Cuba fue ocupada militarmente por el Ejército de Estados Unidos de América en 1899. El gobierno interventor preparó las condiciones legales y administrativas para un protectorado de nuevo tipo, el neocolonialismo, mediante un anexo a la Constitución de la República: la Enmienda Platt, y posteriormente, el Tratado de Reciprocidad Comercial, que establecía la entrada libre de productos a Cuba y viceversa, un tratamiento igualitario entre países con abismales diferencias de riquezas y posibilidades comerciales. La economía cubana quedó devastada después de la guerra. En 1894, la producción de azúcar de caña fue de 1 054 214 toneladas, la de tabaco de 560 000 quintales y se contaban más de 3 000 000 de cabezas de ganado; cuando concluyó la contienda contra España en 1898 se produjeron solo 305 543 toneladas de azúcar, 88 000 quintales de tabaco y había unas 300 000 cabezas de ganado. La miseria asolaba las ciudades. El panorama social fue aterrador. Las pérdidas humanas en la guerra habían sido estimadas en unas 300 000 personas. Viudas, niños huérfanos mal nutridos, ancianos enfermos y una gran cantidad de personas desamparadas y hambrientas componían la mayoría de la población en ciudades, pueblos y caseríos de la Isla. La fiebre amarilla seguía haciendo estragos en la población, al igual que otras enfermedades infecciosas. Una buena parte de las escuelas no funcionaban y muy pocos niños podían asistir a ellas.

Mediante la Enmienda Platt, EE. UU. dispuso el establecimiento de un protectorado de nuevo tipo, el neocolonialismo. Imagen: Tomada de Cubadebate

Leonardo Wood, gobernador interventor, rebajó a cifras ridículas los aranceles para los productos de los Estados Unidos y estimuló todo tipo de inversión yanqui, especialmente la compra de las mejores tierras del cultivo de caña de azúcar y de tabaco; inversiones en la industria azucarera, las minas, el transporte, las comunicaciones…: los bancos entraron. Las empresas norteamericanas se adueñaron de las principales riquezas del país. Para organizar a la sociedad civil, en 1899 se realizó un censo de población que dio como resultado 1 572 797 habitantes. Se higienizaron las ciudades, se pavimentaron las calles, se organizaron los cuerpos represivos de la policía y el orden judicial, se impulsó un método de educación estadounidense en una población con el 63 % de analfabetos, solamente el 6 % de los niños asistían a la escuela; funcionaban 312 escuelas de todo tipo y solamente había 381 alumnos universitarios. Las tres instituciones representativas del pueblo cubano fueron desmanteladas: el Partido Revolucionario Cubano fue disuelto en diciembre de 1898 por quien fuera su delegado, Tomás Estrada Palma; la Asamblea de Representantes, reunida en El Cerro, cayó en una profunda crisis y fue desmantelada en abril de 1899; y el Ejército Libertador Mambí se retiró después de un dramático licenciamiento. Con estas acciones, dejaban a la Isla a merced de los monopolios yanquis.

Se inició la guerra cultural. España se representaba como la tradición, el oscurantismo, el atraso, el trabajo manual sin máquinas, el transporte a caballo o en carretas, el apego al dogmatismo religioso, la pasión por la aristocracia ya arruinada, los inservibles títulos de nobleza, el amor por la retórica decadente imitadora de Francia, los juegos de cartas y el entretenimiento de la lidia de toros como ocio, la resistencia a lo nuevo o a lo moderno y a cualquier cambio…, los Estados Unidos se representaban como la modernidad, la iluminación y la electricidad, la maquinización en el trabajo con la industria, el transporte con fotingo y tranvía, los útiles del hogar, una religión más “flexible” y el rechazo a símbolos aristocráticos, la pasión desenfrenada por ganar dinero, el pragmatismo “materialista” que tenía como referencia el utilitarismo de los ingleses, el ideal deportivo de las carreras de coches o de caballos y el rodeo para domar al toro, todo cambio parecía bueno. Esta violenta transformación cultural se ofrecía mediante los medios en muy poco tiempo. Desde los primeros meses de la intervención de Estados Unidos a Cuba se organizó la comunicación pública con mecanismos de dominación cultural entre los que no faltaron los periódicos escritos en idioma inglés, pues en el censo de 1899 en Cuba, con una población de un poco más de millón y medio de ciudadanos, ya había 6 444 ciudadanos estadounidenses residentes en la Isla y casi cuarenta casas comerciales.

Las tres instituciones representativas del pueblo cubano fueron desmanteladas: el Partido Revolucionario Cubano, la Asamblea de Representantes y el Ejército Libertador Mambí. Imagen: Tomada de Internet

Se desmantelaron los emblemas, símbolos, imágenes, nombres, estatuas…; se sustituían escudos de armas, monogramas, sellos de correo, papel timbrado, uniformes, íconos… de la colonia. El 12 de marzo de 1899 se bajó la estatua de Isabel II en el Parque Central y se ubicó una estatua de la libertad de calamina comprada en los Estados Unidos a un precio de 2 000 pesos; solo en 1905, con la presencia de Máximo Gómez, fue sustituida por la de José Martí. Las cárceles fueron demolidas, cuarteles fueron convertidos en escuelas y los lugares públicos se hicieron más limpios, abiertos e iluminados. En ciudades como Santiago de Cuba se extrajeron cientos de toneladas de escombros y llegaron a La Habana las primeras piezas sanitarias de los baños con novedad publicitaria. Se pavimentaron calles en las capitales provinciales, se pintaron los edificios públicos y se amplió el servicio de corriente eléctrica, teléfono y telégrafo a la ciudadanía. Aparecieron las primeras máquinas de coser y de escribir, las bicicletas, diferentes tipos de lámparas. Los globos aerostáticos llegaron a la Isla. El comercio y el consumo comenzaron a incrementarse. La comercialización constante provocaba un consumismo desmedido para algunos.

Fue organizado un proyecto para formar profesores, “acoger 2 500 jóvenes, mezclarlos con la masa de 16 millones de nuestros inteligentes escolares, y luego devolverlos a su patria, tiene que producir un efecto luminoso”: así rezaba el plan. En realidad, se llevaron 1 273 jóvenes cubanos para formarlos como profesores en la Universidad de Harvard en 1900; en un mitin organizado en Boston por iglesias protestantes se recaudaron 70 000 dólares y así se inició esta expedición que duró entre abril y agosto de ese año. Este proyecto de largo alcance estratégico incluía la celebración en Cuba de fechas patrióticas norteamericanas y la supresión de fiestas católicas del Calendario del Obispado. Aunque se reconoció a la Virgen de la Caridad del Cobre como patrona de Cuba, comenzó a sustituirse el Día de Reyes por la figura de Santa Claus, hasta que convivieron. Se estimularon fiestas de disfraces y de Halloween. Se prohibieron fiestas y bailes ceremoniales de creencia afrocubana, especialmente los llamados “bembés”. Se reguló la entonación del himno en lugares públicos. El danzón se bailaba junto a ritmos del sur de Estados Unidos. Aumentó la presencia de anglicismos en la prensa cubana y los anuncios se presentaban en español e inglés…

La colonización cultural de Estados Unidos a Cuba durante la intervención, incluía la introducción de la labor misionera de las iglesias evangélicas en el país. Las iglesias protestantes se adscribieron a la Junta de Misiones Domésticas de los Estados Unidos y no a la de misiones extranjeras, lo que significaba que Cuba quedaba incluida dentro del territorio nacional estadounidense, una especie de “territorio de ultramar”. La expansión del protestantismo en la Isla durante los primeros años del nuevo siglo, en miles de ciudadanos estadounidenses que vinieron a vivir a Cuba, introdujo elementos notables y visibles de la cultura de Estados Unidos, especialmente los métodos de enseñanza, la práctica de la religión, costumbres y hábitos, que incluía la forma de vestirse, comer y modos de vivir. Se fueron sustituyendo los pastores cubanos por los estadounidenses. Hubo una fuerte oposición al plan de “norteamericanizar” la educación, la religión y la cultura cubanas. Formada en idearios patrióticos, en idioma español, con la religión católica y otras religiosidades diversas de origen africano, la cultura cubana admitía un mestizaje singular que chocaba con los nuevos aires del Norte. Lideraron la avanzada anticolonialista Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Rafael Montoro, Vidal Morales, Juan Gualberto Gómez, Carlos de la Torre y Esteban Borrero Echeverría, entre otros.

La colonización cultural de Estados Unidos a Cuba durante la intervención, incluía la introducción de la labor misionera de las iglesias evangélicas en el país. Las iglesias protestantes se adscribieron a la Junta de Misiones Domésticas de los Estados Unidos y no a la de misiones extranjeras, lo que significaba que Cuba quedaba incluida dentro del territorio nacional estadounidense, una especie de “territorio de ultramar”.

El danzón se impuso como baile nacional frente al ritmo del “two step”, muy promocionado por las tropas de ocupación y por los funcionarios yanquis del cuerpo de interventores. Muchos cubanos aprendieron bailes de Estados Unidos y no los rechazaron, pero preferían el danzón, que desde entonces se convirtió en el “baile nacional”. Unos y otros, tenían como origen los contagiosos ritmos africanos, pues en Estados Unidos sus músicos negros interactuaban con los cubanos, a pesar de que el Ayuntamiento de La Habana había prohibido “el uso de tambores de origen africano en toda clase de reuniones, ya se celebren éstas en la vía pública o en el interior de los edificios”. Si bien la colonización cultural tuvo rechazos, también se aceptaron asimilaciones, expresiones de una cultura de origen común. Cuba necesitaba modernizarse para su desarrollo económico, social y cultural, y no todo lo que entraba y se mezclaba era perjudicial para la imprescindible modernización del país, pues el fin de la guerra había dejado un arrasamiento y un vacío simbólicos; la irrupción estadounidense, un referente importante para la cultura de la Isla, provocó una capitalización necesaria, aunque su plan haya sido la colonización cultural. El pueblo cubano hizo suyos algunos de esos referentes culturales, pero también dejó una huella cubana con ciertos elementos de su cultura en algunos territorios de Estados Unidos.

Entre 1901 y 1909, con dos elecciones consecutivas, el líder republicano Theodore Roosevelt, de 42 años de edad, se convirtió en el presidente más joven de Estados Unidos, después de ganar fama en la conducción del regimiento de los Rough Riders o “Jinetes duros” en la guerra en Cuba, promovidos con espectáculos como los de Buffalo Bill y el viejo oeste. En 1904 emitió el Corolario Roosevelt en el que advertía al mundo que, si alguien amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, su gobierno intervenía para “reordenarlo”, una amenaza de intervención para cualquier país de América, conocida como política del Big Stick o Gran Garrote, tomada de un proverbio mencionado por él en un discurso en 1902: “Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”. En 1907 la armada de Estados Unidos le dio la vuelta al mundo para demostrar su poderío, y bajo esta política se legitimó el uso de la fuerza y se multiplicaron las intervenciones políticas y militares, sobre todo en el continente.

Bajo esta política del Big Stick o Gran Garrote se legitimó el uso de la fuerza y se multiplicaron las intervenciones políticas y militares, sobre todo en el continente americano. Imagen: Tomada de Internet

En Cuba, el 20 de mayo de 1902 el Generalísimo Máximo Gómez bajó la bandera norteamericana e izó la cubana, muchas lágrimas de cubanos brotaron; dicen que el viejo luchador exclamó: “Al fin hemos llegado”. Gómez murió en 1905 y el sepelio constituyó una profunda manifestación de dolor para el pueblo de Cuba. Se estableció la Base Naval de Guantánamo en 1903, y se ocupó la Isla, por segunda vez, entre 1906 y 1909, esta vez por solicitud del servil presidente Tomás Estrada Palma, porque no pudo reelegirse como fue de su interés. Las consecuencias de esta nueva ocupación fueron desastrosas porque sentó las bases de la corrupción incontenida, practicada por el gobernador Charles Magoon, quienrecibió el tesoro cubano con unos 20 millones de pesos de reserva y lo dejó con deudas ascendentes a 11 millones. A la iglesia católica, Magoon le entregó casi dos millones de pesos como indemnización de bienes confiscados por el gobierno colonial español durante el siglo xix, lo que era absurdo, pues Cuba independiente no tenía que asumir tal deuda.

A la política del Gran Garrote Estados Unidos siguió la de la “Diplomacia del Dólar”, enunciada por William Howard Taft —presidente desde 1909 y hasta 1913—, complementaria y cara de la misma moneda que la anterior. En 1912, afirmaba: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”. Estados Unidos de América tenía ese objetivo declarado públicamente, daba lo mismo que sean demócratas o republicanos, como Woodrow Wilson —presidente entre 1913 y 1921— y los que le sucedieron. Entre estas dos primeras décadas, el imperialismo yanqui envió tropas por diferentes motivos, a veces en varias ocasiones, a Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala, República Dominicana, Haití, México y Cuba. En 1912 llegaron tropas yanquis por la tristemente célebre matanza del Partido de los Independientes de Color. Ya por los años 30 fue necesario “bajar la presión” del intervencionismo directo, sobre todo después del ascenso del fascismo en Europa, que en esos momentos representaba un competidor y peligro importante.

En 1928 visitó por primera vez Cuba un presidente norteamericano, Calvin Coolidge, con motivo de la celebración en La Habana de la VI Conferencia Panamericana. El Panamericanismo fue la estrategia que enarboló Estados Unidos para América Latina; Cuba había sido la escogida como punta de lanza para representar la hegemonía yanqui contra los pueblos de la región.

La “Diplomacia del Dólar” llegó a sucesos escandalosos: la Compañía Electric Bond and Share organizó un fondo de 500 000 pesos para apoyar la candidatura a la presidencia de Gerardo Machado en pago a la exclusividad para el servicio eléctrico de Cuba que posteriormente obtuvo. El Chase National Bank, de la familia Rockefeller, ofreció un préstamo de 100 millones de dólares al gobierno de Machado por la concesión a la empresa norteamericana Warren Brothers Company, de Nueva York; también este grupo concedió un millonario crédito para la ejecución de obras, entre las que sobresalía la Carretera Central; en esa empresa, “casualmente” eran accionistas Machado y Carlos Miguel de Céspedes, secretario de Obras Públicas. El entreguismo al yanqui y la corrupción fueron denunciados por Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, entre otros cubanos dignos, durante la tiranía de Machado. Intelectuales de diferentes partidos y filiaciones políticas enfrentaron con energía la intromisión yanqui en los asuntos de Cuba. La frustración de los primeros años se convirtió en inconformidad y rebeldía en el pueblo cubano.

El entreguismo al yanqui y la corrupción fueron denunciados por Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, entre otros cubanos dignos, durante la tiranía de Machado. Imagen: Tomada de Cubadebate

En 1928 visitó por primera vez Cuba un presidente norteamericano, Calvin Coolidge, con motivo de la celebración en La Habana de la VI Conferencia Panamericana. El Panamericanismo fue la estrategia que enarboló Estados Unidos para América Latina; Cuba había sido la escogida como punta de lanza para representar la hegemonía yanqui contra los pueblos de la región. Machado fue un servil empleado, aunque lo disimulara. En 1933, nadie podía evitar su caída por una revolución, pero en Washington se habían creído la imagen que él mismo había dado de “hombre duro”: estaban mal informados. Como la misión mediadora de Summer Welles fracasó, el nuevo embajador de Estados Unidos en Cuba, Jefferson Caffery, logró frustrar la Revolución de los Cien Días con el apoyo del jefe del Ejército, el ya general Fulgencio Batista. Las valientes acciones de soberanía del secretario de Gobernación, Antonio Guiteras Holmes, molestaron mucho a los yanquis. Posteriormente, Guiteras fue asesinado. La crisis del 29 dejó en shock a todo el sistema capitalista; a partir de entonces fue necesario realizar algunos ajustes económicos al sistema interamericano y asumir asuntos sociales de los que, hasta ese momento, el Estado se desentendía: surgió el capitalismo de Estado.

El neoyorquino demócrata Franklin Delano Roosevelt, el único presidente que ejerció durante cuatro mandatos consecutivos —desde 1933 a 1945, período conocido como “la era Roosevelt”, debido a la Segunda Guerra Mundial—, proclamó el “Nuevo Trato” y la política del “Buen Vecino”. Estableció relaciones diplomáticas con la URSS en el propio 1933, con el objetivo de responder y neutralizar a Hitler y, al mismo tiempo, puso en marcha un plan de rearme y economía de guerra para un posible enfrentamiento armado. Dejó a Alemania y a la URSS desgastarse, para entonces entrar en el último momento en la guerra en Europa, cuando sabía que el Ejército Rojo tomaría Berlín. En relación con América Latina, creó y fortaleció a dictadores representantes de oligarquías nacionales y serviles a los monopolios yanquis, promovió golpes militares favorables a la política de Washington, armó y entrenó los ejércitos regionales, amplió la dominación económica mediante el libre comercio y endeudó a muchos países latinoamericanos con préstamos bancarios.

En Cuba se aplicaron las recetas de la Guerra Fría, que fue implacable bajo la dictadura de Batista quien, en 1952, había dado un golpe de Estado, violador de la Constitución. Al año siguiente un grupo de jóvenes revolucionarios liderados por Fidel Castro asaltó los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, con un programa político emancipador bien definido.

Roosevelt dio apoyo en Cuba a su “hombre fuerte”, Batista, con el propósito de mantener el orden, fortalecer y ampliar las inversiones, fijar cuotas de compra de azúcar para controlar el mercado azucarero regional en medio de la guerra y evitar así las crisis que pudieran dañar los intereses estadounidenses y sus inversiones en Cuba. Al concluir la guerra, el gobierno demócrata de Harry S. Truman, que aprobó el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaky, y el general republicano Dwight D. “Ike” Eisenhower, inauguraron la Guerra Fría con instrumentos militares y políticos como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca —TIAR—, la Agencia Central de Inteligencia —CIA— y la Organización de Estados Americanos —OEA—, y sus gobiernos se caracterizaron por el espionaje y el macartismo, una implacable persecución a comunistas, socialistas, “compañeros de viaje”, etc. Con esas inauguraciones, tal parecía que el imperio yanqui estaba instalado definitivamente como poder hegemónico en América.

En Cuba se aplicaron las recetas de la Guerra Fría, que fue implacable bajo la dictadura de Batista quien, en 1952, había dado un golpe de Estado, violador de la Constitución del 40 que había sido un logro de las fuerzas más progresistas del pueblo cubano—. Al año siguiente un grupo de jóvenes revolucionarios liderados por el abogado Fidel Castro asaltó los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, con un programa político emancipador bien definido. La acción militar fracasó, pero dejó listo el escenario para la preparación de la lucha armada con el desembarco del yate Granma, salido desde México, y las batallas en las montañas y ciudades para derrocar al tirano. Ike le dio apoyo a la sangrienta dictadura de Batista hasta el último momento, con armas y aviones. Su embajador en La Habana, Earl T. Smith, empresario, militar y político, informó mal sobre la verdadera situación en Cuba, pues el régimen batistiano se tambaleaba y él no lo comunicó, quizás por conveniencia. Un problema de desinformación que siguen arrastrando los gobernantes vecinos sobre lo que sucede realmente en la Isla. El 31 de diciembre de 1958, algunos empresarios de Estados Unidos, junto a una parte de la oligarquía criolla, despedían el año en La Habana mientras el dictador Batista huía a la República Dominicana.