Una amiga a quien mucho estimo y admiro, escritora, bondadosa y extranjera, me ha dicho que las estampas más recientes que escucha en mi voz (aprovecho para señalar que así como hay a quienes les dio por tejer o por sembrar durante el encierro, a mí me entró la manía de dejar de ser la discapacitada tecnológica que suelo ser, y por eso me grabo mientras leo), son crónicas quejosas, pesimistas. Confieso mi asombro, ya que en un noventa por ciento, lo que dejo registrado no es nuevo. Precisamente porque consideré que la bitácora de la pandemia resultaría tediosa, o peor aún, angustiante, la inmensa mayoría de las grabaciones son resultado de textos antiguos. Así pensaba decirle a mi colega, y también que describir los tipos sociales que nos rodean, o que a veces somos: los maldicientes, los malcriados, los agoreros, los bichos, los ricos, pertenecen a estampas que en su momento resultaron graciosas, o eso me dijeron los lectores de entonces, entre quienes estaban mi mamá y mi esposo. Justo cuando me disponía a justificarme, recordé la irritación que causa que un escritor/a pida a otro/a con insistencia que lea su novela más reciente, por ejemplo, para saber la opinión del colega, o mejor dicho, para que el lector/a escriba una reseña sobre dicha narración, pero que luego, al escuchar la menor crítica, se deshace en explicaciones, evidentemente molesto/a.

El público es quien siempre tendrá la razón. Imagen: Tomada de Pixabay

Me ha sucedido, hablo con experiencia. Un amigo escritor, por ejemplo, dejó de saludarme un buen día. Cuando quise saber el motivo de su distanciamiento, dijo sentirse muy dolido. ¿Por qué… qué te hice… qué te han dicho?, insistí. Parece mentira que no lo recuerdes, me respondió al borde de un puchero. No te gustó mi novela, y eso es más que suficiente, agregó. Me dio la espalda y siguió su camino, dejándome de una pieza, o mejor dicho, cuadriculada me dejó. Recuerdo que me senté en un banco del parque más cercano al sitio donde mi colega y yo nos habíamos encontrado, para rodearme de alguna paz que me permitiera recordar qué le había dicho exactamente de su novela al escritor cuya amistad acababa de perder. Gracias a un vendedor de maní y a cuatro perros que deambulaban por el parque, a todos los cuales les pedí ayuda con la mente, pude reconstruir los hechos.

Más o menos la historia es de la siguiente manera: El escritor, a quien llamaré M, bastante simpático en general, suele ser un tipo suave, a medio camino entre la vanidad natural de todo creador, y la modestia que confieren muchos años no solo de vida, sino de ganar y de perder concursos sin contárselo a nadie. Alguien normal, digamos. Nuestra relación afectiva se basa, o mejor dicho, se basaba, en cierta admiración que ambos nos profesábamos, para lo cual, como es lógico, nos leíamos uno al otro. Ninguno de los dos se desmayó nunca ante el impacto de las lecturas, no perdió el sueño, no dio brincos eufóricos, pero nos animábamos, e incluso alguna que otra vez nos dejamos caer elogios. Normal, como ya dije.

Unos seis meses antes del desplante que cuadriculada me dejó, el escritor me había regalado un ejemplar de su novela más reciente, con una dedicatoria de lo más gentil. Yo la recibí con gratitud normal. La ubiqué en la tonga de lecturas pendientes, y seguí mi vida. Entre otras cosas, además de vivir, fui leyendo varios libros, según el orden de la loma previamente establecida, mejor dicho, sin favoritismo de ninguna clase. Resulta que M y yo coincidimos a lo largo de varios meses en reuniones y actividades, y en la mayoría de las ocasiones se repetía el mismo diálogo que a continuación transcribo.

M: Hola… ¿Ya leíste mi novela? ¿Qué te pareció? ¿Cuál capítulo te gustó más, eh? ¿Qué personaje te resulta más atractivo? ¿Viste de qué manera evito caer en lugares comunes? Y… ¿cuándo escribirás una reseña?

Yo: Hola… chico, discúlpame, todavía no la he leído. Tengo muchas lecturas pendientes, pero en cuanto le llegue el turno a tu libro, descuida, con gusto me lo leeré.

M: Ah… ¿todavía no la has leído? Chica, parece mentira…

Yo: Bueno, amigo, así es la vida, pero tú tranquilo, es que antes, debo terminar…

M: Deja, deja, ni me expliques. Parece mentira…

Al cabo de un cuatrimestre, el tono fue subiendo, antes de llegar al clímax, al día en que le expresé mi opinión. Ya los ánimos iban por:

M: Hola… ¿Vas a seguir dándole de largas a mi fabulosa novela?

Yo: Hola, amigo. Ya casi le toca el turno, tranquilo, creo que esta misma semana la empiezo, es que tuve que escribir un ensayo sobre…

M: Deja, deja, no me expliques. Solo te digo una cosa: NO SABES LO QUE TE ESTÁS PERDIENDO. Parece mentira…

Al fin, a los cinco meses del regalo, y una vez que le correspondió el turno, leí la novela de M. En general, no me pareció mala. Es más, en algunos capítulos, encontré motivos para alegrarme por la destreza de mi colega. Cumpliendo su pedido inicial, redacté una pequeña nota, preludio de lo que sería la reseña que tan explícitamente me había solicitado. Como es natural, quise comunicarle antes a M lo que consideré señalable. Nada del otro jueves. Normal, digamos.

No es la remuneración ni un premio lo que compulsa a escribir. Es la aceptación de quien nos lee, de quien nos escucha…

Lo invité a vernos en el breve descanso de una reunión a la cual asistíamos ambos. Apenas pude balbucear las dos primeras líneas de mis apuntes, luego de su inquisidor saludo de ¿Ya leíste mi novela?

Yo: Mira, en general, me gustó. Es entretenida, el argumento es sólido, los personajes están bien delineados, pero ya que me preguntas, debo decirte que en la página sesenta y cuatro, cuando dices… (e hice el intento de buscar en mi bolso el papelito)…

M: Ah! Ya era hora, pero ¿vas a criticarme? ¿Pero de verdad te atreves a señalar algo de cualquier página? ¿Y tú te dices amiga mía? Parece mentira…

En el momento en que yo iba a exponer mis criterios de la página de marras, fuimos llamados a continuar la reunión, y no volvimos a vernos. Transcurridos cinco o seis meses más, ocurrió lo que narré al principio. Si bien M no es un enemigo (no alcanza tal categoría), ha dejado de ser un colega normal para convertirse en uno de esos artistas cuya actitud resulta patética. Una no sabe si reírse en su cara, si palmearle la espalda, si lanzarle una trompetilla, o si dejar que pase de largo sin más acá ni más allá. Mejor dicho, M integra, por propia voluntad, la larga fila de rostros en la muchedumbre. Parece mentira.

Todo esto recordé cuando me disponía a ripostarle a mi estimada amiga y escritora, quien tan bondadosamente señalaba falta de humor en mis grabaciones. En lugar de justificarme, opté por darle la razón. Hablando en plata: el público, ya sea lector u oyente además de conocedor y anhelante, es quien siempre, pero siempre, tiene y tendrá la razón. Dicho pronto y mal, no es la remuneración, no un premio lo que compulsa a escribir. Es la aceptación de quien nos lee, de quien nos escucha, aunque, claro, a veces nos diga que en la página sesenta y cuatro…

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