las cosas, su intención de atraer jóvenes a las salas o incluso, fuera de ellas. Teatro ligero, ha dicho alguna que otra vez, para pensar y divertirse, pero en el arte sabemos que nada puede asumirse con ligereza.

Si la nueva entrega se nombra Candela, y además, le antecede el éxito rotundo de Rascacielos, Eclipse y principalmente Farándula —de la que, tras extensas y diversas temporadas, se estrenará pronto una película— la motivación para ir a la Sala Adolfo Llauradó se triplica. Salir de ella con la esperanza a flote, no sin antes combatir con el conformismo, la desilusión y la tristeza, ya es batalla ganada.

Aquí se habla de tenacidades, empeños, sueños, frustraciones, dificultades, lealtades, entrega…

Jazz Vilá me contó hace unos días que concibió Candela con la idea de que fuera el primer unipersonal de la compañía. Sin embargo, enriquecedores procesos creativos la hicieron transformarse en lo que se le ha ofrecido al público en este mes de diciembre, con sus últimas funciones previstas para el venidero fin de semana.

Una vez más bebe de sus vivencias personales, y quizás tome algo de alguien cercano pero, sin dudas, es fiel a la realidad que pudieran compartir muchas otras personas. “Candela es mi obra más profunda, y es la de todos”.

No podría ser de otra manera cuando se habla de tenacidades, empeños, sueños, frustraciones, anhelos, dificultades, ambiciones, tropiezos, lealtades, desapegos, ilusiones, decepciones, entrega… Talentos ignorados, éxitos merecidos o regalados, olvidos, aplausos.

Se sirvió de Yordanka Ariosa y de Michel Pentón para que canalizaran sus inquietudes en los roles de Perla Rosa y Candela, respectivamente. Elecciones acertadas, combinadas con el afán de interactuar con el público, no solo para arrancarle risas después de las bromas sino para que se sintiera parte de esos sinsabores y esperanzas que tejían entre las dos. Una cantante y una actriz, encarnaciones perfectas de cuanto artista en este mundo se debate hoy entre el querer triunfar —concesiones mediante o no— y ser reconocido en su quehacer o dejar pasar las oportunidades que, en muchos casos, ni de cerca les pasan.

“Ustedes los actores son tan complicados”, decía Perla Rosa. ¿Y ustedes no?, ironizaba Candela.

El disco Reminiscencias, de Perla Rosa, es un pretexto para que también aparezcan en escena los músicos Alejandro Zamora (Arsenio) y José Alejandro López (Pepito). Este es un recurso que por primera vez —y no creo equivocarme— se emplea en las obras de este colectivo, tal y como sucede con el uso de un vestuario diferente en cada función.

La invitación a que los teléfonos celulares permanecieran encendidos “rompe” con los preceptos elementales del disfrute en colectivo de una obra teatral o cinematográfica, y ello también deviene motivo de sorpresa e intriga. ¿No habrá un sorteo?, bromeó alguno antes de entrar, y la certeza de que no debe conocer a Jazz Vilá fue aplastante. Nada de lo que imagines estará, sino todo lo contrario.

Fue reconfortante cantar. Sí, muchas canciones queridas del cancionero cubano y universal. Además, fue digno de elogio que tanto Yordanka como Michel permanecieran fuera de sus cuerpos y sus personajes —que podemos ser usted y yo, perfectamente—lograran la empatía que al inicio parecía imposible. “Ustedes los actores son tan complicados”, decía Perla Rosa. ¿Y ustedes no?, ironizaba Candela.

Nada de lo que imagines estará, sino todo lo contrario.

Le cedí el asiento a ella, a la actriz “estudiada y esforzada”, porque no es el clásico diálogo entre dos en el mismo escenario lo que se disfruta. Es el coqueteo entre niveles distintos de la aceptación artística, el “baja y sube” del espacio ideal, el liderazgo desde distintos puntos del conflicto y, ante todo —y reitero— hacer que cada uno de los asistentes sintiera en carne propia el dilema y saberse sentado ahí, en ese primer asiento de la primera fila como cualquiera, o arriba de las tablas pero luego bajando la escalera.

¿Acaso no le sucedió a Jazz Vilá algo similar? ¿Y a usted? ¿Y a quien estaba a mi lado? ¿Y al muchacho de la fila de atrás? ¿Y a la pareja de la esquina? A todos en algún momento de nuestras vidas se nos debe haber “encendido” el alma y haberse extinguido como fuego muerto, y luego renacer.

A ello apela la obra. A que nos veamos reflejados en ese vaivén —no siempre justo— de éxitos y fracasos, y que comprendamos que culpar a otros no será la solución como tampoco lo es rendirnos. Hoy una cerveza Belga, mañana un café conservado en un termo y la semana siguiente un vaso de agua… Las penas siempre encontrarán donde ahogarse pero la entereza quema si no halla sosiego.

No será tan fácil, ya sé que pasa
No será tan simple como pensaba
Como abrir el pecho y sacar el alma…
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón
Fito Páez. Yo vengo a ofrecer mi corazón

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