Existe un chiste muy socorrido en el medio literario cubano. Aunque podría resultar gratuito para el gremio, lo repito para quienes, de otras procedencias y filiaciones profesionales, no lo conocen. Data del período en que aún existía la Unión Soviética y lo protagoniza el dirigente de un koljós que, ante una visita de turistas, en su discurso de elogio a la política cultural hizo referencia a la cantidad de escritores residentes en esa comarca —cerca de cien, dijo—, en contraposición al período previo, con un solo escritor en no sé cuántas leguas a la redonda. Le preguntaron quién era ese poeta solitario de antaño, y respondió: León Tolstoi.

“Como todo diferendo con anclaje en lo simbólico, de una parte y de la otra nos esperaban edenes y purgatorios”. Imagen: Tomada de Pixabay

La popularidad del chascarrillo creció, y cobró inusitados sentidos en nuestro país cuando en el año 2000, por iniciativa de Fidel, comenzó un proceso de expansión de la cultura (con mayor fuerza en lo literario) que popularmente conocimos como “masificación de la cultura”. El principio que regía la lógica del programa se centraba en que el aumento —inclusivo pero regulado— del emisor de cultura generaría un efecto dominó gracias al cual se involucrarían grandes masas en el consumo, creación y debate de los principales productos culturales.

Fue un paso arriesgado, como los que nos tenía acostumbrados a dar el líder de la Revolución. Se pusieron sobre la mesa de debate diferendos de todo tipo, legítimos y bizantinos, entre quienes se acogían a un concepto selectivo de la cultura y pensaban que los accesos a las plataformas de promoción debían ganarse en asaltos a la cima una vez vencida la agónica trayectoria competitiva, y, por el lado opuesto, quienes se movían y apostaban por la decantación que sobrevendría una vez hubieran subido todos los actores a la escena. Si lo observamos cuidadosamente, estábamos ante un diferendo donde pugnaban, por un lado, la validez de un proyecto sociocultural inclusivo a ultranza, y por el otro, lo imprescindible del riguroso tránsito curricular para el otorgamiento de la condición de escritor; o, en fórmula simplificada: cultura comunitaria versus promoción de la creación literaria. Como todo diferendo con anclaje en lo simbólico, de una parte y de la otra nos esperaban edenes y purgatorios.

“Las instituciones literarias son las más indicadas para imponer cordura y equilibrio”.

La expansión de la oferta editorial permitió sacar del silencio obras de valor que, por una causa u otra, no habían clasificado en los rigurosos casting de la editoriales previas al período, pero también propició, en sus inicios, el ascenso al panteón de la bibliografía nacional de una cantidad no despreciable de algo que podríamos calificar como subproductos literario-editoriales. Muchos de esos “libros” aún se ven en los estantes de algunas librerías, muertos de soledad.

La apuesta estatal se acogía al principio dialéctico de la acumulación cuantitativa como gestora del salto cualitativo, y, en honor a la verdad, dos décadas después el fruto que acabamos cosechando exhibe calidades muy superiores a los de aquellos primeros días de democratización un tanto desregulada. Aun así quedó, como lastre retardatario, un amplio sector validado con la publicación de lastimosos textos que, no obstante, reclaman en el sector un lugar aún no ganado con la imprescindible competitividad. El costo más alto se viene pagando con la desconfianza de los lectores, cuyo desdén por los libros que escribimos y publicamos los cubanos en Cuba se hace fácilmente visible. Conste que desde los centros institucionales nunca se pidió bajar el rigor evaluativo, pero ello no le cortó las piernas al monstruo.

Lo que sí queda fuera de discusión es que, gracias al programa, a todo aquel que tuviera talento se le dio su oportunidad. Las fronteras del gremio se expandieron, porque ingresaron a la bibliografía nacional con un poco menos de dificultad y tardanza que antaño obras de disciplinas no tan beneficiadas antes, como la historia, la divulgación científica, el periodismo, el humor, y otras.

Quizá no sea totalmente descabellado convenir que es preferible publicar algunos malos libros a dejar de publicar, por excesivo celo, los valiosos. Solo se hace necesario que, una vez publicados, todos tengan el tratamiento diferenciado que exigen su calidad, la trayectoria del autor, sus posibilidades comunicativas, el interés de los lectores, la posible utilidad para transmitir valores educativos activados mediante programas sociales, y otros.

“La expansión de la oferta editorial permitió sacar del silencio obras de valor”. Foto: Tomada de Unsplash

En determinado momento, en la crecida masa autoral, el llamado a atender estas prerrogativas para proyectar la promoción de cada libro y su autor fue equivocadamente visto como reclamo de una élite a marcar jerarquías espurias. Actitud demagógica esta con la que se pretendía pasar tabla rasa e igualar a todos los autores, pues supuestamente había llegado el momento del igualitarismo.

Craso error también esto último; desde que existen las formaciones sociales y la división del trabajo, la competitividad, los recorridos profesionales y la acumulación de resultados sirven para organizar y sacar el mayor provecho y alcance de los programas de trabajo, sea su naturaleza económica o social. La posibilidad de publicar e ingresar a las acciones de una plataforma de promoción de lo publicado no puede tratarse como un derecho con principios similares a los que rigen el acceso a la salud pública y la educación, pues, como toda actividad profesional, su propia naturaleza exige que se estructure en distintos niveles.

Dicho reclamo es un fantasma que se va y vuelve. Se expresa en redes sociales o en tribunas esquineras, y por regla general tiene por blanco a quienes han alcanzado mayor reconocimiento. Pudiéramos decir que forma parte de una dudosa tradición de esa farándula que “adorna” nuestra vida literaria. No olvidemos que hace varias décadas, cuando la generación emergente en los 60 aún no había alcanzado su capacidad de influencia pública, se acuñó y endilgó la etiqueta de “vacas sagradas” para los escritores que, provenientes del período previo al triunfo revolucionario, asumieron los protagonismos en el recién inaugurado, y aún precario, sistema editorial.

Las tensiones entre quienes anhelan, proponen, y hasta chillan por que las acciones de promoción de la literatura y los autores “no atiendan a jerarquías” aún cobran desencuentros en nuestra dinámica cultural. En provincias puede que más que en La Habana. Incluso, en algunas provincias seguramente más que en otras, pero no creo que sea un asunto aún superado con la madurez institucional requerida, que no siempre ha estado a la altura debida para despejarlo con tino y justicia.

“Dicho reclamo es un fantasma que se va y vuelve”.

El hecho de que la concurrencia a esos espacios se remunere ha jugado su papel de la manera más triste posible, pues lo que debió ser una sana competencia por alcanzar, con el crecimiento de la obra, los espacios públicos de intercambio, en muchos casos no ha sido otra cosa que una batalla por los dineros asignados para el desarrollo de la actividad. Es cierto que las economías de los escritores, por lo general dependientes de salario en labores afines a la literatura, pero no literarias, han desempeñado su función, pero el irrespeto a la literatura, y a sus consumidores, no puede ser la solución para esas asimetrías.

Las instituciones literarias son las más indicadas para imponer cordura y equilibrio; son ellas las que convocan, y tienen la obligación de conocer sobre qué principios hacerlo. Todos podemos incluirnos, tanto los que debutan o tienen aún un discreto recorrido, como aquellos que han sumado años, sudor, inteligencia, estudios y sacrificio para obtener sus resultados. Si lo hacemos bien, seguramente obtendremos los frutos sanos de la cosecha, y los socializaremos con la eficacia soñada.